
La actriz norteamericana Brooke Shields, nacida hace cincuenta y nueve años en Manhattan, Nueva York, que se dio a conocer en 1980 como la dulce y romántica protagonista de "El lago azul", acaba de publicar muy recientemente su quinto libro, unas memorias tituladas "Brooke Shields Is Not Allowed to Get Old" (A Brooke Shields no se le permite envejecer) donde da buena cuenta de su vida. El argumento principal que sostiene es el de que no se siente una mujer mayor, aunque haya gente que pueda considerarla vieja. Tiene su biografía capítulos sobre sus amores, también circunstancias dramáticas cuando un cirujano puso en peligro su fertilidad. Hemos averiguado sin haber leído el citado volumen que está relacionada por sus antepasados con nuestro Rey.
Ese parentesco, que muy probablemente sea desconocido en España, parte del progenitor de la actriz, relacionado con la principesca familia Torlonia, y en concreto de Beatriz de Borbón, una de las hijas de Alfonso XIII, lo que supone que Brooke es sobrina nieta de dicha infanta. Y también, siguiendo el hilo dinástico, es prima segunda de Alessandro Lecquio. A consecuencia de ello, también emparentada, aunque algo lejana, con Felipe VI.
Brooke Shields, procedente por lo contado de una aristocrática familia, tiene antepasados que se remontan nada menos que a los antiguos colonos que empezaron a habitar el estado norteamericano de Virginia. Su padre era empresario y la madre actriz, vinculada a dos excelentes actrices, Meryl Streep y Glenn Close. Tery Shields, la autora de sus días, tal vez porque su carrera en los escenarios no fue fructífera, trató de que su hija alcanzara el puesto que aquella nunca consiguió, así es que cuando la pequeña sólo contaba un año, la llevó a un cásting donde la contrataron para un anuncio. Y a los doce años debutó en la pantalla con un personaje francamente detestable dada esa edad: el de prostituta. Esa cinta llevaba por título original "Pretty baby" (La pequeña), dirigida por Louis Malle. Dos años después es cuando Brooke Shields alcanzó el gran éxito de "El lago azul", que la convirtió en una estrella de resonancia mundial.
Brooke ha contado que su madre era su mánager, iban juntas allí donde ella actuaba. Hasta ahí, muy bien. Lo malo es que la señora Shields era aficionada a beber a todas horas, y cayó en el alcoholismo. El sufrimiento de Brooke puede suponerse.
Hay que adjudicarle una predisposición especial para continuar su carrera. Además, demostró a sus dieciséis años un talento también para escribir, y así, publicó el primero de los que luego, hasta el presente, serían cinco los libros que surgieron de su caletre. Aquellas insólitas memorias, cuando estrenaba juventud, llevaron por título "On my Own". Con indisimulada ternura expresó que "deseaba llegar pura al matrimonio", llevada por un pensamiento un tanto infantil. Los ejecutivos de la editorial tomaron buena nota y en el contrato hicieron constar una cláusula: si ella mantenía, año por año, esa promesa, tendría derecho a recibir una sustanciosa cantidad de dinero. Imposible resultó saber cuándo, dónde y con quien perdió la virginidad. Hasta que, muchos años más tarde, en uno de sus arrebatos declaró en la revista "Healt" que fue el año 2009 cuando eso sucedió, a la edad de veintidós años. Aportó esta confesión, además: "Me arrepiento de no haberlo hecho antes".

Conseguir el nombre de quien la desvirgó ya se excede de nuestras investigaciones periodísticas. Sólo sabemos que antes de que tal cosa ocurriera, Brooke salía en 1981 con el renombrado actor Matt Dillon; también por entonces con John Travolta, luego en 1983 con Michael Jackson, quien no creemos mantuviera con ella nada aproximado a lo que se entiende por relaciones íntimas. Pero cierto es que fueron muy amigos y a la muerte del genial ídolo del pop, la actriz lloró amargamente y leyó en las honras fúnebres un escrito en su memoria. Llegado 1985 a Brooke Shields le endosaron en la prensa rosa un idilio con el príncipe Alberto de Mónaco, que no pasó de que bailaran muy juntitos una pieza en una de las fiestas del Sporting Club de Montecarlo. Rumores parecidos circularon en Nueva York cuando la vieron con el hijo de John F. Kennedy y Jacqueline, efímera amistad sin visos de mayor proyección sentimental. En 1989 sí que tuvo más verosimilitud el idilio que mantuvo con el seductor Dodi Alfayed, quien poco después encontraría la muerte en París con su prometida lady Di. En el año 1992 Brooke vivía muy feliz con Julián Lennon, hijo del asesinado componente de los Beatles, con el que convivió hasta 1996. Ya en 1993 las revistas del corazón publicaron en medio mundo sus primeros encuentros con el tenista André Agassi, con quien se casaría en 1997. La vida de ambos no era precisamente la más adecuada para mantener estable un hogar: ella vivía en Los Ángeles, pendiente de sus contratos en Hollywood, mientras el as de la raqueta residía en Las Vegas, no sabemos por qué. No es que les separaran demasiados kilómetros, pero el caso es que aquel matrimonio duró apenas un par de años. Fue Agassi quien le pidió el divorcio: se había colado por una colega, Steffi Graf, con la que se casó en 2001.
