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La falta de reacción del Gobierno de Zapatero a los insultos y provocaciones de Hugo Chávez van más allá de lo razonable. El intento de minimizar el incidente podría explicarse inicialmente en la marcada tendencia zapaterista al apaciguamiento y a tratar de no poner en evidencia el error de haber considerado al dictador venezolano como un amigo y aliado privilegiado de nuestro país. Pero la inacción del Gobierno ante las vejaciones diarias que prodiga Chávez a España y al jefe del Estado ha de tener una causa más profunda.
Una sospecha razonable es que el dictador venezolano pudiera tener cogido al propio Rodríguez Zapatero. Las relaciones del PSOE con Hugo Chávez vienen de antes de la llegada de Zapatero a La Moncloa y fueron muy intensas. Por otro lado, es conocido que Chávez no ha escatimado petrodólares en la externalización de la revolución bolivariana y en apoyar financieramente partidos afines. La inquina de Chávez al anterior presidente del Gobierno español, José María Aznar, al que acusa de haber instigado un golpe de Estado contra él en connivencia con Washington, hizo que el apoyo de Chávez a Zapatero no pudiera ser más explicito.
Resulta también sospechosa la designación y la gestión de Raúl Morodo, un hombre estrictamente de partido, como primer embajador de Zapatero en Caracas. La connivencia del embajador español con la deriva totalitaria del régimen chavista fue mucho mayor de lo que aconsejaba una mínima prudencia diplomática. Existe además la impresión de que Morodo ha actuado en Venezuela más como enlace del PSOE con la revolución bolivariana que como embajador de España. Su pasividad ante los atropellos cometidos por el régimen de Chávez contra la propiedad y la integridad física de ciudadanos españoles se unió a una activa agenda secreta propia.
La interferencia política del anterior ministro de Defensa, José Bono, en la venta de armas a la revolución bolivariana es también uno de los capítulos más oscuros de este Gobierno. Un contrato opaco firmado en francos suizos y a pagar en el país helvético. En una de las mayores bravuconadas del actual Gobierno socialista, la vicepresidenta Fernández de la Vega llegó a desafiar el veto tecnológico impuesto por Estados Unidos a la venta de aviones de AEDS-CASA a Venezuela afirmando solemnemente que el Gobierno española cumpliría el contrato en todo caso. Unas palabras que el Gobierno se ha debido tragar posteriormente, pero que han causado un enorme daño a nuestra industria aeronáutica, que ha sido sistemáticamente marginada del inmenso mercado de defensa norteamericano.
En estas condiciones, el dictador bolivariano puede disponer de suficientes argumentos como para permitirse el lujo de insultar un día sí y otro también a nuestro país ante un Gobierno de España que se encuentra literalmente bajo de la mesa esperando a que escampe. A diferencia de Marruecos, el problema en este caso no es sólo que Zapatero no quiera responder a las provocaciones, sino que aunque quisiera probablemente no podría hacerlo.
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