
Cada 28 de junio las calles vuelven a llenarse de color. Las instituciones iluminan edificios, cuelgan la bandera arcoíris y organizan actos para conmemorar el Día Internacional del Orgullo LGTBI+. En Canarias, durante estos días, cabildos, ayuntamientos y distintas administraciones han querido mostrar públicamente su compromiso con la diversidad y la igualdad.
Y está bien que así sea.
Porque recordar el camino recorrido y reconocer los derechos conquistados es una obligación de cualquier sociedad democrática. Pero, una vez terminan los actos y se apagan las luces, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué queda del Orgullo el resto del año?
La igualdad no puede medirse únicamente por el número de actividades organizadas ni por los mensajes publicados en las redes sociales de las instituciones. Se demuestra en el día a día. En un aula donde ningún alumno tenga miedo a ser quien es. En un puesto de trabajo donde nadie sea juzgado por su orientación sexual o su identidad de género. En una consulta médica donde todas las personas reciban el mismo trato. Y en unos servicios públicos capaces de responder a las necesidades de cualquier ciudadano, sin excepciones.
Canarias ha avanzado mucho en los últimos años. Nuestra tierra siempre ha sido un referente de convivencia y de apertura al mundo. Sin embargo, todavía existen personas que siguen enfrentándose a situaciones de discriminación, de rechazo o de incomprensión. No siempre ocupan titulares, pero forman parte de una realidad que no podemos ignorar.
Por eso, el compromiso institucional no puede quedarse en los símbolos. Los símbolos tienen valor porque visibilizan, acompañan y lanzan un mensaje de respeto. Pero, por sí solos, no cambian la vida de las personas. Lo hacen las políticas públicas bien diseñadas, los recursos suficientes y la voluntad de que la igualdad llegue a todos los rincones de Canarias.
No se trata de enfrentar sensibilidades ni de convertir el Orgullo en un debate político permanente. Se trata de algo mucho más sencillo: garantizar que cualquier persona pueda vivir con libertad, desarrollar su proyecto de vida y sentirse parte de la sociedad en igualdad de condiciones.
Quizá ese sea el verdadero sentido de esta jornada. Recordarnos que la inclusión no puede durar solo un día. Que la libertad no entiende de fechas señaladas. Y que el respeto no debería depender de una bandera, sino de la forma en la que convivimos los otros 364 días del año.
Celebrar el Orgullo es importante. Pero construir una Canarias donde nadie tenga que esconder quién es, donde la igualdad sea una realidad cotidiana y donde la convivencia siga siendo uno de nuestros mayores valores, debería ser el objetivo compartido de toda la sociedad.
Ese sí sería un motivo de orgullo para todos.
