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Del 'overthinking' al Trastorno Afectivo Estacional: los efectos de vivir en penumbra

La carencia de claridad natural reduce la serotonina, provocando apatía y ansiedad nocturna al activarse la amígdala por el aislamiento sensorial.

La carencia de claridad natural reduce la serotonina, provocando apatía y ansiedad nocturna al activarse la amígdala por el aislamiento sensorial.
EFE

La oscuridad no es solo ausencia de luz. Es un estímulo biológico y psicológico con efectos directos sobre nuestro estado emocional. Desde la regulación del sueño hasta la forma en que procesamos nuestros pensamientos más profundos, la cantidad de luz a la que estamos expuestos moldea nuestra química cerebral, nuestro nivel de energía y hasta nuestra forma de sentir el mundo.

Aunque muchas personas asocian los espacios oscuros con calma, intimidad o descanso, cuando la falta de luz se vuelve constante puede estar relacionada con cambios en el estado de ánimo, mayor vulnerabilidad emocional e incluso síntomas depresivos.

La química de la luz (y de la oscuridad)

El cuerpo humano funciona siguiendo un reloj interno conocido como ritmo circadiano. Este sistema biológico responde principalmente a la luz. Cuando anochece, el cerebro interpreta que es momento de descansar y la glándula pineal comienza a producir melatonina, la hormona que induce el sueño y favorece la recuperación física y mental.

Dormir en oscuridad total mejora este proceso. Un entorno oscuro por la noche ayuda a regular los ciclos hormonales, reduce el estrés fisiológico y favorece un descanso más profundo. Por eso, la oscuridad nocturna es clave para el equilibrio emocional.

El problema surge cuando hay falta de luz durante el día. La exposición a la luz natural estimula la producción de serotonina, un neurotransmisor asociado con la sensación de bienestar, estabilidad emocional y energía. Si pasamos demasiadas horas en ambientes poco iluminados, especialmente sin luz solar, los niveles de serotonina pueden disminuir, favoreciendo la apatía, la tristeza o la falta de motivación.

Oscuridad, pensamientos y emociones intensas

La noche y la oscuridad reducen los estímulos externos. Hay menos ruido, menos movimiento y menos distracciones. Esto puede ser positivo para la relajación, pero también deja más espacio a la actividad mental interna.

Por eso muchas personas experimentan más ansiedad nocturna. Sin referencias visuales claras, el cerebro tiende a enfocarse en pensamientos pendientes, preocupaciones o recuerdos incómodos. La amígdala, región cerebral vinculada al miedo y la alerta, puede activarse con mayor facilidad en contextos de oscuridad, aumentando la sensación de inseguridad o vulnerabilidad.

En personas con tendencia al overthinking, este efecto puede amplificarse: la mente llena el silencio con pensamientos que durante el día quedan opacados por la actividad.

Cuando la oscuridad se vuelve refugio

Preferir ambientes oscuros no siempre es negativo. Para algunas personas, la iluminación tenue genera sensación de protección, intimidad y calma. Puede ser una forma de reducir la sobrecarga sensorial después de jornadas estresantes.

Sin embargo, cuando alguien evita sistemáticamente la luz o mantiene su entorno en penumbra de forma constante, podría estar reflejando un estado emocional más complejo. La oscuridad puede convertirse en un refugio que reduce la exigencia de interactuar con el entorno, pero también puede reforzar el aislamiento, la desconexión y la melancolía. A corto plazo, bajar la luz puede calmar. A largo plazo, vivir en penumbra permanente puede afectar el ánimo y el nivel de energía.

El Trastorno Afectivo Estacional (TAE)

Un ejemplo claro de la relación entre luz y emociones es el Trastorno Afectivo Estacional (TAE), una forma de depresión asociada a la reducción de horas de luz natural en otoño e invierno.

Sus síntomas incluyen cansancio persistente, mayor necesidad de dormir, cambios en el apetito, irritabilidad y bajo estado de ánimo. La causa principal es la alteración del reloj biológico y la disminución de serotonina provocada por la falta de exposición solar. En estos casos, la fototerapia —exposición diaria a lámparas de luz brillante— ha demostrado ser eficaz para mejorar el estado emocional.

La oscuridad que también sana

No toda oscuridad es perjudicial. Lejos de la contaminación lumínica de las ciudades, la oscuridad natural cumple una función reparadora. Dormir sin luces artificiales mejora la calidad del sueño y la regeneración celular.

Además, experiencias como observar el cielo nocturno en entornos realmente oscuros pueden generar sensaciones de asombro y conexión con algo más grande. Este tipo de vivencias se asocian con reducción del estrés, mayor bienestar emocional y sensación de perspectiva vital.

Cómo equilibrar luz y bienestar

La clave no es evitar la oscuridad, sino equilibrarla. Exponerse a luz natural por la mañana ayuda a regular el reloj biológico y mejorar el estado de ánimo. Mantener una iluminación cálida y suave por la noche favorece la relajación sin alterar el sueño.

Pequeños gestos como abrir cortinas durante el día, salir a caminar con luz solar o reducir las pantallas antes de dormir pueden marcar una gran diferencia en cómo nos sentimos. Porque, al final, nuestra mente también vive de luz.

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