Colabora

LA HUELGA CRUEL

El conflicto de la sanidad canaria.

Nadie en su sano juicio osaría cuestionar la honorabilidad y la vocación intrínseca de la profesión médica. Es lícito, comprensible y de una lógica aplastante que cualquier profesional, sometido al rigor y a la gigantesca responsabilidad de tener vidas humanas entre sus manos, aspire a prosperar. Exigir unas mejoras laborales y retributivas proporcionales a semejante desgaste es un derecho inalienable, tan legítimo para ellos como para cualquier otro trabajador de Canarias.

Sin embargo, la incuestionable legitimidad de esa premisa se desvanece de un plumazo cuando analizamos la catadura y el modo de operar de sus actuales reivindicaciones. Las exigencias del Sindicato Médico, y muy especialmente la actitud coercitiva con la que están ejecutando su iniciativa, resultan del todo incomprensibles. Reclamar mejoras es un acto de justicia, pero paralizar la actividad asistencial, negarse al rigor de un control horario laboral y anteponer prebendas inasumibles a la urgencia clínica es cruzar una línea roja intolerable. Conviene refrescar la memoria a quienes hoy nos dan la espalda: fuimos los canarios, esta misma sociedad a la que hoy castigan, los que salíamos a aplaudirles cada día a las siete de la tarde durante los meses más oscuros de la pandemia.

Aquí a quien se está jodiendo, hablando en plata y sin falsos pudores, es a los ciudadanos. Somos nosotros quienes, con el esfuerzo titánico que supone el abono puntual de nuestros impuestos, sufragamos sus nóminas hasta el último céntimo. Y somos nosotros los que sufrimos la angustia de vivir sin un diagnóstico para ese bulto sospechoso, soportando el dolor en silencio, o languideciendo sin que se opere nuestra dolencia. Las cifras de este chantaje son incontrovertibles y sangrantes, ya llevamos ciento cincuenta millones de euros perdidos por esta huelga, con decenas de miles de atenciones médicas, citas y operaciones en el limbo. No estamos hablando de la nimiedad de que un paquete no llegue a casa a tiempo por un paro de transportes, o de llegar media hora tarde a nuestro destino. Hablamos de la salud.

Cuando un ser humano experimenta el aguijón del dolor o la incertidumbre sobre su estado clínico, el reloj del mundo se para. No existe absolutamente nada más. Uno deja de pensar en el amor, en lo exultante de la vida, en una simple cena con sus amigos o en ese coche que sueña con comprarse. La existencia se detiene y solo impera ese tormento, la zozobra de no saber si se podrá seguir soñando o si la propia vida pende de un hilo. Resulta de una crueldad superlativa utilizar esa vulnerabilidad humana como moneda de cambio ante unos dirigentes políticos que, nos guste o no, también tienen las manos atadas frente a según qué reivindicaciones.

Negociar, en el sentido estricto y culto del término, implica recibir, pero inexcusablemente también exige conceder. En esta coyuntura, hay una parte que se sienta a la mesa exigiendo de forma intolerante, parapetada en la intransigencia, sin la más mínima disposición a ceder un milímetro, y que cada semana aprieta un poco más la soga alrededor del cuello de los enfermos.

Ojalá este despropósito logre resolverse cuanto antes. Pero harían bien en recordar que la sacrosanta confianza del paciente hacia su médico es un cristal frágil que difícilmente podrán sostener intacto por mucho más tiempo. Tengan sumo cuidado, no vaya a ser que, cegados por el pulso, terminen poniéndose ustedes mismos la soga al cuello ante el hartazgo insalvable de una sociedad que ya carga con demasiadas mochilas. Porque resulta una quimera tratar de explicarle a un padre de familia, que no llega al día 25 del mes para dar de comer a sus hijos y que se mata a trabajar horas extras a diez euros partiéndose el lomo, que a su mujer no le realizan una mamografía vital porque los médicos se consideran mal pagados. Vayan ustedes a hablarle de sobrecarga, presión y estrés a ese padre de familia, especialmente cuando quienes bloquean el sistema ostentan nóminas que promedian los cuatro mil euros mensuales.


Gonzalo Castañeda | Director de Libertad Digital Canarias

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario