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Katy Mikhailova

¿Me ayudas, por favor?

Cuando puedo, elijo tren y AVE. Volar parece que solo da quebraderos de cabeza.

Katy Mikhailova
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Cuando puedo, elijo tren y AVE. Volar parece que solo da quebraderos de cabeza.
Camareros aéreos | Cordon Press

Lejos queda la gente bien vestida por el aeropuerto. Lejos queda la educación y el respeto hacia el cliente. Y aún más lejos quedan las azafatas simpáticas, relajadas y amigables. Yo no sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí; pero desde hace ya bastantes años volar en avión se ha convertido en todo una aventura, en la que, cual nominada a un concurso televisivo, tengo que pasar por una serie de pruebas para sentarme en mi asiento. Y una vez sentada, a veces viene el ruido y la falta de paz con promociones de sorteos y demás pamplinas que no dejan descansar a más de un pasajero.

Y es que estas navidades no ha sido para menos. Ya es el sexto año que paso las fiestas en las Islas Canarias. Aún recuerdo con cierto terror los viajes con una compañía aérea de ‘bajo coste’ que no debo mencionar –aunque, total, son tres; cualquiera que piensen, acertarán-, que ahora son algo más flexibles desde que Ryanair ha decidido aceptar un segundo "bulto" y asegurar vuelos "más silenciosos".

No puedo olvidar esas escenas mías saltando, por ridículo que parezca, sobre la maleta, intentando "apelmazar" su grosor para que entre en ese espacio específico donde se demuestra si la maleta es del tamaño idóneo para subir a bordo. Cada año juraba y perjuraba no volver a viajar nunca más con una compañía ‘low cost’ en concreto, pero la vida es muy cara, y a veces no quedaba otra que aceptar. Gracias a Dios durante las dos últimas navidades conseguí tener el valor de decirle <no> al bajo precio aéreo, porque la salud mental, el bienestar y la educación empiezo a pensar que no tiene precio.

Con este tipo de compañías baratas eso del segundo "bulto" ya es un hito. Resulta que tienes una maleta pequeña que no quieres facturar, pero también un bolso –nosotras, sobre todo, las mujeres-. ¿Qué hacemos? Según sus normas, los bolsos tienen que ser guardados, entonces, en la maleta. Pero, ¿y si el bolso es más largo de lo que debería ser? Las azafatas siempre bordes. No había forma de robarles una sonrisa. Recuerdo en especial un año, cuando en el viaje de vuelta de Tenerife-Madrid, por cuestiones de hacer compras y esas cosas, mi maleta superaba el peso establecido. Tampoco en demasía; se trataba de menos de 2 kilos. Me querían hacer pagar 30 euros por esos kilitos de más que en el cuerpo ni se notan.

Hablando en serio, recuerdo que, sin vergüenza ajena y con un par de tacones, a pesar de tener una larga cola de personas tras de mí, empecé a sacar ropa de la maleta como si estuviera en un mercadillo: me puse dos jerseys, una chaqueta y una camisa. Por si fuera poco tuve que tirar algunos botes medio vacíos de cremas y demás cosméticos. Todo aquel espectáculo solo por dos míseros kilos. Y por 30 míseros euros que, por principios propios, no les iba a regalar. Pasé esa prueba. Después viene el clásico control de seguridad, para el que ya estoy bastante preparada tras años de comprar y tirar perfumes solo porque el tamaño excedía el límite. Y por último, esa prueba que tienes que superar para entrar ya en el avión. Ahí es cuando te examinan las compañías baratas para ver cuántos bultos lleva una. Aun recuerdo con cierta sonrisa a aquella mujer que se escondía un bolso bajo el abrigo.

Malos ratos como estos he pasado en abundancia. Pero la educación en algunas compañías más "caras" también se está perdiendo. En este último viaje que hice, con vuelo de regreso a la capital el 31 de diciembre, recuerdo llevar tranquilamente dos bultos dado que ésta sí lo permitía. Además, nadie me había pesado la maleta. Cuando llegué a mi sitio en el avión tenía a un azafato enfrente de mí. Intenté coger la maleta para subirla al espacio superior de los asientos pero se me caía de las manos, por lo que decidí dejarla en el suelo y no intentar subirla sola. El azafato, tan pancho, con su metro setenta y ocho ni se inmutaba. Le miré fijamente y algo seca le dije "¿me ayudas, por favor?". El hombre, cogió la maleta y a la par de subirla, me replica: "¿me ayudas tú también?". No dije nada. Por supuesto que le ayudé. Pero, ¿desde cuándo ese pasotismo, esa desgana con su trabajo y esa falta de respeto? ¿Tan debilucho era que no podía levantar solo una maleta entre 9 y 12 kilos?

No me sirven las excusas de que "tiene un día malo". Todos tenemos un día complicado. Pero hay que hacer nuestro trabajo como profesionales que somos o aspiramos a ser. En todo este tema, me ha quedado claro que -aunque a buen entendedor pocas palabras bastan, y yo ya sé a estas alturas quiénes me leen-, en esto del malestar con los viajes en avión, hay que diferenciar dos puntos importantes. Por un lado está la política de la compañía aérea con la que se viaja, en donde ya entra en juego en qué clase se viaja, de qué compañía se trata y de cuántas horas es el vuelo; y, por otro lado, el personal de dicha compañía. Personal que, en teoría, es "orientado" y "educado" por la propia empresa, pero que, como gorilas salvajes en la selva, se rebelan a la más mínima porque "tienen un día malo" o simplemente porque forma parte ya de sus rutinas diarias. ¡Vaya ganas de viajar en avión! Cuando puedo, elijo tren y AVE. Volar parece que solo da quebraderos de cabeza.

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