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Nancy, la primera esposa de Frank Sinatra a la que tantas veces engañó e hizo desgraciada

Ni siquiera la existencia de los tres hijos del matrimonio, Nancy, Frankie y Tina, mitigaron tanta humillación, tanto dolor.

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Nancy y Frank Sinatra, en 1947 | Cordon Press

La muerte de Nancy Barbato, la primera esposa de Frank Sinatra, a la provecta edad de ciento un años, nos trae a la memoria la infinidad de episodios de su marido, al lado de tantas mujeres, que la convirtió en una desgraciada de por vida. Ni siquiera la existencia de los tres hijos del matrimonio, Nancy, Frankie y Tina, mitigaron tanta humillación, tanto dolor.

En el verano de 1934 el que luego sería un ídolo mundial de la canción romántica, contaba dieciocho años, cuando conoció a la hija de un yesero de Nueva Jersey, Nancy Rose Barbato. Frank Sinatra tocaba el ukelele ante la atónita mirada de Nancy. El flechazo entre ambos fue rápido. Les unía, aparte de esa mutua atracción, ser descendientes de italo-americanos. Cuatro años duró su noviazgo. Él no tenía un chavo y para verla tenía que tomar un autobús, cuyo billete se lo pagaba a veces ella. Le escribía poemas, iban a la playa, se besaban constantemente. Una época en la que Frank sólo cobraba dos dólares por noche en los garitos que lo contrataban. Pero tenía mucha fe en su futuro. "Ninguna mujer me parará los pies hasta que triunfe", le dijo a Nancy, y ésta: "Yo no te estorbaré".

Lo cierto es que Frank Sinatra, que ya comenzaba a ser conocido, tenía hacia 1938 un montón de chicas con las que se encamaba todos los días, aunque siguiera su noviazgo con Nancy. Ésta, que no era tonta, le dijo un día: "Lo tuyo con el sexo es verdaderamente una pasión". Algunos amigos lo consideraban un semental. La boda tuvo lugar el 4 de febrero de 1939 en una iglesia de Jersey City. Lo celebraron en la casa del cantante, que tenía un año menos que Nancy, ésta con veinticuatro.

Al principio, ella lo acompañaba a sus conciertos. Menos cuando se quedó embarazada. Dio a luz a una niña, Nancy, el 8 de junio de 1940. Frank no se encontraba a su lado: actuaba en Nueva York con la orquesta de Tommy Dorsey. Y, en adelante, sus desplazamientos ya eran constantes, pasaban días, semanas, sin ver a su mujer y a su hija, lo que no le impedía mantener relaciones con cualquier dama que le gustara. "Ese hijo de puta me ha vuelto a engañar otra vez", le comentó a una amiga, entre sollozos.

Era como una adicción que no podía controlar, como su afición a la bebida: las mujeres lo hechizaban y él las conquistaba con la mirada de sus ojos azules, con la dulzura de su voz. Las encandilaba enseguida y las llevaba a su lecho allí donde se encontrara. Nancy ya pensaba en divorciarse pero se contenía: era católica y su boda con Frank la celebró "para toda la vida". Él llegó un día en que le habló claramente: "Estoy enamorado de otra". Se trataba de una actriz llamada Alora Gooding. Enterada, Nancy trató de recuperar a su marido, al tiempo que aún coronada con unos impresionantes cuernos, lo perdonaba. Y hasta le confeccionaba pajaritas que él usaba vestido por supuesto de etiqueta. Como a él le gustaban los niños, Nancy hizo todo lo posible por darle un segundo hijo: el 10 de enero de 1944 vino al mundo Frankie Sinatra Barbato. Otra vez, el padre se halla ausente, rodando en Los Ángeles una película. Su fama iba aumentando, al tiempo que sus inevitables infidelidades a su mujer. Pero Frank logró camelarla, comprando una casa cerca de Los Ángeles, adonde se fueron a vivir. Ganaba dinero a espuertas y con Levando anclas, junto a Gene Kelly, logró su primer gran éxito en la pantalla. Ese sorprendente riego de dinero en sus cuentas corrientes llevó a Sinatra a comprar objetos valiosos a diestro y siniestro, a invitar a amigos, a ir dilapidando cuanto ingresaba en su banco. Nancy se alarmó. Y él le dijo: "No te preocupes, cariño. Hay que vivir el presente".

Frank Sinatra se encontraba a gusto en Hollywood. Se hizo amigo de Marilyn Monroe, de Lana Turner, con quienes tendría relaciones íntimas. No tan fogosas como luego con Ava Gardner, a la que conoció en 1945 en un club, Mocambo, cuando aún estaba casada con Mickey Rooney. Nancy continuaba aguantando. Los cuernos que sobrellevaba con resignación y paciencia parecían hundirla en cualquier momento. "Sexo, sexo, sexo", así definía Esther Williams a Sinatra. Y estando hasta las trancas colado por Lana Turner decidió abandonar a su mujer. Nancy le preguntó: "¿Por cuánto tiempo?". Y él: "¡Quién sabe!".

En el otoño de 1946 ya era oficial que Frank Sinatra se había separado de su esposa. Pero todavía no iniciaron el proceso de divorcio. Pero una noche en la que La Voz actuaba en el club Slapsie Maxie, de Hollywood, en una de las mesas estaba Nancy Barbato. En un momento del "show" ella comenzó a llorar, él se le acercó, abrazándose durante varios segundos. El público no cesaba de vitorearlos. En los meses siguientes Frank jugó a ser "el marido arrepentido" y le compró a Nancy un espectacular abrigo de armiño y una pulsera de diamantes. Joya que, por cierto, había pensado un día regalársela a su amante Lana Turner.

No haremos más largo el relato. Ni el nacimiento del tercer hijo de la pareja, una niña a la que impusieron el nombre de Tina, pudo reconciliar definitivamente a Frank y a Nancy, constantemente con disputas a causa del escandaloso comportamiento del cantante con sus líos amorosos. Así es que el 31 de octubre de 1951 se divorciaron. La noticia le llegó a Frank Sinatra cuando se encontraba en Nueva York junto a Ava Gardner, con la que se casó el 2 de noviembre de ese mismo año.

Nancy, ya ex de Frank Sinatra, recibió una tercera parte de la renta bruta de los próximos 150.000 dólares que ganara Sinatra; un diez por ciento de los 150.000 siguientes y un pequeño porcentaje de los próximos contratos del cantante. Recibió la custodia de sus tres hijos, una vivienda, acciones de una compañía del que fue su esposo, amén de importantes joyas, abrigos y muebles. Pero su dolor al dejar para siempre al amor de su vida la acompañó durante mucho tiempo. Quizás ahora, a la hora de su muerte, tal vez pudo pensar siquiera unos segundos en aquel chico de su barrio que le cantaba al oído hermosas canciones románticas.

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