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El falso título del conde Lecquio

Uno de los personajes de la crónica rosa española por décadas, el conde Lecquio, presume de un título que es más bien poca cosa.

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Uno de los personajes de la crónica rosa española por décadas, el conde Lecquio, presume de un título que es más bien poca cosa.
El conde Lecquio | Cordon Press

Con la noticia de la muerte de Sandra Torlonia, a los setenta y ocho años, el pasado miércoles, su hijo Alessandro ha aparecido mencionado en todos los medios de comunicación, adjudicándole el título nobiliario de Conde, que viene ostentando desde el fallecimiento de su progenitor, en 1971.

Diríamos posiblemente con mayor verosimilitud que detentando, es decir, haciendo uso indebidamente de tal rango, si así pudiera considerarse en el presente caso, que explicaremos a continuación, aunque ya es viejo asunto, que tratara el experto en genealogía monárquica Juan Balansó, de acreditada biografía, fallecido hace once años. Mas no es inútil recordarlo entendiendo que hay todavía quienes hablan –o escriben- acerca de él, en la ignorancia de la historia.

El padre de Alessandro era el italiano Clemente Lecquio (apellido que en España la mayoría de publicaciones escriben mal, sin la c que precede a la q-, cuando lo correcto es Lecquio), hijo de un antiguo embajador en Madrid, de igual nombre, de la Italia fascista, desde 1940 a 1943. Era un reconocido play-boy que se había casado en Perú con una adinerada dama, de nombre María Ferrer Lamaison, el año 1942. Ejercía entonces de productor cinematográfico, sin fortuna. La prematura muerte de su esposa en accidente de coche en la India le posibilitó heredar una considerable herencia. Dejaba un hijo, Francisco Jorge Luciano, nacido alrededor de 1950, y afectado de problemas psíquicos que fueron causa de su internamiento en un asilo de Montevideo, el Cottolengo del padre Orione.

Clemente Lecquio se desentendió de su hijo regresando a Italia, donde cortejó a una hija de la infanta Beatriz, una de las hijas de Alfonso XIII, de nombre Sandra, de la que parece estaba prendado -antes de conocer a Fabiola, desde luego- el rey Balduino de Bélgica. La familia de doña Beatriz puso el grito en el cielo al conocer aquellas relaciones, y Sandra, mujer decidida e independiente, se fugó con su novio. Acabaron casándose. Unión de la que vinieron al mundo Alessandro y Desirée.

Clemente Lecquio di Assaba tenía fuerte carácter, al punto que demandó en un juzgado de Roma a un periodista que se atrevió a publicar que era un "don nadie" que había dado un "braguetazo" casándose con Sandra Torlonia. Algo intrigante y sabiéndose "marido de…", en busca de alguna pátina de nobleza que acallaran malévolos comentarios, se acercó hasta Humberto de Saboya, rey de Italia en el exilio, que vivía una existencia dorada en Estoril.

Era este monarca destronado muy aficionado a conceder títulos nobiliarios "a troche y moche". Y el ambicioso Clemente Lecquio di Assaba obtuvo de él un condado con su apellido. Si Humberto ya no tenía trono ¿a qué venía aquel derroche de dignidades sin legitimidad alguna? O sea que el Conde Lecquio era un noble de guardarropía y si presumía de nobleza, ésa provenía de su mujer, con quien compartía casa señorial en Turín.

Desde una de las ventanas de esta casa, a cinco metros del suelo, se arrojó un buen día de 1971 a la calle. ¿Por propia voluntad? Se investigó el caso sin más certeza que el hecho de que había fallecido en el acto. Parece ser que sus relaciones maritales no eran idílicas. Sandra Torlonia era una mujer de gran belleza, que llegó a ser elegida Lady Europa, título sometido a intereses comerciales, que le proporcionaron en su día 800.000 pesetas de la época, al cambio en liras.

La rama borbónica italiana quedó entonces en una posición frívola, puede que por carencia de liquidez de la nieta de Alfonso XIII o simplemente por coquetería y ganas de aparecer en la prensa rosa. Entretanto, su primogénito, Alessandro Lecquio se consideraba heredero del título de Conde, a la muerte de su progenitor. Y comenzó a usarlo en público -en privado lo llamaban Dado-. En puridad, aún siendo título sin validez alguna en el Gotha europeo, es decir, entre la nobleza, le correspondía a su hermano peruano, el antes citado Francisco José, por muy enfermo mental que estuviera, con quien no tuvo relación alguna al respecto de esa dudosa herencia. Y hasta hoy, cuando aquél continúa manteniendo que le pertenece.

En Centroeuropa hay, por otra parte, una ingente lista de príncipes y princesas, por ejemplo, que nada tienen que ver con las leyes dinásticas de la monarquía: se considera que son príncipes, o infantes (en su doble acepción de varones y hembras, se entiende) quienes son hijos de reyes reinantes. Y el resto de los títulos, como el "falso" de Alessandro Lecquio, producto de delirios de monarcas destronados, como Humberto de Italia.

La biografía de quien es primo segundo de nuestro Felipe VI es bien conocida de los lectores de la prensa del corazón: licenciado en Historia, vino a Madrid como asesor del director de la Fiat italiana. Estaba casado con una modelo, musa de Giorgio Armani, Antonia Dell´Atte, con quien tuvo un hijo, Clemente. La pareja se mantuvo desde 1987 hasta 1994. Ya tres años antes las infidelidades de Alessandro dieron al traste con la pareja, sobre todo con la irrupción en la vida del seductor italiano de Ana Obregón, con quien protagonizó una apasionada y a su vez tortuosa historia amorosa, de la que vino al mundo un hijo, Alejandro Alfonso (Alex) en 1992. Que no heredará el falso título de conde de su padre, pues antes, como se desprende, tendría derechos el varón habido en su unión con Antonia Dell´Atte.

Despedido diplomáticamente de su trabajo, Alessandro Lecquio se ganó la vida con un gimnasio pero sobre todo gracias a sus apariciones televisivas y sus exclusivas en las revistas rosas, merced a una serie de trapisondas. Una de ellas le pagó dos millones de pesetas, pero el talón fue a cobrarlo un secretario de Ana Obregón, y el "falso" conde no vió ni un duro.

Espabilado, se embolsó veinte millones de pesetas en aquel programa de Tele 5, La máquina de la verdad, cadena a la que continúa ligado -en el programa de Ana Rosa Quintana-, aunque pase ahora por la desdicha de una lesión. Mujeriego empedernido, después de que Ana Obregón lo echara de su casa madrileña de La Moraleja, se consoló con una azafata, Silvia Tinao, con la que jugaba mucho al golf. Luego protagonizó un culebrón amoroso con Mar Flores. Se hicieron unas fotos ardientes, encamados, que llegaron a la redacción de Interviú a cambio de veinte o veinticinco millones de pesetas, dejando en mal lugar a quien era entonces íntimo amigo de la modelo, supuestamente burlado: el naviero Fernández Tapias, Fefé en la intimidad.

Desde 2008 Alessandro Lecquio es marido de María Palacios Milla. Su vida cambió de la noche a la mañana y no se le conocen escándalos como en tiempos pretéritos. Eso le honra. Ahora bien: en el Palacio de la Zarzuela, ni entonces ni ahora se le ha tenido en cuenta.

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