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Dos fuertes golpes en la mesa acaba de dar Colombia tras tolerar durante meses, incluso años, la complicidad de algunos de sus vecinos con el terrorismo marxista que afecta al país. El primero de ellos, el ajusticiamiento de unos de los más importantes jefes de las narcoguerrilleras FARC, Raúl Reyes, en las inmediaciones de la frontera con Ecuador (en persecución de Reyes, los efectivos colombianos penetraron apenas dos kilómetros, coyunturalmente, en territorio ecuatoriano). El segundo, su anuncio de que demandará ante la Corte Internacional de La Haya al presidente Hugo Chávez, por financiación y patrocinio de grupos terroristas.
Ya era hora. La obscena actitud chavista debería haber colmado hace mucho tiempo el vaso de la paciencia colombiana. Parece surrealista que un jefe de Estado elegido democráticamente, como formalmente lo es Chávez, apoye en público a las fuerzas que atentan contra la democracia en territorio vecino, fuerzas que se dedican a secuestrar y asesinar a la población civil colombiana, además de al narcotráfico, la extorsión y otras fechorías por el estilo. Es verdad que el hazmerreír bolivariano carga sobre sus espaldas un pasado golpista, con decenas de muertos pesando directamente –o no– sobre su conciencia, pero incluso así raya en lo inconcebible su falta de decencia y sentido común, su desprecio a las víctimas del terrorismo.
Lamentablemente, a esta carroza también se ha subido Rafael Correa, el presidente ecuatoriano. Además de negarse a calificar a las FARC de terroristas, no ha aceptado las disculpas de Bogotá, movilizando tropas hacia la frontera con Colombia. Todo en la estela de su íntimo Chávez. A diferencia de este último, sin embargo, Correa no enfrenta serios problemas de credibilidad internamente, ni el Gobierno que preside cae en picado en las encuestas relativas a su gestión, como sí ocurre con el ex teniente de paracaidistas. Más bien su posición es, exclusivamente, un fruto ideológico. Cursó estudios en una universidad belga y en otra estadounidense, pero no aprendió mucho allí sobre democracia y Estado de Derecho. O quizá sí: ya se conoce el mantra antisistema, izquierdista, que planea sobre los altos centros de estudio del Occidente desarrollado.
Un dato adicional, que pudiera explicar las veleidades de un hombre sin dudas inteligente, como lo es Correa. En el pasado, su padre fue detenido en Estados Unidos por tráfico de drogas y deportado al Ecuador, donde se suicidó. Pero ya esto es pura especulación.
Con el ajusticiamiento de Reyes –un nuevo y duro golpe para unas FARC a la defensiva, que continúan encontrando refugio en Venezuela y Ecuador–, Bogotá ha puesto al descubierto la complicidad directa de Correa y Chávez con el terrorismo. No bastaban las denuncias de diversos organismos, personalidades e instituciones: la muerte en Ecuador del segundo jefe de la narcoguerrilla constituye una prueba fehaciente, irrebatible, del contubernio de ambos presidentes con el terror y la ilegalidad. La alianza no sólo era de boca para afuera: era también territorio adentro. Otra cosa es la interpretación que haga del episodio, a partir de ahora, la comunidad internacional.
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