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Del aburrimiento también se sale

Hay que estar, sostener, figurar, dejarse ver y cumplir.

Hay que estar, sostener, figurar, dejarse ver y cumplir.
Del aburrimiento también se sale | Gtres

Esta semana, el ecosistema influencer patrio ha vuelto a demostrar que vive en una mezcla perfecta de confesionario, pasarela y sala de urgencias. Mientras unas convierten cada revisión médica en contenido aspiracional, otras descubren (con gran solemnidad) que el pelo también tiene emociones y merece un hilo de Instagram. Entre estilismos de fin de año reciclados con vocación de "nuevo yo", maternidades narradas en tiempo real y reflexiones profundas grabadas con filtro París, el mensaje es claro: todo pasa, todo se comparte y nada ocurre del todo si no hay story. España no inventó la influencer, pero sí la ha perfeccionado. Drama ligero, intimidad medida y una resiliencia admirable para seguir posando aunque el mundo (o al menos el algoritmo) se tambalee.

Entretanto voy concluyendo que la vida social (con o sin redes) se ha convertido en una obligación moral. O este es el dogma al que estamos confinados libremente. Oxímoron mediante.

Hay que estar. Hay que sostener. Hay que figurar. Dejarse ver. Cumplir. Mantener relaciones como quien mantiene plantas de interior que ya no reciben luz, pero siguen ahí, por inercia.

Nos hemos vuelto adictos a una idea muy poco interesante. Y es la de que toda relación debe durar. Que la amistad es eterna. Que si alguien entra en tu vida tiene que quedarse, evolucionar contigo, comprender tus silencios, adaptarse a tus cambios y acompañarte hasta el final del recorrido.

Pero la vida no funciona así. Hay amistades que tienen sentido en un tiempo y en un espacio concreto. Después dejan de tenerlo. Otras se retoman. Otras no vuelven nunca.

Y no pasa nada. No es una derrota emocional. Es simplemente aceptar que no todo vínculo está diseñado para ser eterno.

Yo prefiero otro escenario.
Yo entierro personas. Metafóricamente.

No hay drama. No hay reproches. No hay mensajes finales larguísimos. Es un gesto íntimo, casi educado y elegante. Hago un pequeño velatorio privado. Enciendo una vela imaginaria. Doy las gracias por lo que fue útil cuando lo fue. Y cierro. Y no es rencor. Es orden.

Porque seguir forzando presencias que ya no encajan no es generosidad. Es pereza. Y, sobre todo, es aburrimiento. Y del aburrimiento también se sale.

Contra el aburrimiento también existe una herramienta muy sana y bastante económica. La televisión bien hecha. No la aspiracional. No la que vende vidas irreales. La que observa. La que ironiza. La que se ríe de nosotros con inteligencia.

Estos días se estrena "DecoMasters", con Antonia Dell'Atte y María Zurita. Y, una vez más, detrás está Macarena Rey, demostrando que se puede hacer entretenimiento sin subrayar, sin condescendencia y sin infantilizar al espectador.

Al mismo tiempo, la serie "Machos Alfa" sigue viajando mucho más lejos de lo que algunos imaginaban, ahora que se ha estrenado la nueva temporada además. Hasta Uruguay ha llegado. Eso me lo contaban unos amigos de Punta del Este con los que cené hace poco. Martín y Axel, conocidos en la República Dominicana y con proyectos muy apetecibles en Madrid, comentaban algo muy real. Hombres que no saben cómo colocarse en el mundo en cuanto a la mujer. Si van de más, son machirulos. Si van de menos, son blandos. Hombres sin manual. Mujeres sin paciencia. Creía que este mal endémico era más propio de Europa.

Y ahí está el mérito. En la ficción que podría superar la realidad. La de contar algo reconocible, obviando fingir superioridad moral. Por eso "Aquí no hay quien viva", casi treinta años después, sigue funcionando. Sigue viva. Sigue vigente. La veía muchas noches en este retiro social mío durante 14 días en la Dominicana.

Y es mucho más estimulante que observar a influencers esquiando en el mismo sitio, embarazadas eternamente vendiendo productos sin parar aunque ahora lo llamen "publicidad con transparencia regulada". Y una lista larga de "absurdeces" que anestesian las neuronas.

Quizás un día nos cansemos de todo eso. De las vidas perfectas. De las agendas llenas. De la obligación de estar siempre disponibles.

Mientras tanto, enterrar a quien ya no toca puede ser una vía de escape para ese vacío intelectual que acecha. Porque a veces el vacío necesita vacío para rellenarse. Como el Blanco sobre blanco de Malevich. Supremacía del sentimiento puro.

Y es que el aburrimiento no es profundo ni complejo. Es simple. Y se cura igual de simple, dejando de insistir donde ya no pasa nada.

En Chic

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