
Hay una fauna insular que lleva demasiadas décadas incrustada en las entrañas de nuestro sistema y a los que me gusta llamar los empresaurios. No son empresarios en el sentido noble, arriesgado y liberal del término, sino los dueños del cortijo que manejan los hilos de la política de Santa Cruz por detrás. Quitan y ponen candidatos a la alcaldía o representantes públicos según sople el viento de sus intereses, y se aprovechan con un descaro insultante de la cobardía crónica de una clase política que es incapaz de cambiar nada del sistema establecido.
Si usted se pasea por Santa Cruz un domingo se encontrará con un páramo, un muerto absoluto, una ciudad cerrada a cal y canto sin ninguna explicación lógica. Y los verdaderos responsables de que esto sea así no son otros que estos empresarios. Resulta fascinante la hipocresía de quienes se llenan la boca hablando de comercio porque precisamente ellos deberían ser los primeros en dominar los argumentos más elementales del libre mercado y la libre competencia. Todo el mundo sabe que cuanta mayor sea la oferta y cuantos más comercios abran, más se enriquecerá el ecosistema comercial de la ciudad.
Sin embargo su cerrazón tiene unas consecuencias devastadoras que ahogan a la hostelería del municipio por ejemplo, un sector que podría beneficiarse enormemente de la afluencia de población que elegiría la capital para ir de compras o de escaparates antes de acabar sentándose a la mesa de algún restaurante. Se escudan en la falsa excusa de proteger al pequeño comerciante, pero no se entiende qué coño protegen cuando nadie de esos pequeños comercios a los que dicen representar levanta la persiana el último día de la semana. Hace no mucho tiempo asistimos a una lucha encarnizada por parte de estos individuos para mantener cerrados los grandes centros comerciales de la capital y, una vez más, para desgracia de la dinamización de la ciudad sus enrevesados planes volvieron a triunfar.
Lo más sangrante no es solo que paralicen Santa Cruz y vayan en contra del sentido común, sino que estos empresarios que se creen y actúan como los verdaderos amos del presente y futuro de la ciudad disfrutan desde su representación patronal de copiosas subvenciones, ayudas e inyecciones de dinero público del propio Ayuntamiento. Un dineral que derrochan a su antojo en la mayoría de los casos pagando campañas o medidas que no tienen absolutamente ningún impacto real en Santa Cruz de Tenerife.
Para colmo han tejido una red donde el chantaje es la norma y lo más peligroso de todo es el mensaje que envían. Dejan muy claro que el político que intente cambiar los destinos de esta ciudad cementerio los domingos será decapitado por ellos, mientras que los que les apoyen o se plieguen dócilmente a sus intereses serán bien recompensados. A buen entendedor pocas palabras bastan y no hace falta que dé nombres y apellidos de empresarios, comercios ni de políticos dóciles al poder económico. Aunque no soy sospechoso de guardarme nunca nada, aquí ya nos conocemos todos de sobra.
Por mucho que nos tomen por poyabobas, cada día les resulta más difícil mantener las caretas del anonimato y de sus verdaderas intenciones a estos vividores que ocupan su tiempo alternando y erigiéndose en las voces de los empresarios. Mientras tanto sus verdaderos representados no tienen tiempo ni para cuestionarlos porque ahí fuera está todo muy jodido y no se puede hacer otra cosa que trabajar. Pero que no confundan el silencio del que no tiene horas en el día con la sumisión del que traga con todo. Cada día que pasa les queda menos a estos, ya lo verán.