
Carlo Ancelotti tiene razones más que suficientes para haber festejado varios acontecimientos, tres en concreto. El primero, por cronología, es haber conseguido para su equipo la décimo quinta victoria en la Champions League frente al Borussia de Dormund, por un contundente 2-0. Segunda celebración personal: la de su sesenta y cinco cumpleaños el pasado 10 de junio, nacido en la localidad italiana de Reggiolo, provincia de Emilia Romagna, de nueve mil habitantes, en el seno de una familia de agricultores. Y tercera y por ahora última circunstancia de su felicidad: en el ya transcurrido 6 de junio se ha cumplido un decenio de su boda con Mariann Barrena, su segunda esposa.
Este último matrimonio de Carletto le ha supuesto un equilibrio al entrenador del Real Madrid. Enamoradísimo de Mariann, la noche de la final en el estadio de Wembley, nada más concluir el emocionante encuentro, se fue corriendo hasta la lejana grada donde le esperaba ella y se fundieron en un largo abrazo rubricado con emotivos besos.
Antes de conocerla, Carlo Ancelotti ya había vivido otros amores, desde sus tiempos de jugador de fútbol en el AS de Roma, que es cuando intimó, a partir de 1983, con Luisa Gibelline, una gran deportista, guardameta de un club y experta tenista. Contrajeron matrimonio y tuvieron dos hijos: Katia y Davide. Ella era una "forofa" de los clubs en los que estaba su marido y en ocasiones, pilotando una avioneta, regresaba volando con él a casa. Carlo se hizo entrenador y pasó por equipos de categoría: Milan, Juventud, PSG, Bayern de Munich, antes de que fuera "míster", en dos ocasiones, del Real Madrid.
Todavía casado con Luisa, cuando entrenaba al Chelsea, cenando un día de 2011 en un restaurante londinense, fijó sus ojos en la mesa ocupada por una atractiva dama, compartida con un amigo. Ancelotti, que a veces nos ha dado la impresión de ser algo tímido, se acercó hasta donde se hallaba aquella mujer que lo deslumbró, quien al parecer desconocía la identidad del osado que se atrevió a piropearla en italiano. La receptora del halago captó cuanto escuchaba, y siguiendo su lengua vernácula, Carlo le espetó de buenas a primeras: "Tú serás mi prometida algún día". El acompañante de esa belleza no se enteró de nada, desconociendo la lengua de Dante. Y continuando el diálogo así, ella, con gran sentido del humor, le respondió: "De acuerdo. La próxima vez que nos veamos yo traeré un anillo". De boda, dio a entender. Y se cumplió la promesa. Pero, antes de que ocurriera, Ancelotti, que a la chita callando dio muestras de ser un seductor, viviría un corto romance con la periodista rumana Marina Cretu, dieciocho años más joven.
Carlos Ancelotti habló con su esposa. Luisa Gibelline, pese a la desazón que le produjo el divorcio no tuvo más remedio que separarse. Con el transcurso de los años, los ex esposos mantuvieron una respetuosa relación, compartida con los dos hijos que habían tenido. Cuando ella murió, a los sesenta y tres años, en mayo de 2021, Carlo Ancelotti, compungido, asistió al entierro.

Respecto a quien se convirtió en su segunda esposa, Mariann Barrena McClay, hoy con cincuenta y dos años, en ceremonia celebrada en Vancouver, su localidad natal, tiene antecedentes españoles: su padre era un emigrante de Sigüenza, Guadalajara, y su madre, oriunda de Santander. Posee la doble nacionalidad, canadiense-española. Una profesional del mundo financiero, con un currículo obtenido en importantes universidades.
El enlace lo celebraron en la intimidad en 2014. Carlotti invitó a la boda al presidente merengue pero Florentino Pérez se disculpó porque estaba muy pendiente de la salud de Alfredo Di Stéfano, que moriría por esos días. Carlo y Mariann se establecerían en Madrid, ocupando un lujoso piso en los alrededores del Parque del Retiro, muy cerquita de la Puerta de Alcalá.
Así como Carlo ya había estado casado, padre de dos retoños, también Mariánn Barrena McClay tenía otra experiencia matrimonial, con un millonario empresario minero, cuyo apellido lo llevaba incorporado ella. Tenía una hija de esa primera unión, Chloe.
Los Ancelotti forman una piña familiar, Los descendientes de Carlo tienen una vida estable, Katia dedicada en Liverpool a empresas de comunicación, casada y con hijos, y Davide, continuador de la profesión de su padre, que es su más cercano colaborador en el banquillo del once madridista. Donde en cada encuentro, el laureado entrenador no deja de masticar chicle, desde que dejó de fumar, apoyado por Mariann. Ella huye de los focos, de la popularidad de su marido, es quien más lo apoya cuando las cosas le van mal, o comparte las tardes de triunfo, pero en casa, no ante las cámaras de televisión ni de la de los reporteros gráficos. Él la ha definido así: "Una mujer inteligente, que me comprende, tan tranquila como yo".