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La actual crisis financiera que azota a los mercados de medio mundo tiene su origen en la política monetaria expansiva que han llevado a cabo los bancos centrales, en este caso, la Reserva Federal (FED) y el Banco Central Europeo (BCE). La fijación arbitraria de tipos de interés artificialmente reducidos durante los últimos años ha incentivado la adquisición de un elevado endeudamiento por parte de bancos, empresas y particulares.
En este sentido, el estallido de las hipotecas subprime en EEUU el pasado verano tan sólo constituye la punta del iceberg del particular castillo de naipes que, basado en la concesión del crédito fácil, ahora comienza a derrumbarse. Sin embargo, pese a las evidencias del diagnóstico, los expertos y, en general, los gobiernos de toda clase y condición, culpan nuevamente al libre mercado de la tormenta que ellos mismos han creado.
Pese a que la historia se ha encargado de demostrar una y otra vez que el desarrollo económico y el bienestar social tan sólo es posible bajo el paraguas de una economía de libre mercado, el sector financiero en su conjunto padece una regulación estatal extrema y se mantiene bajo el férreo control que ejercen desde hace décadas los bancos centrales. Un órgano planificador por excelencia que rige el destino del crédito, la moneda y el mercado bursátil del sistema financiero internacional.
El tipo de interés, al igual que la función que ejerce el precio entre la oferta y la demanda, constituye el principal indicador de referencia en el mercado de bienes presentes y futuros. Así, fija el precio que se ha de pagar para obtener hoy un número determinado de dinero con carácter inmediato a cambio de devolver una suma mayor en el futuro.
Sin embargo, el precio del dinero no surge en este caso como consecuencia del libre mercado, basado a su vez en las oscilaciones entre ahorro y crédito, sino que responde a las decisiones políticas de los banqueros centrales. Los bajos tipos de interés, reducidos artificialmente, han impulsado un exceso de liquidez mediante la concesión de préstamos asequibles. La política de los bancos centrales ha reducido la percepción de riesgo que conlleva toda inversión, propiciando un excesivo apalancamiento en proyectos a largo plazo de dudosa solvencia. Los pinchazos de las burbujas inmobiliarias en EEUU, España o en el Japón de los años 90 son un buen ejemplo de ello.
Pero lejos de rectificar, los organismos reguladores del mercado financiero optan ahora por culpar a los agentes que sirvieron de meros transmisores de una política crediticia errática. Las agencias de calificación de riesgos (rating) han terminado por convertirse así en las cabezas de turco de la crisis subprime. No cabe duda de que han cometido errores, tal y como muestra la depreciación de activos que, recientemente, vienen aplicando a emisiones de deuda que hasta ahora contaban con la máxima calidad y garantía crediticia (AAA), pero los auténticos culpables de la situación (esto es, los bancos centrales) permanecen impunes.
Los anuncios de mayor regulación y transparencia financiera avanzan una nueva oleada de intervencionismo gubernamental sobre los mercados financieros. De hecho, el Gobierno de EEUU e, incluso, la UE, barajan incluso la posibilidad de restringir la inversión en el mercado bursátil de materias primas con el fin de atenuar el encarecimiento del petróleo y de los alimentos. Como si la imposición de un determinado precio máximo en ciertos productos lograra su abaratamiento por arte de magia. Pregunten si no al régimen comunista de Cuba o al de Venezuela.
Al igual que acontece con toda enfermedad, un diagnóstico correcto resulta crucial para recuperar la salud perdida. Atentos, pues, a todas aquellas voces que hoy increpan contra el "libre mercado", el "capitalismo salvaje" y el "liberalismo radical", ya que son las excusas bajo las que se esconderán los verdaderos culpables de la crisis económica, tanto de la actual como de las que tengan lugar en años venideros.
Manuel Llamas es miembro del Instituto Juan de Mariana y jefe de Economía de Libertad Digital.
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