
Rappel es un curioso personaje de la vida española, no sólo por la condición de vidente que ejerce, permitiéndole llevar una confortable existencia. Su biografía, si es verdaderamente cierta como anticipaba recientemente en Canal Sur, entrevistado por Bertín Osborne, reúne sorprendentes capítulos, que figuran en su libro de recuerdos de próxima aparición. Los mismos que le servirán para un documental en el que está muy interesado para filmar quien fuera el último compañero sentimental de Raffaella Carrá, Sergio Japino, con quienes le unió una gran amistad. Infinidad de chismes, confidencias de gentes de la vida social y el espectáculo, guarda en su privilegiada memoria este Rappel, quien goza de una extraordinaria popularidad. Y todo ¿por qué?
Ser vidente implica que unos acudan a sus consultas de tarot u otras cartas de la baraja, y a una variada suerte de pruebas, convencidos de que se enterarán, acaso, de lo que les depara el futuro, o bien los que no creen en esas prácticas nada científicas, propias de cantamañanas y charlatanes. No soy de los que tragan con esas supuestas visiones y se autotitulan "médiums del más allá". Mi única experiencia fue cuando acudí a una entrevista en un programa radiofónico, coincidí con una vidente quien, al despedirnos a las puertas de la emisora en el madrileño paseo de Rosales, me advirtió: "¡Ten cuidado en el fin de semana!". Eran días navideños. La Nochevieja la pasé ingresado en urgencias en el hospital de la Princesa.
Antes de que Rappel se convirtiera en vidente gracias a una bruja, vendedora de pipas, que lo aleccionó siendo muy joven en esas prácticas adivinatorias, fue sastre. Se llama en realidad Rafael Francisco Payá Pinilla y nació en Madrid el 20 de agosto de 1945. Tiene, por tanto, setenta y nueve años, que los lleva muy bien, sin aparentar signos de vejez: mente clara, conversación fluida, amena, dominio de recuerdos de un pasado lejano y un aspecto como de príncipe hindú en función de las vestimentas coloridas que luce, confeccionadas por el mismo, adornando su cabeza con una coleta.
Procede de una familia dedicada a la confección de ropa y venta de tejidos, también de artesanos de sombrerería, que se remonta a sus abuelos. El varón de ellos, y unos tíos, tenían una gran amistad con Cristóbal Balenciaga, el genio de la moda. A través de éste, el futuro Rappel pudo conocerlo en su taller y tienda de París y aprender el arte de la costura. Rafita, le llama aquel. Y en el largo tiempo que pasó a su vera pudo conocer a su selecta clientela. En una ocasión, Balenciaga le instó a que mirara por un resquicio de uno de sus vestidores, tras las cortinas, a la mujer que se había desvestido para que le tomara medidas el maestro. Aquella dama estaba prácticamente desnuda y lo que vio Rafael Payá, Rafita, fue un cuerpo escultural: el de Ava Gardner casi en pelotas. Llevaba un minúsculo tanga y un breve sostén. Prendas ambas transparentes. Rappel recuerda que se quedó pasmado; flipando, se diría hoy.
El currículo de Rafael Payá indica que aprovechó también su prolongada estancia en la capital francesa para estudiar en la Universidad de la Sorbona y obtener el título de francés. Ni ponemos ni quitamos: es lo que sostiene nuestro singular personaje al que yo, incrédulo, sigo sin creerle algunas de sus habilidades y recuerdos. Si no es así, mea culpa.
Terminada la guerra civil la economía de sus antepasados estaba por los suelos: su negocio en Barcelona había sido destruido, arrasado su negocio de pieles y tejidos. Balenciaga los ayudó a superar aquel desaguisado, regalándoles un camión entero de ropas. Y en la tienda que la familia de Rappel montó en la madrileña calle de Ayala, es donde el joven fue curtiéndose en el negocio, hasta convertirse en un avezado sastre y conocedor sobre todo de las creaciones femeninas. Gran parte de la clientela respondía a una elevada clase social. Señoras de alto copete a las que el futuro vidente prodigó sus conocimientos sartoriales.
Hasta que llegó un día que descubrió sus poderes como vidente. Contaba que de chico había conocido a una pipera, que resultó ser, como decíamos al principio, una bruja secreta. Y con ella, mientras gozaba de su juventud, fue practicando entre sus familiares, amigos y luego la clientela de la tienda. El estudio de las cartas fue fundamental en el inicial aprendizaje de quien ya dejó de ser llamado Rafael Payá Pinilla y uniendo las primeras letras de su apelativo y apellidos pasó a ser para siempre Rappel.
