
Cuando se han cumplido once años de la muerte de Sara Montiel, fallecida el 8 de abril de 2013 a los ochenta y cinco, no dejan de aparecer periódicamente artículos sobre su vida artística y personal; incluso algún libro, como el último, firmado por el catedrático de Literatura Israel Rolón-Barada: Sara Montiel. La mujer y la estrella más allá del mito. Emilia Landaluce se hacía eco de esa publicación en las páginas del suplemento de El Mundo, LOC. Nada nuevo bajo el sol, rezaba un antiguo aserto. Y es que este mito del cine nacional ha sido objeto a estas alturas de infinidad de escritos, y muchas las veces que la propia interesada contó sobre su existencia, incluyendo un libro biográfico, entre verdades y algunas fantasías. Lo que nunca aclaró la estrella fue su maternidad, a la que sí se refirió en alguna ocasión, pero no relatando con pelos y señales el nacimiento de un hijo que nació muerto, fruto de sus amores con el líder comunista exiliado en México Juan Plaza.En ese libro antes mencionado se alude a los amores de Sara Montiel, aunque harto sabido es que sus amantes fueron, entre otros, Ángel Ezcurra, Miguel Mihura, León Felipe, Ramón Mercader y Juan Plaza. Lista a la que más tarde, ya en la década de los 60, tras tres de los cuatro matrimonios que tuvo, se sumaron otros, con dos actores, un francés y un italiano. Pero vayamos al caso de dos personajes comunistas que ocuparon el corazón de la manchega, acerca de los cuáles nunca se dijo nada en la prensa española durante el régimen franquista, por razones obvias.

Ramón Mercader fue uno de esos dos. Exiliado español que en Rusia recibió la orden de Josef Stalin de desplazarse a México con un único objetivo: matar a Trotsky. Lo que hizo a manos de un piolet. Por esa época, comienzos de la década de los 50, Sara Montiel vivía en México, a donde había marchado, decepcionada de que en España no obtuviera papeles de protagonista en el cine. Conoció a Mercader y se enamoró de él; encarcelado aquel asesino, iba a verlo de vez en cuando tras las rejas. De aquella relación, circularía la especie de que había dado a luz un niño. Todas nuestras investigaciones nos llevan a la consideración de que ese supuesto embarazo fue solo un bulo, aun siendo cierto que hubo amores entre ambos.
Quién sí fue padre de una criatura que nació muerta al nacer fue el secretario del Partido Comunista en el exilio Juan Plaza. Un varón, aunque luego se publicó no hace muchos años en la revista Lecturas que pudo ser una niña, que sobrevivió al parto y que Sara dejó en adopción a una madre; testimonio de un peluquero, quien aseguraba haber recibido tal confidencia de la propia Sara. Francamente, nunca nos creímos tal cosa. Sí que recordamos que la diva reveló en alguna ocasión haber sufrido un aborto (quizás fueron dos) y que el niño muerto estaba enterrado en un cementerio que no quiso nombrar, en tierras americanas.
Lo que es bien cierto tiene como protagonistas a Sara y al mentado Juan Plaza, cuyos amores surgieron hacia el año 1951, cuando ella estaba rodando en México la película Furia Roja, una más de los melodramas que hizo en tierras aztecas, de los que no todos se proyectaron en España. Fue en una fiesta que organizó el doctor José Puche, según contaba el autor del libro al que estamos refiriéndonos. Y entre el jefe comunista y la actriz de Campo de Criptana nació una apasionada relación. Inopinadamente y ante la perplejidad de Plaza, Sara lo dejó de la noche a la mañana y se marchó a los Estados Unidos.
Viene ahora una historia sobre aquella ruptura, que obtuve merced al relato de Enrique Herreros (hijo) quien junto a su padre, que había sido el verdadero descubridor de la manchega a la que bautizó con su definitivo sobrenombre de Sara Montiel, llevaron la carrera artística, contratos y relaciones públicas de ésta, convirtiéndola en una estrella.

Juan Plaza había llegado a México a bordo del histórico barco "Vita", aquel del que se dijo llevaba el oro español que los republicanos robaron de los sótanos del Banco de España. Eso, en 1939. El Presidente mexicano Lázaro Cárdenas dispuso recibir en el país hermano a cuantos españoles refugiados llegaran a sus costas. Y Plaza, como apuntábamos, fue uno de ellos. Ya instalado en la capital mexicana, fue cuando intimó con Sara Montiel, a la que relacionó con bastantes exiliados españoles, que solían reunirse en un café de la llamada Zona Rosa. Fue en ese grupo donde simpatizó con León Felipe. Se sentaba Sara en las rodillas del poeta, encandilado con ella, aunque a sus setenta años, como recordaba Herreros (hijo) no estaba para muchas emociones de tipo sexual. Ella, sí, pues contaba veintiséis espléndidos años.
Con Juan Plaza se encamó varias temporadas hasta que en 1955 se instaló en Los Ángeles. Pero en Estados Unidos no franqueaban la entrada a ningún comunista. Sara lo tuvo claro: dejó al líder del PCE porque le interesaba más triunfar en las pantallas norteamericanas. Aquello, enfureció a Plaza que hizo todo lo posible por encontrarse con su amante manchega para matarla.
La localizaría en 1960 cuando la Montiel estaba de gira en Guayaquil. Juan Plaza fue hasta el hotel donde se hospedaba la estrella y dejó un paquete en recepción. Que recogió el maestro Juan Solano, director de orquesta que acompañaba a Sarita, subiéndolo hasta la habitación de ésta. Fue Herreros (hijo) quien se hizo cargo del envío, lo abrieron, y en el centro de una tarta se leía en una tarjeta: "Amor mío, vengo a matarte por puta". Y firmaba Juan.
Sara y Plaza llegaron a encontrarse en uno de los pasillos del hotel. Ella lanzó un desgarrado grito. Él, huyó. Al día siguiente regresó al hotel, se entrevistó con el representante de la estrella, Enrique Herreros (senior). Portaba una cartera y dentro, una pistola: "He venido desde México para matar a esa mujer".
Herreros, consiguió calmarlo: "No la mate. Déjela envejecer, que será mucho mejor". La ira de Juan Plaza fue desapareciendo como por encanto. Se marchó cariacontecido. No volvió a ver a Sara Montiel.