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Katy Mikhailova

Igartiburu, ¡cuánta falta nos hiciste anoche!

¿A quién le importa lo que dice Pedroche? Seguramente ni a ella misma. Llenaría huecos de silencio con un discurso vacío e innecesario a esas horas.

¿A quién le importa lo que dice Pedroche? Seguramente ni a ella misma. Llenaría huecos de silencio con un discurso vacío e innecesario a esas horas.
Cristina Pedroche | Redes sociales

Hemos institucionalizado de tal manera el disfraz de Cristina Pedroche que el parámetro de elegancia lo dictamina su propia historia. Es decir: si comparamos el conjunto de las campanadas de anoche de la vallecana con las anteriores, hasta podríamos decir que era bonito. Sí. Visto desde esa perspectiva y este contexto. Con tiempo de por medio y unos cuantos para elegir. Si nos limitamos a la "burbuja Pedroche-Campanadas" y valoramos los 10 que ha lucido, quizás este sea el "menos feo" de todos. Y el menos grotesco. Aunque esto no deja de ser igual que el fenómeno de un "mal estudiante" que sólo saca ceros, y un día obtiene un 4 sobre 10. Celebramos el 4 como una victoria.

Por supuesto el mensaje es muy importante en tiempos en los que el agujero de la capa de ozono ha sido sustituido por la ‘Agenda 2030’. Francamente ayer, a horas de que el reloj marcara las doce, el debate era si Pedroche iba a hacer apología del "no a la guerra" y en especial a favor de Palestina, o si el tema verde iba a ser el ganador. Lo que está claro es que su atuendo iba a ser una oda al cambio climático, porque, por mucho frío que haga en la Puerta de Sol, sin carne no hay paraíso. Esto es así desde tiempo inmemorial.

No era difícil adivinar que el medioambiente se coronaría como el leitmotiv, junto a Greenpeace. La pregunta que todos nos hacemos es qué aporta al planeta el disfraz de Pedroche, pues dudo mucho que los españoles enciendan Antena 3 para concienciarnos sobre el reciclaje, los océanos y demás cuestiones tan relevantes como inoportunas para una cena familiar. Dudo siquiera que alguien la escuche, en medio del jolgorio y la celebración, las risas, los bailes y las conversaciones con familiares y amigos (y el cuñado eterno). ¿A quién le importa lo que dice Pedroche? Seguramente ni a ella misma. Llenaría huecos de silencio con un discurso vacío e innecesario a esas horas.

Es increíble que los españoles hayamos alimentado semejante espectáculo del que se podría prescindir sin ningún problema. Y es curioso cómo la sensualidad cobra diferentes matices según quien la presume.

Y aquí planteo otro debate existencial. En qué momento la sensualidad trasciende la estética y se convierte en vulgar. ¿Cómo es posible que dos mujeres mostrando su cuerpo aparenten de manera diferente? Y matizo: ¿cómo es posible que Ana Mena, enseñando casi lo mismo que otros años Cristina Pedroche, sea infinitamente más elegante que la vallecana? Anoche la cantante malagueña, enfundada en un Ze García, nos regaló belleza (y brindó, además, con una margarita de José Cuervo). Con un punto folclórico (a caballo entre la copla y el tango) y el encaje floral de rebrodé, su vestido (que no disfraz) no tenía nada que envidiar a toda la ostentosa ceremonia de la que, durante meses, llevaban presumiendo la vallecana y su equipo de sastres, asesores, consultores y creativos, creativas, creatives y demás. Dios me libre y ellos me perdonen. Es mi deber ridiculizar estas cosas.

La respuesta a mis preguntas es, sin duda alguna, quién lleva el traje y cómo lo lleva. En muchas ocasiones les cito el "teorema de la mona" (ya saben, la seda y esas cositas de primer mundo). Al final, la que es elegante, lo será aun con un saco de patatas. Pedroche empezó desnudándose sin un porqué y ahora lo hace con una causa. Muy bien. La vida sigue. Sus monólogos cada 31 de diciembre ni acabarán con el hambre ni conseguirán la paz en el mundo. Sirve, principalmente, para alimentar su cuenta bancaria y su ego. Y seguir anestesiando a los españoles mientras discutimos si iba o no iba "bien".

Mientras tanto, hay influencers que nos sorprenden con una extrema categoría que nadie se esperaría. Laura Escanes presentó las campanadas, también con un Ze García, brillando con luz propia, enfundada en un tul bordado de pedrería en color champagne y perla. De manga larga, y acompañado de un abrigo XXL, ha dado sentido a las fechas en las que estamos: en España hace frío, señores. Aquí el cambio climático: en invierno hace frío y en verano calor. Con un sofisticado recogido, dejando entrever sus joyas de Rabat, ha dado una lección de estilo. Una pena que los madrileños no pudiéramos seguir esas campanadas por razones obvias, empezando por el idioma y la logística de carecer de TV3 en el mando a distancia (por cierto, lo del mando a distancia es tan demodé como realista, porque en la mayoría de las casas de nuestros abuelos, suegros y demás, no suele haber ni Apple TV ni modernos proyectores de Samsung que te acercan a cualquier canal del mundo).

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De Jenni Hermoso ni haré mención alguna. Creo que sobran las palabras. Ni ella misma se encontraba en el lugar. Añoramos los Caprile de Anne Igartiburu. Su saber-estar, saber-comunicar, saber-sonreír y callar cuando procede... Su elocuencia y perfecta dicción, su elegancia innata y su buen gusto. Cada nochevieja llenaba las casas de todos los españoles. Ajena a polémicas y discursos políticamente correctos, Anne era mucha Anne, sigue siéndolo, y afortunados los que hemos crecido con sus campanadas en La 1.

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