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Es a lo que lleva el socialismo, al más puro absurdo. Ahora patronal y sindicatos creen que los salarios no han de subirse según el IPC para no dañar al empleo ni a la economía. Tiene cierto sentido que la patronal defienda esta posición ya que recoge los intereses de un sector altamente sensible a las subidas de sueldos, pero es incomprensible la posición de los sindicatos. ¿Es que quieren acabar con los pocos afiliados que ya tienen?
¿Por qué si todos somos un poco más pobres el año que viene, ha de hacer esto que logremos mayor bienestar? No tiene sentido. Las respuestas agregadas suelen llevar a contradicciones individuales. Pero, bien pensado, ¿por qué han de subirnos cada año el salario en relación al arbitrario índice del IPC? Tal vez le parezca duro, pero ¿ha hecho usted algo para merecérselo? Por más que suba el nivel de precios oficial, ese cuyo parecido al real mera coincidencia, nadie tiene la obligación positiva de compensárselo, ya se llame empresa o Gobierno. En el momento que el Estado obliga al empresario a regalarle parte de su producción por la fuerza, se está cometiendo un acto de extorsión, por más legal que sea.
Es de puro sentido económico que alguien perciba las retribuciones salariales por los hitos comerciales o empresariales que ha conseguido independientemente del entorno macroeconómico. Si usted se ha matado a trabajar y gracias a ello han aumentado las ventas de su empresa, por ejemplo, carecería de sentido que su jefe no le subiera el sueldo porque las cuentas del país no parecen ir bien. Pero también al revés. Si alguno de sus compañeros no ha dado palo al agua en todo el año, ¿por qué le han de aumentar el sueldo? Es más, ¿por qué no puede la empresa bajárselo o despedirlo? Las leyes laborales socialistas que tenemos en este país favorecen de forma demasiado acusada la ociosidad y el parasitismo. Esto, aunado al Estado del Bienestar, tiene como resultado que el ocioso no sea responsable de su actitud y logre las mismas recompensas que el trabajador, lo que no parece demasiado motivador para nadie con un mínimo de aspiraciones.
Las leyes colectivistas e igualitaristas penalizan el esfuerzo individual invirtiendo los incentivos naturales del actor económico. No se premia el trabajo individual, sino la condición de un grupo de personas. Pero por más que nos intenten convencer de lo contrario, ese dinero no es un regalo de la empresa al trabajador, sino una transferencia del empleado productivo al no productivo.
Lejos que de la creencia popular que el paternalismo laboral nos otorga seguridad, vemos como sus aplicaciones prácticas producen todo lo contrario. Nos hace perder nuestra personalidad como trabajadores para cederla a un conjunto de oligarcas laborales que dicen hablar por todos y promover el bien común. Cada grupo de presión, como sindicatos, patronal o Gobierno, manejan a su antojo nuestras retribuciones dinerarias para sus propios intereses y compromisos. No hay nadie más interesado que usted en cobrar más; no se crea que un sindicato o el Gobierno va a luchar por ello mejor que usted. Cuanto antes comprendamos que hemos de apartar a los agentes sociales y al Estado del mundo laboral y de nuestras vidas, mejor nos irá a todos, antes disfrutaremos de mayores oportunidades reales de alcanzar el éxito y de crear un auténtico mercado de trabajo sano y dinámico.
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