En adelante, sin que podamos aplicar con rigor la cronología, fue alternando su trabajo en la tienda de tejidos y modas con las sesiones de cartomancia que aplicaba a su clientela mayormente femenina. Llegó a tener de ella a nombres que se nos antojan sorprendentes, desde el premio Nóbel Severo Ochoa a la líder comunista Dolores Ibárruri "La Pasionaria". ¿Creen nuestros lectores que esta última iba a invertir su tiempo, ya anciana cuando regresó del exilio, dejándose echar las cartas? ¿O bien un científico riguroso como era el citado investigador asturiano, podría estar interesado en si le iba a tocar un naipe determinado que le anticiparía su futuro? Es posible que Tita Cervera fuera a donde Rappel tenía montado su chiringuito. Contaba éste que quien era asidua a sus citas adivinatorias para saber su mañana era la marquesa madre de Fabiola de Mora y Aragón. De aquella revelaba ser muy tacaña y controlaba el poco dinero que le daba a su hija, futura reina de Bélgica.
En el más elevado listado de clientes, según Rappel, aseguraba que se encontraban el Jefe del Estado y su ilustrísima esposa, la Señora. Escuchándole decir eso ya caemos en un éxtasis del vidente madrileño, haciéndonos creer que iba al palacio de El Pardo, instado por ellos, a que les leyera el porvenir. ¿Podemos aceptar que don Francisco Franco Bahamonde se encontrara ávido de interés por conocer su futuro a través del manejo de naipes que le mostraba el ciudadano Rafael Payá Pinilla, alias Rappel? Pues él así lo asegura. Como no puede exhibir documento gráfico alguno que pueda demostrarlo hemos de creer a nuestro amigo vidente, aunque persistan muchas dudas al respecto.
Y llegamos ya a la época en la que fue apareciendo en las televisiones y emisoras de radio y las revistas del corazón. Rappel estaba hasta en la sopa. Ganando dinero a espuertas en su consulta. Lo recordarán muchos de ustedes en el programa "Tómbola" o en tiempos más cercanos asiduo en los llamados "realitys": "La Granja", "Gran Hermano Vip 4" y "Maestros de Costura". Y no digamos invitado especial a fiestas donde no iban famosetes de tres al cuarto, cuñados, primos o adosados de gente habitual en los programas basura de la "tele", sino a cumpleaños de personajes difíciles de acceder a sus moradas, caso de Kashoggi, el multimillonario traficante de armas entre otras actividades, quien tuvo a Rappel entre los afortunados por rendirle pleitesía. Y éste le contaba a un Bertín alucinado que, llegado el momento de partir una monumental tarta accedió a un trozo del pastel, dentro del cuál (como también fueron agraciados todos los del convite) encontró un maravilloso rubí.
Entre tantas amistades de la farándula, donde incontables confidencias retiene en su memoria que de publicarse llevarían a más de uno a la cárcel o vayan ustedes a saber, quizás a que él mismo acabase en el cementerio de la Almudena, se contaba Raffaella Carrá: lo invitó a pasar una semana en su maravillosa mansión y se tiró allí un par de años. Lo tenía de colaborador en su programa de televisión diario, a las dos de la tarde, donde nuestro compatriota se hizo muy popular en toda Italia, mérito por sus predicciones. Y aquí, sin enterarnos.
Cumplido nuestro objetivo de retratar, siquiera superficialmente, al ínclito Rappel, desde sus tiempos, años 70 y 80 como relaciones públicas de la sala de fiestas madrileña Florida Park, nos queda un apunte sobre su reservada vida privada. Estuvo casado con Luisa Chaverri, quien compartió con él sus años de sastre, cuando aún quizás llevaba traje y corbata y no los vestidos "friki" posteriores. Admitamos que formaban una pareja tradicional, matrimonio que tuvo tres hijos y perdieron uno, víctima de derrame cerebral. Entonces el cuitado aún no era del conocimiento de la gente, al margen sí de la clientela que pasaba por su tienda del madrileño barrio de Salamanca. Todo ello acabó un día en el que Rappel recibió en su consulta a un caballero más joven que él, quien entre otras cosas le dijo estar un tanto confundido con su vida sexual, a punto de comprometerse con su novia para el casorio. Lo atendió muy atento Rappel, le instó a que volviera más a su despacho y al cabo de cierto tiempo, ese cliente dejó de pensar en su novia, se olvidó de la boda y acabó en los brazos de Rappel, que lo retuvo en seguida como su amante. Ni que decir que cuando, sincero como pretende siempre hacemos creer, le contó lo sucedido a su esposa, doña Luisa, una vez sabedora o tal vez ya se lo había olido, se convenció de que su dilecto esposo era gay. Quedaron amigos, según confesaba él. Sus hijos no se lo tomaron tan bien, parece ser.
Desde hace treinta y seis años Rappel continúa viviendo con José María (desconocemos su identidad completa), del que ha dicho repetidas veces: "Es el gran amor de mi vida". Van juntos a fiestas, pero no abundan las fotografías de los dos juntos. Hemos visto una y el susodicho José María aparece vestido al modo clásico, de porte elegante. No parece sea proclive a lucir las túnicas de su amante vidente. Lo que es algo irrelevante, siendo lo importante que se quieran. La suerte de Rappel es que siguiendo sus vivencias sabrá si su compañero de cama le es fiel siempre, algo de lo que la mayoría de los humanos no podemos estar seguros en ocasiones en ese trance, a no ser que contratemos a un detective.
Escrito lo dicho, me considero admirador y amigo de Rappel. Es toda una figura.