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Katy Mikhailova

Vacaciones de vacaciones

Septiembre nos devuelve a la rutina, pero también nos libera de una obligación agotadora: aprovechar cada minuto y demostrar que somos felices.

Una viajera con su maleta en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. | Europa Press

Septiembre debería empezar con una semana de cortesía. Un pequeño territorio neutral entre las vacaciones y la vida real en el que estuviera prohibido convocar reuniones, abrir Excel, empezar dietas y, sobre todo, utilizar la expresión "retomar temas".

Porque uno ya no vuelve descansado de vacaciones. Uno vuelve necesitando vacaciones de las vacaciones.

No sé exactamente cuándo ocurrió, pero, en algún momento, descansar dejó de consistir en no hacer nada y pasó a convertirse en una actividad de alto rendimiento.

Hoy irse de vacaciones exige más planificación que invadir Polonia. Hay que elegir destino, reservar hotel, encontrar mesa en el restaurante en el que supuestamente hay que estar, conseguir tumbona, alquilar coche, barco, moto y averiguar dónde se pone el sol.

Después está la maleta. La maleta contemporánea no se prepara para vestirse. Se prepara para las fotografías que todavía no existen. Este vestido para cenar. Este bikini para el barco. Este otro por si el yate tiene madera. Este sombrero para una cala. Estos tacones que objetivamente no deberían pisar jamás una cala.

Y nos vamos. Nos vamos a descansar con siete reservas, cuatro vuelos, tres cenas, dos excursiones y una lista de recomendaciones enviada por alguien que estuvo allí en 2022 y que comienza con una frase aterradora: "Te paso mis imprescindibles". Los imprescindibles.

Como si hubiera algo imprescindible en agosto aparte de agua, sombra y no recibir llamadas de Hacienda.

Luego hay que ser feliz. Esto es fundamental. Aparentarlo ser, al menos. No basta con estar de vacaciones. Hay que estar teniendo unas vacaciones maravillosas.

La felicidad estival tiene una particularidad bastante incómoda: necesita pruebas. Una copa delante del mar. Un pie en una piscina. Una mesa llena de pescado. Una fotografía desde atrás mirando el horizonte, porque, al parecer, el ser humano solo alcanza la plenitud espiritual cuando alguien le fotografíe sin que supuestamente se dé cuenta.

Mientras tanto, uno lleva cuarenta minutos eligiendo la foto.

Hay personas que regresan de Japón necesitando rehabilitación. Otras vuelven de Ibiza con el sistema nervioso de un controlador aéreo. Algunas han recorrido tres islas griegas, cinco beach clubs y nueve restaurantes en once días y aterrizan en Barajas diciendo que necesitan desconectar.

¿Desconectar de qué? De desconectar.

El problema es que hemos convertido también el descanso en una obligación productiva. Hay que aprovechar el verano. Aprovechar el viaje. Aprovechar el día. Aprovechar la noche. Aprovechar que estamos aquí. Aprovechar que hemos venido. Aprovechar que mañana nos vamos. Qué agotamiento eso de aprovecharlo todo.

Por eso septiembre tiene algo secretamente maravilloso. Madrid vuelve a llenarse. Regresan los atascos, los correos electrónicos, los gimnasios y esa criatura mitológica llamada "reunión de arranque". Vuelven también las agendas, los colegios, los despertadores y el ruido.

Pero desaparece una presión mucho más extraña. La obligación de estar pasándolo bien.

Ya nadie espera que septiembre sea inolvidable. Nadie necesita que un martes cualquiera tenga banda sonora. Puedes cenar una tortilla francesa sin fotografiarla. Y quedarte en casa. Puedes decir que estás cansado sin que alguien responda: "¿Pero no estabas de vacaciones?".

Por eso propongo institucionalizar las vacaciones de vacaciones. Cinco días entre agosto y septiembre sin ningún propósito.

Qué descanso, septiembre. Por fin podemos volver a estar cansados sin tener que fotografiarlo.

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