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Miembros, miembras, burkini y sin tetas no hay paraíso

El burkini es esa pieza de baño que me genera muchos sentimientos encontrados.

El burkini es esa pieza de baño que me genera muchos sentimientos encontrados.
Gimnasio femenino. | Pixabay

Este verano me he apuntado a un gimnasio de mujeres. Sólo de mujeres. No por nada en especial sino porque es el único en el Barrio de Salamanca que tiene una piscina con solarium. El sol aprieta, ya saben. Y a mi me gustan los lujos al sol.

No es un gimnasio (más bien club) especialmente barato. Me sorprende apreciar que haya mujeres practicando deporte con hiyab. Sí. Me sigue sorprendiendo, sobre todo porque ahí sólo hay mujeres y nadie les diría nada (nadie sería conocedor de su pequeño delito ideológico moral que ver senos al aire).

El edificio, que pertenece al club femenino, y cuya fachada está revestida de travertino, cuenta con una piscina cubierta y dos piscinas al aire libre con su zona de solarium, tumbona mediante: una en la última planta, desde la que se puede observar las azoteas de ese otro Madrid, y otra en la planta de abajo. En la azotea, planta 6, las mujeres hacemos top-less. Al menos 7 de cada 10 lo hacen. También se puede nadar así. Qué lío de plantas y números. Pero allí nos entendemos.

Por supuesto, las señoras del velo no aterrizan ahí ni por asomo. Ni en burkini. Imagino que no se atreven a subir a la azotea por el tema de los bikinis y la práctica del topless que debe de ser entendida como "actitud moralmente indecente". Y en la planta inferior me genera muchísima desolación verles sudar en la cinta cubiertas con un velo.

Esta reflexión de hoy sábado surge porque, además, esta semana, la alcaldesa de Ripoll (Girona), Silvia Orriols, ha pedido al gobierno que no permita el uso del burkini, ya que fomenta la discriminación. Una prenda para la piscina o la playa que nació allá por el 2003 por la diseñadora originaria del Líbano, aunque afincada en Australia, Aheda Zanetti. El burkini es esa pieza de baño que me genera muchos sentimientos encontrados. Está la que se lo tiene que poner si quiere nadar, y la que lo hace por convicción religiosa y moral. Pena y decepción a partes iguales. Por un lado te apiadas y tratas de empatizar, y por otro te preguntas porqué no se adaptan al país que visitan.

¡Qué suerte tenemos en poder ir en tanga por la vida, hipersexualizadas por Occidente y disfrazadas de Barbie!

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En mi club, las más jóvenes son, curiosamente, las más reacias a prescindir de la parte superior del bañador. Debe de haber aún un sentimiento de inocencia a la par que vergüenza. Conforme va subiendo la media de edad, una se hace la pregunta de "¿y para qué quiero yo tener esas "marcas blancas" del bikini?", y la respuesta está servida. Creo que con la edad la vergüenza se va evaporando.

Entre mujeres, ahí en concreto, se gesta una extraña sororidad ajena a tintes políticos. Una entrena más a gusto, porque no hay olor a testosterona. (Cojan, mi artículo, con pinzas e ironía, por favor). Una nada más cómoda: quien dice nadar, también dice flotar. A menos tela, más libertad.

Todas las miembras del club, sin miembros, que sepamos, tienen su pulsera de color rosa (sí, mi club también predijo la fiebre rosa), para acceder al edificio y a tantos armarios como quieran. Está la que lee su libro en la piscina sin moverse de una esquina del agua, la que fuma en su tumbona, la adicta al móvil aún con el sol quemando la pantalla, las que van de dos en dos, de tres en tres, la vigoréxica, la gordita feliz y la que se duerme cual lagartija. La que tiene adicción a estar morena (creo que tiene un nombre esto) y la que siente pánico por quemarse (que, por cierto, no hay rastro de sombrilla). También la que disfruta recordando que una debe pasar por la ducha antes del baño como si esas ‘duchas-gato’ sirvieran de algo.

No es una cuestión de género sino de actitud. Por poco me ha salido la clasificación de "Coños" de Juan Manuel de Prada, libro descatalogado, por cierto, y nada políticamente correcto para los tiempos que corren. También su precursor, Ramón Gómez de la Serna, que firmó "Senos".

Después nos duchamos aisladas. Y es que las duchas son individuales y no hace falta deleitarse al ver cómo se enjabona la vecina. Toalla y albornoz, al peso, y sin coste extraordinario. Hay un clima de paz, silencio y, como dicen los modernos, "buen rollo". Me imagino que esta odisea acabará cuando aparezca un hombre asegurando que se siente mujer, dispuesto a pagar 170 euros al mes para poder perderse por unas horas en el auténtico paraíso del Barrio de Salamanca, y, por tanto, con un derecho legal a poder acceder y ser registrado como "una miembra" más. Pero esperamos que eso no ocurra nunca…

En Chic

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