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Lo llamaban Fabiolo

El hermano de la reina de Bélgica era uno de los personajes más peculiares de la aristocracia española.

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El hermano de la reina de Bélgica era uno de los personajes más peculiares de la aristocracia española.
La estatua de Jaime de Mora en Marbella | Tyk/Wikipedia

Tres años mayor que la recién fallecida reina de los belgas, don Jaime de Mora y Aragón, hijo del cuarto marqués de Casa Riera, Gonzalo de Mora y Fernández, y de Blanca Aragón y Carrillo de Albornoz, fue un personaje atrabiliario, que chocaba con los orígenes aristocráticos de su familia, que habitaba en el madrileño palacio de la calle de Zurbano.

La relación entre doña Fabiola de Mora y Aragón con su hermano Jaime fue siempre problemática, al punto de que le prohibieron no sólo acudir a la boda de ella con el rey Balduino, sino pisar en adelante el palacio de Laecken, residencia de los monarcas belgas. Sólo muchos años después, guiada por su bondad y nobleza de espíritu, doña Fabiola supo perdonar las, llamemos, travesuras de su hermano díscolo, "la oveja negra de la familia" como él mismo nos admitió una vez, para permitirle verla en palacio y departir familiarmente algunos encuentros.

Conocí a don Jaime en el invierno de 1964, cuatro años después de la boda de doña Fabiola. Llevaba monóculo, adminículo absolutamente anacrónico que, me reconoció, usaba "por puro esnobismo", como luego el bastón, aunque éste hubo de portarlo después por necesidad. Acababa de estrenar como actor una comedia teatral del entonces destacado periodista, director del diario Pueblo, Emilio Romero: Las personas decentes me asustan. Armó mucho revuelo entre la buena sociedad madrileña en aquellas representaciones, donde aparecía con bigote y perilla.

A don Jaime le tenían vetada su entrada en Bélgica desde el mismo día de la boda de su hermana cuando, ni corto ni perezoso, estrenó un vals dedicado a doña Fabiola. La verdad es que su leyenda libertina y golfa venía de atrás. Y eso que en su adolescencia estudió en varios colegios europeos teniendo por condiscípulos nada menos que al Shah de Persia y al príncipe Raniero de Mónaco; centros de donde lo expulsaron por sus constantes diabluras. "Empecé seis carreras –me contó- de las que no terminé ninguna". Acabó, únicamente, obteniendo el título de perito mercantil.

En 1949 estaba en París y se ganaba la vida como pianista (sin haber estudiado música), tocando de oído, y anunciado como don Yago, ante una concurrencia entre la que hizo amistades: Jean-Paul Sartre (al que le hacía mucha gracia don Jaime), Juliette Greco, el gran pintor Bernard Buffet… "Creo que hacía el indio –siguió contándome, divertido- pero la gente se lo pasaba bien". Aprendió ciento ochenta piezas "de repertorio", e incluso compuso y grabó algún tema, como Christine, que tuvo mucho éxito en Inglaterra, pues estaba dedicado a la modelo Christina Keeler, amante del ministro John Profumo, que tuvo que dimitir por su relación.

Entre los estudios inconclusos de don Jaime me confió que estaban los de Psiquiatría: "Los inicié para saber si estaba loco. Y acabé convencido de que sí: chota perdido". Estar escuchándolo era garantía de una carcajada tras otra.

Vivía de un usufructo familiar y dilapidó una considerable fortuna. Había alquilado un gran camión, que acondicionó como vivienda rodante, y así recorrió los Estados Unidos. Cuando se le acabaron los dólares se puso a tocar el piano en los primeros garitos que encontró. En Buenos Aires fue luchador de catch-as-can, modalidad de lucha libre. Salía al ring con capa española y sombrero de ala ancha. Debutaría en el cine en 1961, en una secuencia de El juicio universal: se lo pidió el director Vittorio de Sica. Y él, cobrando una buena pasta , aceptó aparecer con bata de mujer y los rulos puestos. Luego se presentó en un teatro de Roma con una comedia musical al lado de Adriano Celentano y Connie Francis.

Llevaba desde 1958 casado con la actriz mexicana Rosita Arenas, de la que acabó separándose. Hasta que conoció a la sueca Margit Ohlson, con quien contrajo matrimonio civil en Montevideo en 1963. Tarifaron. Pero él no podía vivir sin ella. "Se arreglaron". Casándose por la Iglesia en 1983. Para entonces don Jaime de Mora y Aragón ya había hecho las paces con su hermana, la reina de Bélgica, que se sonreía sabiendo que en España lo llamaban Fabiolo.

Varios percances coronarios que le pusieron a las puertas de la muerte lo habían convertido en un hombre de costumbres más moderadas. Porque siempre presumió de golfo. Y de no pagar las facturas de su sastre ni de los hoteles que ocupaba. Decoraba las paredes de su casa en la madrileña calle de Quintana con las letras bancarias de sus deudas. Tenía un fiel mayordomo que espantaba a los cobradores; el mismo que, admirando a su patrón, no sólo no cobraba muchos meses, sino que se veía obligado a prestarle dinero. Fue don Jaime un vividor simpático que llevaba un Rolex falso al que todas las mañanas pintaba de purpurina para "dar el pego". El mismo que regalaba carísimas joyas a su esposa, llevándola a los mejores hoteles. Para satisfacer algunas de esas facturas tenía que trabajar ¡de camarero! Y aún así, siempre dejaba a deber.

En 1963 recaló en Madrid, su ciudad, abriendo un Nido de Arte, en la Avenida de América, esquina a Cartagena: "Aporreaba el piano –me decía- pero la clientela hacía cola". En la puerta lucía este cartel: "Caballeros, una peseta; señoritas, gratis". En la década de los 70 intervino en una veintena de películas. En sus contratos estipulaba que debía ser anunciado con el don delante de su nombre y primer apellido: Un adulterio decente, Una señora llamada Andrés, El apartamento de la tentación, Los novios de mi mujer… Con Pepito Piscinas, de 1976, dijo adiós al cine.

Repudiado por la aristocracia se las ingenió para seguir apareciendo en las revistas de sociedad. Vivía en Marbella, donde le resultó simpático al multimillonario árabe Adnam Khassogi, quien lo contrató como "asesor de inversiones en la Costa del Sol". Montaba don Jaime en una espectacular Harley Davidson, ataviado con chupa de cuero, como un motero de ley. El 26 de julio de 1995 expiraba como consecuencia de un infarto de miocardio. La reina Fabiola se sintió muy condolida desde su palacio de Bruselas, aunque no acudió al sepelio.

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