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Las películas más eróticas de Marisol

Marisol, en su nueva etapa cinematográfica en los setenta, después de ser niña prodigio, abundó en el cine de la transición.

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Marisol, en su nueva etapa cinematográfica en los setenta, después de ser niña prodigio, abundó en el cine de la transición.
El famoso desnudo de Marisol en Interviu

Dedicamos hace meses un artículo sobre Marisol cuando apareció completamente desnuda, el año 1976, en la portada y páginas interiores de Interviú. El reportaje gráfico se hizo sin el consentimiento de la actriz. Aquellas fotografías, ciertamente bellas y sin contenido alguno pornográfico, las había realizado seis años atrás César Lucas para un "book" que su primer marido, Carlos Goyanes quería ofertar a distintas productoras europeas. Siempre se especuló acerca de las razones que tuvo el excelente fotógrafo para dárselas al semanario. Probablemente una venganza en respuesta a cuando Antonio Gades se opuso a que tomara imágenes de la hija que tuvieron en Buenos Aires.

En la nueva etapa cinematográfica de la estrella malagueña entre 1972 y 1975, olvidada ya la de niña prodigio, rodó tres películas que están consideradas las más eróticas de la filmografía de Marisol, compuesta de una veintena de títulos. La trilogía, por otra parte, fue de ínfima calidad, amén de que interesara poco al público, un tanto decepcionado al comprobar cómo un mito del cine español de los años 60 se convertía en una especie de mero objeto sexual.

El primero de aquellos filmes, con el que tanto Carlos Goyanes como su padre, (que había descubierto a Josefa Flores en 1959 convirtiéndola en Marisol) pretendían lanzarla como una estrella "sexy" cuando era evidente que ya no podía rodar historias juveniles, fue La corrupción de Chris Miller, que dirigió un Juan Antonio Bardem, muy alejado de sus tiempos de Calle Mayor y La muerte de un ciclista. Película, por tanto, de las llamadas "de encargo", que se rodó en inglés y en doble versión. O sea, con secuencias de desnudos que no se podían exhibir en los cines españoles. Marisol dejaba traslucir su hermosa anatomía envuelta en un vestido transparente, con alguna escena de insinuaciones lésbicas junto a la atractiva Jean Seberg.

Después del estreno de semejante dislate, la malagueña rompió definitivamente su contrato con la familia Goyanes, a la que acusó de engañarla económicamente. Supuso también el final de su matrimonio con Carlos, quien no sólo la hizo infeliz como mujer sino que también la abocó, por su escaso talento, a una encrucijada en su carrera artística. Ya con nuevo representante, Paco Gordillo (que rompió con Raphael para llevar los asuntos de quien más adelante ya sería conocida como Pepa Flores), Marisol volvió a estrellarse con otra impresentable historia llevada a la pantalla por el realizador Eugenio Martín, La chica del Molino Rojo donde si no hubo escenas de despelote no se obviaron tampoco otras en las que se explicitaba la imagen del trasero de la protagonista y en definitiva su erotismo.

Cuando ya convivía con Antonio Gades, pero todavía explotando en las taquillas el sobrenombre de Marisol, rodó la tercera y última de aquellas infumables películas, sin que pudiera tampoco remontar su entonces ya desvaída trayectoria; fracaso al que contribuyó de nuevo Bardem, a quien le fue imposible hacer creíble el argumento de El poder y el deseo. Para complicar más el rodaje no había día que el bailarín no armara gresca cual ofendido censor por las escenas de desnudos que, según contrato, debía protagonizar Marisol, la mayoría de las cuales tuvieron que suprimirse ante las agresivas protestas de un encolerizado y ofendido amante. "¡Eso sólo lo hago yo en casa con mi mujer…!" Visto lo cual, y pese a la sensualidad que la actriz emanaba siempre en la pantalla, el contenido erótico de aquel tercer intento por convertirla en estrella internacional quedó en agua de borrajas.

En adelante, con un Gades celoso defensor del pudor de su amada, a la que no quería ver más enseñando los pechos como en El poder y el deseo, convertido en un severo Pygmalión, a pesar de la gran personalidad de Pepa Flores (que ya se anunciaba así finalizando la primera mitad de los años 70), ésta fue poco a poco transformándose en una mujer distinta hasta radicarse políticamente en un partido de extrema izquierda. Mas como el asunto que nos compete no es ése sino el profesional, digamos que en 1975 rodó una de sus mejores películas, Los días del pasado, historia de "maquis" en la inmediata postguerra española, donde tuvo de compañero al propio de su vida real. Con quien intervendría, él ya desde luego con un papel de absoluto protagonista, en Bodas de sangre y Carmen, a las órdenes de Carlos Saura, en 1981 y 1983, respectivamente.

Con Gades se casó en Cuba en 1982 en una ceremonia sin ninguna validez civil o jurídica, con Fidel Castro de testigo. Tuvieron tres hijas. En 1986 la relación de la pareja se rompió definitivamente. Dos años antes, ella había encarnado en una serie para TVE, Proceso a Mariana Pineda, la figura de esta heroína granadina. Y en 1985 dijo adiós al cine con Caso cerrado. Ya en 1983 había expirado asimismo el contrato que la ligaba a una casa de discos. Fueron inútiles todas las ofertas que le hicieron en adelante para su reaparición, tanto en su faceta de actriz como de cantante. Algunas, se dice, ascendían al equivalente hoy de dos millones de euros. Si en sus mejores días de gloria, finales de los 60, ya había desestimado otros contratos muy sustanciosos para radicarse en Los Ángeles y Nueva York porque no quería marcharse de España ni estar lejos de su familia, tampoco accedió a los cantos de sirena y el dineral que a espuertas ponían a sus pies.

Desengañada en general del mundo del espectáculo, de sus vanidades y ambientes que encontraba falsos, optó por radicarse definitivamente en Málaga, su tierra, junto a los suyos. Encontró a un joven italiano, menor que ella, de nombre Massimo, formando la pareja ideal en su elegido retiro. Y allí sigue completamente ajena ya a su pasado. Los que la reconocen, sonríen a su paso pero no la molestan, lo que ella agradece infinitamente. Hace ya varios años la encontré casualmente en Madrid, en el barrio de Argüelles. Iba a casa de su primogénita, la actriz. Fue ella quien me reconoció y, deteniéndose, me saludó cariñosamente, como tantas veces en tiempos pretéritos nos vimos en entrevistas y estrenos.

Un ser admirable, auténtica estrella, que pudo haber alcanzado mayores triunfos, dentro y fuera de España. Pero que renunció a eso que llaman pompas para ser, simplemente, una mujer libre y feliz.

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