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Más allá de su consecuencia inmediata, sembrar muerte y dolor, el terrorismo persigue y, con frecuencia, logra la desmoralización y el embrutecimiento de la sociedad. Muchas reacciones ante el último atentado de la ETA lo muestran claramente. Veamos una. La columnista de El Mundo Lucía Méndez proclama enfáticamente: "Si después de leer la biografía del padre de Sandra" (Isaías Carrasco, JVN) (...) "alguien tiene la tentación de utilizar el atentado para hacer política o con fines electorales es un miserable". Por tanto, se deduce:
- Que si la biografía del asesinado fuese distinta pudiera no ser ilegítima la utilización del atentado para hacer política o con fines electorales. Quizá, por ejemplo, si el asesinado hubiese estado afiliado al Partido Popular y no al Partido Socialista. No digo que esta sea su opinión, pero tampoco lo excluyo, pues abundan declaraciones de dirigentes socialistas, comunistas, separatistas y otros políticos "democráticos", y de sus portavoces mediáticos, que permiten esta interpretación, que llaman "asesinos" a las gentes del PP, etc.
- Que con el terrorismo (al menos en algunos casos) no se puede hacer política. Tal afirmación, muy popular, es una estupidez formidable, nunca justificada racionalmente, ni siquiera razonablemente. Si ante el terrorismo no se puede hacer política, ¿qué haremos? ¿Macramé? Podríamos compartir una tarde bordando con los asesinos (un dirigente etarra recientemente detenido tenía en su casa un cuadro con el anagrama de la ETA a punto de cruz). ¡Sería tan bonito!
- ¿Para qué sirve, entonces, la política? Es proverbial que el general Franco aconsejó a no sé quien: "Haga usted como yo, no se meta en política". Pero el general era muy malo, y nosotros somos muy buenos; era un dictador, y nosotros somos "demócratas". Por eso, nosotros nos entregamos generosamente a la política. Lo que pasa es que no conviene exagerar. No se puede hacer política con todo. No sólo el terrorismo queda excluido; otras diversas cuestiones deben quedar exentas de la política, como hemos aprendido a lo largo de la legislatura que hoy concluye. ¿Quién las determina? Pues, quién va a ser: el déspota Zapatero –electo pero déspota, que como todos los déspotas es omnisciente– y sus acreditados oráculos, entre los que la señora Lucía (a quien Dios conserve la vista) no es de los más famosos, pero sí de los más entusiastas. Naturalmente, corolario obligado, lo excluido de la política ha de quedar también excluido de la propaganda electoral.
Los terroristas celebran sus crímenes con champán (o con cava, más expresivo de la solidaridad de los pueblos "oprimidos" por "España). Si leen tales propósitos, los celebrarán del mismo modo y con no menos contento. Porque Lucía Méndez, primero, confunde política y partidismo; en segundo lugar su argumento, tomado estrictamente, deja a la sociedad indefensa ante el terrorismo, sin otros recursos que la retórica, tan grandilocuente como inane, del "no pasarán", "no nos moverán" y similares; por último, niega implícitamente la pluralidad política y lo fía todo a una servil sumisión al Gobierno establecido, cuya responsabilidad queda, por el mismo, hecho enteramente diluida...
Si no se quiere sucumbir ante los terroristas, no sólo se puede hacer política con el terrorismo; es imprescindible hacerla.
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