
Con permiso. Año 2013. Cierro mi etapa en Intereconomía y aterrizo en la dirección del entonces jovencísimo The Objective; el diario se había lanzado unos meses atrás. Como la sección de Opinión era uno de los platos fuertes, incorporo a un puñado de columnistas de todas las sensibilidades políticas, como dicen los cursis, y mantengo a muchos de los que ya estaban. Uno de ellos, una de las firmas estrella, horas después de publicarse en los confidenciales mi nombramiento como director, se planta en la redacción, entonces en la plaza de Santa Ana, y monta un cirio colosal, con gritos y gruesas palabras, pidiendo que me destituyan el mismo día de mi llegada. Habría sido gracioso. No es que me esperase un recibimiento al estilo Bienvenido, Mister Marshall, pero tampoco tumultos, barricadas, y rehenes en la redacción. Madrid es una maldita jungla.
El hombre era un conocido preboste del progresismo mediático, tal vez un poco maltratado por los años y los rencores. Omito su nombre porque no es lo fundamental, y porque además falleció hace pocos años; descanse en paz. Entre gritos y calentones, el tipo exigía que se anulase mi fichaje, porque él no podía compartir periódico con "un fascista" –creo que se refería a mí- procedente de una "cadena de ultraderecha" –intuyo que eso iba por Intereconomía-. Yo no estaba presente, pero según los testigos, ante la indiferencia que levantaron sus alaridos en la redacción, planteó un indignado ultimátum: "O Itxu Díaz o yo". Exactamente así se escribe la historia de la izquierda española.
Cuando me lo contaron me quedé asombrado porque nunca había tenido interacción con él, ni siquiera recuerdo haberlo mencionado en tertulias o artículos, ni para bien ni para mal, y no tengo conciencia de haberle robado novia alguna. Y el odio de este buen hombre era rayano con el delirio y los espumarajos orejiles. Sea como sea, los dueños del diario lo mandaron al carajo y mantuvieron su apuesta por mí. Tampoco debió ser mala idea porque, dos años después, The Objective acumulaba un incremento de lectores de más del 400%, pero esa ya no es batallita para ustedes, sino turra para mis nietos.
Nunca había contado la anécdota, pero me ha venido a la mente al pensar en el listado de periodistas domesticados del caso Leire. Es difícil ejercer la profesión cuando tu principal ocupación es dejarte teledirigir por partidos políticos y, peor aún, por las ratas más cutres de sus cloacas. No lo he probado, pero debe ser frustrante levantarte cada mañana esperando a recibir instrucciones precisas sobre lo que debes pensar, decir y escribir. Por eso no juzgo el mal humor de mi columnista en llamas, yo en su lugar también iría por la vida con un kaláshnikov bajo el brazo, y deseando pegarle fuego a todo.
De alguna manera prefiero pensar que este tipo de inquina, tan habitual en la izquierda mediática –un apretado abrazo, Izquierdo-, tiene más que ver con intereses económicos -"llenar la nevera"- que con verdadera aversión ideológica; aparte de que luego he sabido que este hombre tenía a su propio candidato progre para la dirección de The Objective y a la vista está que no le salió bien la jugada. Con todo, a día de hoy, viendo lo de las cloacas del PSOE de Sánchez, me consuela pensar que estas cosas no son nada personal, solo negocios.
En la profesión periodística es casi inevitable tener contacto con políticos, que a menudo son, tampoco nos pongamos estupendos, fuente habitual de informaciones, exclusivas, y otros hilos de los que tirar, si sabes separar la información de la intención del filtrador. El gran P. J. O’Rourke se compró una granja del siglo XVII en Nuevo Hampshire, y se mudó allí, con el propósito de dedicar los últimos años de su vida a escribir sobre lo que ocurre en Washington, pero estando lo más lejos posible de sus actores. Conocía los peligros, por eso escribió: "Rara vez me encuentro con un político que no me caiga bien personalmente. Suelen estar muy dotados de encanto. Ahí reside el peligro"; advertencia que, por otra parte, con otras palabras, también le hemos escuchado a Federico.
Con todo, hay un abismo entre tener trato con ciertos políticos, y que cualquiera en una sucia cloaca socialista pueda sacar a pasear tu nombre con toda familiaridad, como uno de los 61 canarios enjaulados en los sótanos de Ferraz, esperando ansioso tu ración de alpiste a cambio de algunas maldiciones bajo tu firma.
