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Itxu Díaz

Aquello del amor

Sale el sol, los pájaros empiezan a cantar, la serotonina y la dopamina se disparan, y de repente anhelamos todo lo que no queríamos en otoño.

Una pareja en la playa. | Pixabay/CC/summerstock

El amor es tan inconveniente como que un ex aparezca en tu puerta en medio de la noche. Nunca llega cuando quieres y nunca se va cuando debería, es decir, cuando empieza la primavera, que es cuando preferirías estar soltera y no tener a un tipo musculoso y con cara de búfalo enjaulado siguiéndote por la casa, sudando con sus pesas y preguntándote si quieres jugar Fortnite con él mientras estás viendo una serie.

Sale el sol, los pájaros empiezan a cantar, la serotonina y la dopamina se disparan, y de repente anhelamos todo lo que no queríamos en otoño, incluyendo ligar y comer ensaladas frías. Con el cálido sol de primavera llega mi época favorita del año como cronista de la vida social y las costumbres: la temporada del amor.

La mayoría de las aves han comenzado sus rituales de apareamiento. Las palomas hacen tanto ruido que es imposible saber si están apareándose o discutiendo sobre si es más sinvergücenza Pedro Sánchez o José Luis Rodríguez Zapatero, mientras que las gaviotas se reproducen tras realizar acrobacias complejas en las que el macho tiene que mantener el equilibrio sobre el lomo de la hembra. Para hacerlo más emocionante, a menudo lo hacen en la azotea de un edificio de treinta o cuarenta pisos, lo que supongo que explica por qué tantos polluelos de gaviota nacen huérfanos de padre. La naturaleza es sabia, sí, pero las gaviotas macho no.

Ahora es el momento en que las calles se llenan de bellezas que alardean de su soltería, lo que a veces nos lleva a los chicos a pavonearnos como palomas intentando impresionarlas. Los chicos caminan erguidos, flexionando sus músculos de gimnasio bajo la camisa, mientras las chicas pasan, comprobando si alguno de esos abdominales prominentes está cerca de un cerebro. Por lo general, no lo están.

Un estudio de David McCandless sobre redes sociales reveló un repunte en las nuevas relaciones entre abril y mayo. No necesitaba un estudio para darme cuenta. Esto confirma mi teoría, como sociólogo, de que la sociología es la ciencia más prescindible. Me sale el corporativismo por los poros.

Mientras tanto, Randy Thornhill y Steven W. Gangestad descubrieron que la primavera trae consigo un aumento en las señales de apareamiento humano, similar a lo que ocurre en otras especies. Confirmaron que nuestra capacidad para emparejarnos no es estática, sino que está condicionada por el contexto biológico y ambiental. Por eso es más fácil enamorarse en una discoteca después de quince copas que en la sala de espera de un urólogo.

Dicen que quienes llegan a la primavera solteros la disfrutan más que quienes tienen pareja. Mi teoría, sin embargo, es que los solteros la disfrutan más que quienes tienen una mala relación. Es difícil decirlo. Imagina que sales con un idiota, digamos, alguien que volvería a votar a Pedro Sánchez caiga quien caiga o un caso así. Llega abril, las calles se llenan de gente guapísima y tú sigues arrastrando los pies por la vida con el tipo equivocado. Es el momento perfecto para dejarlo, pero romper siempre es un engorro.

El otro día, una amiga mía dejó a su novio después de tres meses. Sin saber cómo terminar la relación, le pidió a una IA que le escribiera un guion de ruptura. El resultado fue elegir entre tres opciones (lo que demuestra que el encuentro más cercano de ChatGPT con una relación fue cuando un Tesla le guiñó un ojo con su faro): "Me voy... como un buen filtro de Instagram: para siempre", "Quiero a alguien que me mire como yo miro las patatas fritas, tú me miras como si fuera una ensalada" o "Nuestro amor fue como un eclipse... hermoso pero breve, y mejor no mirarlo directamente".

Ella terminó rompiendo con él por WhatsApp con este mensaje: "Creo que soy alérgica a tu signo del zodiaco". Le salió el tiro por la culata. Él respondió: "Ambos somos Sagitario", y se enfrascaron en una discusión interminable porque, seamos sinceros, un hombre nunca, jamás, capta las indirectas de una mujer. Él pensó que la solución era darle antihistamínicos en lugar de irse.

Ese es otro rasgo clásico masculino: un hombre siempre está dispuesto a solucionar un problema, mientras que una mujer solo quiere describirlo infinitamente; solucionarlo le parece una grosería. Los chicos no nos enteramos de nada. Podrías agarrar al chico que te gusta por las orejas, besarle suavemente la mejilla y susurrarle: "Invítame a una cena romántica", y después de todo eso, pensaría que solo tienes hambre y pediría una hamburguesa para llevar. Quizá por eso, con su habitual sabiduría, Dave Barry aconsejó a las chicas: "Nunca des por sentado que el chico entiende que tú y él tenéis una relación".

En resumen, es la temporada del amor, y mi consejo es que no recurras a Cupido en busca de ayuda, uno de los dioses mitológicos más ineficaces y cansinos que existen. Si buscas un verdadero santo del amor, habla con San Pablo. Piénsalo: Cupido tocaba el arpa y lanzaba flechas con forma de corazón. San Pablo se cayó de un caballo y casi se fractura el cráneo, y, como resultado, tú y yo somos cristianos a pesar de estar a sabe Dios cuántos cientos o miles de kilómetros de distancia. Estoy convencido de que tenía en mente el amor romántico cuando dijo: "Soportad conmigo las dificultades, como buenos soldados de Cristo".

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