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Estamos a dos semanas del congreso ¿búlgaro? del Partido Popular, que es sencillamente decisivo para el futuro de la democracia española tal como la conocemos. De él tiene que salir el líder del centro derecha que se enfrente a José Luis Rodríguez Zapatero en 2012. Todavía queda un congreso popular en 2011, pero o es el de la confirmación y adhesión al que salga ahora del apaño de Valencia o será el de la ruptura, por lo que las elecciones del año 12 se podrían dar por amortizadas. Y la democracia de 1978 quedará para los libros de historia.
Completada la destransición, se llenará el vacío con un régimen nuevo, concebido desde el PSOE. El centro derecha asistirá a todo el proceso dividido entre quienes transigen con el nuevo consenso y los que no están dispuestos a traicionar a la Constitución, a quienes desde el poder y los medios de comunicación se les acusará directamente de no ser democráticos. El centro derecha quedará herido de muerte y se verá forzado a debatirse permanentemente entre trabajar desde el nuevo acuerdo institucional o exigir la recuperación del antiguo, una posición muy débil dialécticamente.
Todo ello es posible, pero sólo posible. El único partido que puede detener el proyecto transformador de España es el PP y para ello debe hacer suyo un programa que se centre en lo esencial, que son las libertades y los derechos de los españoles. Rajoy habla de cambios, de evolucionar, de abrirse a la sociedad. Pero debería dar contenido a esas palabras perfeccionando su liberalismo económico y abriéndose al liberalismo social. ¿Quieren abrirse? Pónganse a la cabeza de la manifestación en la defensa del matrimonio homosexual. Denuncien el neopuritanismo de los socialistas, que quieren prohibirnos fumar, comer hamburguesas, beber vino, comprar ciertos videojuegos... Hagan del no al robo del canon su bandera y de la denuncia de las clases privilegiadas por el presupuesto un hábito.
Pero Rajoy ha tomado otro curso. Alucinado, en un estado crepuscular histérico, habla de la necesidad de pactar con los grupos nacionalistas. Como si hubiese ganado las elecciones. Como si fuera el presidente del Gobierno en minoría y tuviese que remangarse para negociar su programa. Señor Rajoy, no se engañe con los diez millones, que ha perdido usted las elecciones.
A él o a quien salga del próximo congreso no le va a valer de nada hacerse pasar por presidente del Gobierno. Tendrá que asumir que está en la oposición y que tiene que denunciar todos los atropellos a nuestras libertades y a nuestra democracia que cometa el Gobierno y deberá presentar una alternativa basada en las ideas y no en el precio del petróleo. Será que el debate de ideas de que habla Aguirre no es tan descabellado.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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