Ana Obregón fue detenida cuando vivía en Los Ángeles al ser confundida con una prostituta
Dos guardias que parecían dos armarios se bajaron de su vehículo oficial y en cuestión de segundos la esposaron.
La reciente noticia publicada por el New York Times asociando a Ana Obregón con Jeffrey Epstein ha puesto en circulación el nombre de la actriz madrileña, de la que hacía tiempo nada se sabía, salvo cuando tuvo a su nieta-hija y ¡Hola! iba publicando reportajes sobre la madre y la pequeña.
Ana ha llevado años atrás una vida muy activa, sobre todo en su etapa americana, allá por la segunda mitad de los años 70 del pasado siglo cuando nuestra compatriota se encontraba en Los Ángeles, empeñada en convertirse en actriz en el siempre difícil mundillo de Hollywood.
Contaba la propia Ana que tuvo que someterse a numerosos castings, pruebas en los estudios cinematográficos, para ver si la contrataban para algún papelito en el cine. En principio, la habían propuesto para un personaje en la película Rain Man, que nuestros avezados lectores cinéfilos identificarán enseguida como protagonizada nada menos que por Dustin Hoffman.
Había conseguido Ana tener una representante, quien le participó que el papelito que iban a encomendarle era el de una prostituta, para lo cual la aconsejó presentarse vestida acorde con las características de una ramera. La cita era a las diez de la mañana en los estudios de Sunset Boulevard.
Ana llegó con media hora de retraso. Ataviada con una llamativa minifalda, una camiseta pegada a su escultural cuerpo y unos tacones elevadísimos. Cuanto tenía que largar ante unas cámaras lo hizo con su mejor ánimo, al punto de que abandonó el lugar convencida de que la iban a elegir.
Pero Ana recibió a la mañana siguiente la llamada telefónica de su mánager, produciéndole un terrible desencanto: "Dicen los de la productora: primero, que eres impuntual; y segundo, que como prostituta dabas la impresión de ser demasiado sofisticada".
El jarro de agua fría no le impidió decirle que de sofisticada, nada de nada, que la pinta de prostituta era increíble, rogándole a su representante que le consiguiera otra cita. Como así resultó.
Para dar mejor impresión, llegó a los estudios con una hora de adelanto. Segura de sí misma de haberse puesto la ropa requerida para su personaje: minifalda con cinturón, top que dejaba al aire cada medio pecho, una horrible peluca rubia con flequillo, botas rojas alzadas hasta sus muslos y unas uñas rojas larguísimas que daban el cante.
Resulta que, como había llegado prontísimo, el estudio aún no había franqueado la entrada. En vez de quedarse a las puertas Ana Obregón tuvo la mala ocurrencia de dar un paseo por el concurrido Sunset Boulevard. Tenía una hora por delante, así que, sin prisa, se puso a caminar alegremente. En apenas unos minutos un coche se situó a la altura de Ana. El conductor bajó una de las ventanillas y le gritó: "¿Cuánto, nena?". La cara de Ana enrojeció al punto, pero en vez de mandarle a hacer puñetas, sonrió porque, para sus adentros, la habían tomado por una prostituta: justo lo que le pedían los de la película. Aun así, le respondió al del coche: "Se ha equivocado, amigo".
Dos automóviles más adelante se detuvieron interesados en saber qué pedía para llevarla al catre. Hizo lo mismo que antes. Miró su reloj: faltaba aún media hora para el casting. Continuó su marcha por Sunset Boulevard hasta que se dio media vuelta, rumbo a los estudios cinematográficos, sin percibir que otro coche venía siguiéndola. Esta vez no era de unos peticionarios de sexo, sino de la policía.
Dos guardias que parecían dos armarios se bajaron de su vehículo oficial y en cuestión de segundos la esposaron. Ana no comprendía nada pero estaba claro que la habían confundido con lo que no era, aunque su apariencia sí que lo atestiguaba.
"Nena, aquí no puedes ejercer". De prostituta, claro, le dio a entender uno de los policías. A lo que replicó ella: "¡Pero si yo no soy una cualquiera, soy actriz!". "Sí, sí, eso es lo que dicen todas". Y la empujaron sin miramientos al fondo del coche policial.
Durante el trayecto, Ana juró y perjuró en arameo, gritando todo lo que pudo. En vano. La llevaron directamente a la comisaría más cercana y Ana solo pudo obtener como derecho el de hacer una llamada telefónica; lo hizo a su representante artística. Y, rabiosa, clamó: "¡Sácame de aquí, que me han detenido por buscona, estoy en la comisaría de Beverly Hills!"
Ana salió a la calle. Estaba libre. ¿Cómo contar aquello? ¿Qué diría su familia? ¿Y Miguel Bosé, Robert de Niro, sus medio novios? Llegó hecha un basilisco al estudio. Pasó la prueba. Esperó ansiosa la respuesta.
No le dieron el papel.
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