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Mari Trini ocultó su historia de amor

Desvelamos este romance al cumplirse seis años de su muerte. Claudette estuvo a su lado desde hacía alrededor de cuarenta años.

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Desvelamos este romance al cumplirse seis años de su muerte. Claudette estuvo a su lado desde hacía alrededor de cuarenta años.
Mari Trini en un concierto | Imagen de televisión

Frágil, efímera es frecuentemente la popularidad en el oscilante mundo de los artistas. Por ejemplo: ¿cómo es posible que Mari Trini, considerada la más destacada cantautora en su época, década de los 70 y mitad de la siguiente, viviera sus últimos años olvidada, sin contratos? Se cumplen ahora seis años de su muerte. Llevaba enferma algún tiempo, retirada en su tierra murciana, sin perder aún las esperanzas de su recuperación, soñando con despedirse en un concierto que hubiera puesto broche de oro a una espléndida carrera musical. Pero no pudo ser. El 7 de abril de 2009 nos dijo adiós para siempre. A su lado, Claudette. Inseparables desde hacía alrededor de cuarenta años. Casada, madre de un hijo, dejó su hogar para permanecer constantemente junto a Mari Trini. Eran uña y carne. Oficialmente, Claudette ejercía de representante de la artista. De puertas para dentro era algo más: la compañera fiel, a veces celosa. Quien la aconsejaba cómo vestirse, qué lugares frecuentar; su sombra siempre. La mujer de sus sueños. Mari Trini nunca habló sobre su vida privada: comentaba que no deseaba destapar detalles de su vida amorosa.

Por eso, algunos periodistas dieron de ella una imagen bien diferente a sus auténticos sentimientos. La traté bastante. Me dijo un día: "Cuentan que soy arisca, solitaria, antipática… Falso. Lo que no me presto es a romances inventados, a trucos publicitarios como hacen otras colegas". Pero tampoco quería revelar quién ocupaba su corazón. Estaba en su derecho de preservar su intimidad. Tampoco contó en ninguna entrevista que pertenecía a una familia con título nobiliario. Confieso que de ello me enteré cuando se murió y leí la esquela mortuoria, donde figuraba su madre, la excelentísima señora doña María Mille Campos, Duquesa Viuda de la Torre y el nombre de sus tres hermanos, aunque no el de Claudette, lo que se entiende perfectamente.

María Trinidad Pérez-Miravete Mille nació en una pedanía murciana aledaña al término municipal de Caravaca de la Cruz el 12 de julio de 1947. A los cuatro años se trasladó a Madrid con su familia. Padeció una nefritis que, unida a otras complicaciones en su salud estropearon su infancia y parte de la adolescencia. Tuvo que permanecer seis años en la cama. Me contó: "Fue una cosa del riñón. Padecí un foco infeccioso. Tuvieron que operarme varias veces de la garganta, la cabeza, los oídos… Mi boca quedó algo retorcida desde entonces…Un eminente urólogo, teniendo yo catorce años, dictaminó que mi curación era imposible". Menos mal que otro galeno consiguió que la futura cantante se fuera recuperando poco a poco.

En esos años de dolores y ensoñaciones, la joven fue adquiriendo una suficiente cultura y hasta decidió recibir clases de música. Se las impartía un animoso compositor que pronto se haría popular: Fernando Arbex, líder de Los Brincos. Y en ese periodo es cuando se fragua el futuro artístico de quien sería conocida simplemente como Mari Trini. A la que por conductos familiares conoció el célebre director cinematográfico Nicholas Ray, el de Rebelde sin causa con James Dean, quien regentaba en Madrid, en los primeros años 60 un club llamado Nika´s. Allí comenzó a cantar nuestra neófita intérprete: piezas de Brenda Lee, de Los Everly Brothers… En esa faceta de ocasional mánager, Ray la llevó a Londres, donde ella actuó en un programa de la BBC, conoció a Paul McCartney… De esos ambientes donde se cocía el pop y la beatlemanía saltó a París, frecuentó los ambientes de la bohemia, las cuevas del existencialismo, trabó cierta amistad con Jacques Brel…

En 1968 volvió a Madrid, probó suerte en una multinacional discográfica RCA, cantando composiciones de Aute y Patxi Andión. Pero quería triunfar por sí misma, con temas propios, lo que logró ya a partir de 1970. En esos primeros pasos tuve ocasión de conocerla: fumaba cigarrillos negros Gauloises, franceses, muy fuertes. Me confesó que le apasionaba pilotar coches de Fórmula 1, para lo que no sólo estaba preparada, sino que disponía de su carné correspondiente. Llegaron sus éxitos incontestables: Amores (el álbum estuvo un año entero en el número 1 de las listas), "Yo confieso", "Si no te vas con la tarde", "Ayúdala", "Mi tercer amor", "Cuando me acaricias", "Mañana", "Vals de otoño", "Yo no soy esa", "Un hombre marchó", "Una estrella en el jardín"… Quince años de éxitos ininterrumpidos. Y poco a poco, la distancia del olvido.

Me confesó, amargada, una noche de la segunda mitad de los años 80, que en su casa de discos ya no la querían, que la instaban a competir con Alaska y los Pegamoides y Nacha Pop. "Y yo tengo mi estilo", me insistía, dolorida. En los años 90 intentó subsistir en otra editora catalana, Divucsa, pero sin éxito. En 2001 un conocido periodista musical, promotor discográfico, la requirió para grabar un disco con Los Panchos de Rafael Basurto. Cantaría boleros del trío mexicano y éste haría versiones de éxitos de Mari Trini. En el proyecto ella aportó dinero y sus derechos de autora. Fue el último disco de su vida. Un fiasco. Denunció a aquel ocasional socio (cuya identidad conocemos, silenciándola piadosamente). Se sintió estafada. Así lo denunció, ganando finalmente el juicio, aunque sólo recuperó los derechos de sus canciones, pero no sus ahorros. Y a partir de ahí vino su definitivo declive, cuando ya las nuevas generaciones ignoraban quién era ella: una excepcional cantautora; la voz de la melancolía, de los derechos feministas, de las hermosas canciones de amor que no se apoyaban en la cursilería…

Lejos de aquella popularidad perdida, sin apoyo artístico ni económico, aceptó el ofrecimiento de vivir en una urbanización a las afueras de Murcia a cambio de prestar su nombre y su figura para promocionar aquel negocio inmobiliario. Los comentarios en la prensa nacional a su muerte recordaban su glorioso pasado, pero apenas se detenían en lo que fue su triste e injusta última estación de su vida. Es tópico insistir en ello pero podemos seguir recordando sus maravillosas canciones, consolándonos así de su dolorosa pérdida. A mí me sigue conmoviendo, por ejemplo, su versión en francés de "Ne me quitte pas". Fuera de la de su mitificado creador he encontrado pocas con la emotividad que aporta mi inolvidable buena amiga.

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