Quería ser madre. Pero le costó serlo. Un cirujano contribuyó desgraciadamente a sus deseos de fertilidad, a causa de una intervención. Acudió a la consulta del galeno, a quien le hizo partícipe de sus deseos, a someterse a una vaginoplastia. Pero sin advertirle él de cuanto iba a realizar procedió a otro tratamiento, del que sólo le comentó que le beneficiaría sexualmente, reduciendo las paredes de la vagina. El resultado fue muy doloroso para la paciente, ya irreversible. Vino a ser una especie de violación, si tenemos en cuenta lo que ella ha confesado en su último libro de memorias: "Me sentí despojada de mis derechos a decidir sobre mi propio cuerpo. Nunca di mi aprobación para cuanto ese médico me realizó y que yo no necesitaba". Fue una biopsia agresiva.
Si en su primer matrimonio con Agassi no se quedó embarazada, sí lo fue en su segunda boda con el productor y guionista Chris Henchy en 2001. Sufrió lo indecible en su primer parto, probablemente por aquella intervención quirúrgica que hemos contado. Había padecido un aborto: insistió en que quería tener un hijo. El equipo ginecológico que la atendió hubo de implantarle un embrión tras una fertilización in vitro a través del ombligo. Lo que tuvo fue una hija, Rowan, que nació hace ahora veinte años. Padeció una depresión post parto tan dolorosa que estuvo a punto de suicidarse. Y después, fue madre de otra niña, Grier, ahora con diecisiete. Hace alrededor de dos años la primogénita se independizó y dejó la casa familiar. Y hace pocas semanas, terminando el año, también se marchó la menor. La ausencia de sus dos hijas ha dejado a Brooke Shields muy triste. Ley de vida, han coincidido la mayoría de quienes se han dirigido a ella a través de las redes sociales.
En 2023, mientras ensayaba una obra teatral, tuvo un ataque epiléptico. Con rapidez, su compañero en la función Bradley Cooper la llevó a un hospital, asiéndole por el camino sus manos para tranquilizarla. Los médicos certificaron que la causa fue una falta de sodio en su organismo.
Cuanto le ha sucedido en su salud y el paso de los años ha llevado a la actriz a una confesión en ese libro de memorias donde se extiende en una serie de consideraciones acerca de algo que preocupa sobre todo a las mujeres y más si dependen de su físico como es el caso de las actrices. El inevitable descenso en la belleza, la pérdida de atractivo y de facultades. Comenta que cuando se cruza en la calle con gente desconocida observa que la miran con cierta extrañeza, como si compararan lo guapa que era antes en sus películas y lo que ha perdido en la actualidad. "Es como si me trataran, sin conocerme, de mujer mayor, que no lo soy o no me considero así y no me parece bien que me juzguen llamándome vieja". Le obsesiona a Brooke, en una palabra, lo que piensen de ella ahora, a sus cincuenta y nueve años.
Haciendo recuento de su vida Brooke Shields fue explotada comercialmente por quiénes se lucraron de ella en sus primeros trabajos artísticos, comenzando por su madre alcoholizada, que firmaba los contratos al ser menor de edad. Consintiendo que un fotógrafo llamado Garry Gross la retratara desnuda cuando era una chiquilla con sólo diez años. Ha rodado cuarenta y cinco películas. Desde luego, después de aquel exitazo en sus comienzos con "El lago azul", no volvió a repetirlo y su repertorio no podemos considerarlo precisamente digno de una actriz respetable. Ocurre no obstante una cosa con ella y quizás con otras actrices: a pesar de llegar a una edad madura sin un currículo sobresaliente, todavía su nombre, su rostro, su figura, salen a colación cuando aparece fotografiada en las revistas o en reportajes de televisión si asiste a una entrega de premios. Teniendo en cuenta que sigue en activo, nada podemos reprocharle sobre que no sea trabajadora. Su última película, del pasado año, se titula "La madre de la novia".