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Antonio Banderas no quiere volver a casarse

El actor está escarmentado por los cuantiosos gastos de sus dos divorcios.

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Antonio Banderas no quiere volver a casarse
Antonio Banderas y Nicole Kimpel | Cordon Press

Enamorado "hasta las cachas" de la holandesa Nicole Kimpel y todo lo que quieran… pero Antonio Banderas, hoy por hoy, no está decidido a contraer un tercer matrimonio. Con los dos que lleva encima ya es suficiente para él, según le susurró a Bertín Osborne: "No me voy a casar nunca más". Tan radical declaración en un hombre romántico y seductor como él, quien siempre ha mantenido que no sabe vivir solo, puede que llame la atención. Pero echando mano de las cuentas de lo que ha tenido que pagar, desprenderse y continuar afrontando tras sus dos divorcios, el actor malagueño parece razonablemente escarmentado hasta pensar: ¡Lo que me han costado mis queridas mujeres!

Lejos queda cuando muy jovencito se echó su primera novia, Celia Trujillo, compañera suya en la compañía de teatro Dintel. Al mes de salir juntos, ella recordaba que Antonio le pidió que se casaran. Cuando el 3 de agosto de 1980 el joven aspirante a triunfar en Madrid llega con su modesta maleta a la estación de Atocha, una semana antes de cumplir veinte años, se acordaba mucho de Celia, a la que escribía a menudo, acompañando sus misivas con unos mechones de sus cabellos. Siempre fue un incorregible sentimental. Celia acabó dejando también Málaga y conviviendo en los Madriles en una pensión de la plaza de Olavide. Hasta que unos meses más tarde estaba claro que "encantado de haberse conocido" y de convencerse de que era un guaperas que iba encadenando conquista tras conquista no tuvo más remedio que decirle a Celia que lo suyo había llegado a su fin.

Las correrías nocturnas del galán lo llevarían profesionalmente a su encuentro con Pedro Almodóvar, quien le quitó de la cabeza seguir llamándose artísticamente José Antonio Bandera -por otra parte como figura en su pasaporte- bautizándolo como Antonio Banderas, con la ese final añadida a su apellido. Ya desafiaba también las señales de la circulación cuando montado en una Honda 900, por lo regular con una moza de pasajera, tuvo algún que otro percance del que saldría bien librado. Con veinticinco años (cuatro obras de teatro y diez películas en su historial) el director manchego lo elige protagonista de un filme que transcurre entre placeres sexuales y el fantasma de la muerte. Es Matador, donde tuvo una escena complicada en la que debía violar -supuestamente se entiende- al personaje encarnado por la muy atractiva Eva Cobo, con la que tendría un breve romance fuera ya de las cámaras.

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No mucho después, llegará su boda con la actriz Ana Leza en el verano de 1987, antes de que comenzara el rodaje de la película que iba a ser el prólogo de su lanzamiento internacional: Mujeres al borde de un ataque de nervios. El matrimonio iba a significarle un cambio total en su ritmo de vida. Hasta entonces, despendolado, él mismo ha reconocido ser un golferas que iba de ligue en ligue, consciente según sus propias palabras "de que ninguna me iba a exigir nada". Y aquel 27 de julio de 1987 acabó para él -de momento, según se vería después- su alocada vidorra de empedernido mujeriego. La ceremonia religiosa tuvo lugar en la iglesia de San Nicolás, en Madrid. Se habían conocido apenas cinco meses antes en el bar de un amigo en la calle de las Infantas. Ana, hija de la también actriz Concha Leza, estudiaba Bellas Artes y pertenecía a la exigente compañía de Nuria Espert. Entre los testigos, Almodóvar y su entonces inseparable Carmen Maura (llegaría la hora en la que se tiraron los trastos a la cabeza). Antonio Banderas echó la casa por la ventana y, aunque no le sobraba el parné decidió celebrar su enlace en el muy elitista y carísimo hotel Ritz. ¡Con un par, oigan! Donde por cierto -y él lo sabía- en otros tiempos no dejaban alojarse a los actores, que tenían mala fama por lo visto para los gestores de tal aristocrático establecimiento.

