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José Legrá, de campeón del mundo de boxeo a vivir olvidado en una residencia de ancianos

José Legrá no siguió los pasos responsables de Pedro Carrasco, que no derrochó cuanto ganara con sudor y sangre.

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José Legrá no siguió los pasos responsables de Pedro Carrasco, que no derrochó cuanto ganara con sudor y sangre.
Legrá, en el entierro de Pedro Carrasco | Gtres

Circunstancialmente me entero de que José Legrá lleva unos meses recluido en una residencia de ancianos. La cara y cruz, tantas veces repetida, de ídolos del boxeo, del fútbol, el cine o la canción, que ganaron fama, dinero, gozaron de la admiración general y de la compañía de bellas mujeres, de noches interminables de champán y pasión, cuando parecía que los billetes verdes no se acabarían nunca. Los juguetes rotos que tan bien divulgó en un docudrama el hoy olvidado Manuel Summers. Como olvidado es nuestro protagonista de hoy, José Legrá que, a sus setenta y seis años es ya sólo recuerdo para cuantos aún retengan en la memoria dos veladas mágicas, aquella de 1967 cuando se proclamó campeón europeo de los pesos plumas y la de un año más tarde al conquistar el título mundial y cantaba el "La,la,la" del Dúo Dinámico y Massiel, mano a mano con Matías Prats, que lo entrevistaba para Radio Nacional de España.

José Legrá. Un mito del deporte de las doce cuerdas. Natural de Baracoa (Cuba) donde pasó hambre y malvivía con lo poco que ganaba como limpiabotas o vendiendo periódicos por las calles.. Los turistas le tiraban monedas al mar y él se lanzaba tras ellas, nadando, hasta avistar algunas y salir a flote contento, con un puñado entre las manos. Caída la tarde se embolsaba algunos pesos más, tal vez dólares si había más suerte, llevando a algunos de aquellos "guiris" a las casas de putas, que él conocía muy bien. No tenía estudios, negro su futuro, como su misma piel. Por eso se hizo boxeador, celebró combates en La Habana, en Miami, en México... Hasta que Fidel Castro prohibió el boxeo profesional en la isla y entonces José Adolfo Legrá Ultria se las buscó como pudo para pagarse el billete de avión a España, adonde llegó "con lo puesto". Pero en una época en la que el pugilismo atraía a mucha gente y logró llegar hasta su paisano Kid Tunero, antiguo boxeador convertido en preparador, quien lo ayudó en sus primeros pasos por Madrid. Más tarde sería el propio presidente de la Federación Española de Boxeo, Vicente Gil, que era el médico personal del Jefe del Estado.

Cuando Legrá fue campeón de Europa lo recibió Franco en audiencia especial en el Palacio de El Pardo. Legrá contaba, ufano, a los periodistas que el Generalísimo le había regalado un chalé: en realidad, un modesto piso en el barrio madrileño de San Blas. Lo cierto es que José Legrá se convirtió en un personaje muy popular, incluso para los que no tenían repajolera idea del boxeo. Le ayudaba a ello su incontenible verborrea: "¡Soy el mejor, soy el mejor!" repetía ante el primer micrófono que se le ponía a tiro. Lo compararon en ese sentido con el mítico Cassius Clay a lo que Legrá respondía – así me lo dijo – con esto: "¡Pero si cuando él empezaba como amateur yo ya era profesional...!" La facundia del cubano se toleraba por su enorme simpatía. Atendía a todo el mundo de igual manera, con sonrisas y abrazos. Llevaba en los bolsillos unas tarjetas con su fotografía, que iba repartiendo cuando alguien le solicitaba un autógrafo. Todavía no habían surgido los "selfies" que si no también habría atendido a centenares de peticionarios. Cuéntase que llegó a ganar ¡cuatrocientos millones de pesetas! Que fue dilapidando, amén de cuando pudieron estafarle los avipados de siempre, entre francachelas de amigos oportunistas y sobre todo en sus veladas amorosas. Muchas mujeres iban tras él, sabedoras de que José Legrá no las defraudaría. Se dice que a las más íntimas y habituales les proporcionaba de gratis joyas, caros perfumes, relojes, abrigos de piel... Noches locas del campeón que él reconocía con esta gráfica frase: "El boxeo me proporcionó grandes satisfacciones... sexuales". Se reía a carcajadas como un niño feliz con sus juguetes. Y hasta debutó en el cine cuando Eloy de la Iglesia lo dirigió en Cuadrilátero.

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José Legrá, en 2013 | Gtres

El gran poeta, maestro del artículo y crítico de boxeo Manuel Alcántara (al que mi recordado Fernando Vadillo lo instruyó en ese deporte) lo motejó como "El Puma de Baracoa". No siempre se gana, es natural. Pero Legrá lo consiguió en ciento treinta y cinco de los ciento cincuenta combates que disputó, perdiendo once, con cuatro declarados nulos. Y en 1973 su estrella comenzó a declinar. No obstante su vitalidad seguía indemne y no pensaba retirarse por mucho de que ya no podía superar su palmarés. Me confesó que no le preocupaba el día de mañana, que poseía negocios, pisos, terrenos... No sé si eran ensoñaciones, fruto de un brillante pasado. En sus momentos de plena lucidez bien sabía que la gloria viene y se esfuma: "Cuando estás abajo, ya no se acuerda nadie de ti". Sí, eso lo reconoció, tal vez ya demasiado tarde. Acabaron sus fanfarronerías. No le fueron propicios algunos de esos negocios de los que él presumía: lo engañaron. En concreto perdió buena parte de sus ahorros cuando un socio lo embarcó en una empresa de calzado deportivo que llevaba como cebo publicitario su conocido apellido. Y poco a poco aquellas ganancias se fueron evaporando hasta vivir días de penuria. Ya las mujeres del ayer eran sombras del pasado, cuando vivía cerca del barrio de Las Ventas con la que parece ha sido la última mujer de su vida, que atendía por Nines. Los amigos y aduladores de aquellas veladas triunfales del Palacio de los Deportes madrileño se escabulleron en pos de otros ingenuos, como por ejemplo Urtain.

Legrá podía haber seguido los pasos responsables de Pedro Carrasco, que no derrochó cuanto ganara con sudor y sangre. Pero el cubano se había dejado llevar por ese espejismo de la fama rápida hasta que supo que ya no era nadie. Un triunfador al que ya una generación siguiente a la que lo vitoreaba desconocía la identidad del púgil. Lo comprobé un día cuando me senté a su lado en un autobús. Durante el trayecto, nadie, absolutamente nadie de los viajeros, le dijo nada. En silencio, discreto, humanitario, el periodista José María García lo ayudó económicamente y hasta en este último capítulo de su internamiento en una residencia se ha preocupado de ofrecerle amistad, consuelo y compañía. Gran gesto del colega que un día escribió y cantó las proezas del "Puma del Baracoa" y ahora ha sabido estar asimismo a su lado cuando el mañana del popular Pepe Legrá ya nada tiene que ver con los guantes, el serrín, los "sparrings" y el ring de las doce cuerdas.

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