Ana Leza fue poco a poco abandonando su profesión en aras de que Antonio, al que ayudó mucho, continuara ascendiendo en su carrera. Y así cuando a él le llegó su primera oportunidad en Hollywood con Los reyes del mambo, sin hablar "una papa" de inglés, ella se convirtió a su lado en su mejor amiga y compañera, aplicándose en que Antonio aprendiera a dominar ese idioma. Todo les iba de maravilla y él dio calabazas a la casquivana Madonna, que quería "llevarlo al huerto". Pero pese a públicas declaraciones en las que el actor decía que "sin Ana yo estaría cual manco o cojo", en la primavera de 1995 decidieron de mutuo acuerdo acabar con su matrimonio. Anecdóticamente, Ana Leza venía apareciendo como figurante en las películas americanas de Antonio. A ella le dio luego por retirarse a un centro de meditación espiritual y así fue olvidando poco a poco al que fue su gran amor. Antonio Banderas, no sabemos si exactamente generoso o porque así se vio obligado tras firmar los papeles de separación y divorcio, tuvo que satisfacer exactamente durante tres años y cuatro meses dos millones cuatrocientas mil pesetas cada treinta días a su exmujer, quien se quedó con la casa que habían comprado en Madrid. Pero, además, se embolsó quinientos setenta millones de pesetas en pagos compensatorios, y la mitad de los ingresos por las películas que rodó su "ex" entre los años 1987 y 1995; es decir, el tiempo en que estuvieron casados.

¿Tuvo que ver en esa ruptura la aparición de Melanie Griffith en la vida de Antonio Banderas? Él lo negó con rotundidad, aunque también precisó que, en todo caso, ello aceleró lo que ya no tenía remedio: que su matrimonio hacía aguas desde mucho antes de que la estrella norteamericana, tres años mayor que el malagueño, se convirtiera en su nueva enamorada. Ya se ha contado infinidad de veces que se conocieron en una entrega de los Oscar y que Antonio, al saludarla se interesó por los años que tenía a lo que ella respondió que eso era una grosería. Luego vino lo también tantísimas veces relatado: que Fernando Trueba los juntó como protagonistas en Two much. Por cierto: el papel de Banderas lo iba a hacer, en principio, Andy García, pero no se pusieron de acuerdo. En el reparto se encontraba asimismo una larguirucha Daryl Hannah, con la que me dijeron tuvo que ver algo Antonio Banderas fuera del rodaje. Sería un fugaz encuentro en todo caso pues Melanie le hizo tilín a los pocos días.

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Y ya desde 1996, año en el que se casaron en Londres casi en la mayor intimidad, no se separaron hasta 2015. Una pareja ejemplar durante dieciocho años. Con una hija en común, Stella del Carmen. Ella, sabido es atravesó mucho tiempo problemas de alcohol y consumo de drogas y él, pacientemente, la ingresaba cada dos por tres en centros de rehabilitación. Fuera esa la causa que colmó el vaso en sus relaciones o un desliz amoroso del actor, como se ha rumoreado, el caso es que se divorciaron, entre denuestos y gruesas palabras de ella hacia nuestro compatriota. Ahora han firmado la pipa de la paz e incluso se han visto alguna vez en buena armonía. Todo sea por la niña, de la que cuidará Melanie.

Acerca de las condiciones económicas del divorcio, hubo por ambas partes muy duras y exigentes negociaciones. Parece que hasta 2004 tenían acordada la separación de bienes, pero a partir de esa fecha firmaron un contrato post-nupcial, en virtud del cual él le pasa mensualmente sesenta y cinco mil dólares: más de setecientos mil euros anuales. Melanie ha percibido siete millones de dólares, la mitad de la venta de la mansión de Los Ángeles que tenían. Se ha quedado con la casa de Aspen (Colorado), valorada en ocho millones de dólares, y con un cuadro de Picasso, estimado su valor en otros once millones. Así son esos divorcios en el mundo de Hollywood.

Antonio Banderas vive ahora a las afueras de Londres con Nicole Kimpel. Ella se gana muy bien la vida en el mundo empresarial. Y él, en tanto atiende su nueva ocupación de diseñador de ropa, ha tenido tiempo de rodar en el mes de julio en Chile la película Salty, sobre la vida de un rockero. También ha juntado su voz con la de la sensacional Barbra Straissand en la melodía Take me to the World, perteneciente a la obra Evening Primerose, que aparecerá en el próximo álbum sobre los grandes musicales de Broadway, y que hace el número treinta y cinco de la estrella norteamericana. Ha de seguir "currando" para que el divorcio de Melanie no arruine su carrera y de paso, darle algún caprichito que otro -léase un diamante, por ejemplo- a su encantadora Nicole.

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