
He pensado esta semana en una tortuga. No en abstracto. En una concreta. En su caparazón.
Está en la planta -1 de Metrópolis, el nuevo club del que todo el mundo habla y al que, curiosamente, todo el mundo parece haber ido. El interiorismo (todo, absolutamente todo) lo ha firmado mi querido y buen amigo Lázaro Rosa-Violán, con esa capacidad suya para construir atmósferas que parecen criaturas divinas habitables y que luego medio sector del interiorismo fusilará "malamente" (pero esa ya no es nuestra guerra).
La -1 es la noche. Una barra de mármol negro Portoro con vetas amarillas, colores rojizos, anaranjados, una iluminación que no busca lucir, sino contener. Botellas bien ordenadas. Botellas bien. Como las niñas. Etílicas e idílicas. Hablo de las botellas. Y ahí, en medio de ese idilio gustativo y olfativo, preside la escena un caparazón enorme de tortuga incrustado en la pared, como si llevara ahí más tiempo que todos nosotros.
La fábula no es mía. La historia de esa tortuga (a la que acabamos llamando Sami) nació una noche (la de este viernes) entre copas de Ruinart, de la imaginación de mi buen amigo Gerard Guiu, una de las mentes más brillantes que conozco y de esas personas con una agenda imposible que no parece agenda, sino biografía.
Alguien comentó que el caparazón parecía traído de lejos, de otro ritmo, de otro lugar, de Bali. Y la historia se fue construyendo sola. Sin tragedias, sin épica forzada. Como se construyen las buenas metáforas: por pura intuición. Y nunca literal de la literatura literaria de estas nuestras juventudes que a la exactitud apelan "literalmente". Porque "literalmente" nació para precisar y ahora sirve para inflar.
Así pues, exacta y concretamente, Sami no está ahí para provocar. Está ahí para proteger. Y ahí es donde Metrópolis cobra sentido. No como club, sino como idea.
Sandro Silva y Marta Seco no han abierto un sitio para mirar, sino un lugar para ser y estar. Han elevado Madrid sin levantar la voz, devolviéndole pulso a un edificio mítico y emblemático de la ciudad. No hay ansiedad por impresionar. Hay normas. Y eso, hoy, es rarísimo. Una de ellas es no hacer fotos. ¡Bendita norma! Y lo dice una que fotografía hasta cada respiración
Naturalmente, Instagram recuerda que las normas están para saltárselas. Personas que se definen como discretas, sobrias, casi ascéticas en su discurso han tardado lo justo en subir el vídeo que demuestra que estuvieron allí. Como si la experiencia no existiera hasta que alguien la certifica. Como si el valor dependiera del testigo.
Yo también tengo fotos. De la barra, de los rincones, de los ascensores que parecen una biblioteca secreta, de detalles que no se repiten. No he publicado ninguna. No por obediencia. Por pereza del "yo también…". Soy más de "yo tampoco".
Yo tampoco sé si el caparazón de Sami funciona como recordatorio silencioso. Pero no todo lo bello pide ser compartido. No todo lo vivido necesita convertirse en contenido. Hay experiencias que se vacían cuando se exhiben. El lujo es una de ellas.
Más tarde salí. Caminé tres minutos. Literalmente tres. (Bromas aparte). Lo justo para cambiar de registro sin cambiar de noche. En el Teatro Magno, el nuevo club de jazz Babylon (diseñado por Borja Esteras y Arquitalia) habla otro idioma.
No compite con Metrópolis ni lo desmiente. Lo complementa. Madrid empieza a permitirse, por fin, distintos alfabetos nocturnos sin que uno invalide al otro. El diseño lo hicimos conjuntamente con SHAMELESS Design, en colaboración con la artista Ainhoa Moreno. Todo llevado al rojo, a la pasión y a una iluminación bien pensada. Iluminación bien, diré. Como los niños.
Allí sonaba jazz cubano. Cucurucho Valdés rendía homenaje a su abuelo Bebo y el piano no se escuchaba: atravesaba. Allí sí había vídeos y manos en alto. Porque hay lugares que piden silencio y otros que piden palmas. Saber distinguirlos también es una forma de educación.
Escribo esto a ratos, antes de salir hacia una fiesta de cumpleaños de mi amiga Elena Tablada. El dress code es "empingados". En cubano significa ir para romperlo y pasarlo bien. Me parece una genialidad. Un código que no dicta ropa, sino actitud. Con este tiempo gris, confieso que yo estaría encantada de quedarme empijamada. O mejor aún: empijamada y empingada, literalmente literal con literatura literaria. Cómoda, tranquila, sin ganas de demostrar nada.
Y vuelvo, inevitablemente, a la tortuga. Porque el caparazón puede ser refugio… o puede ser disfraz. Y el mundo está lleno de caparazones vacíos que solo sirven para anunciar.
Sami no anuncia nada. Observa. Resiste. Se queda. Mientras todos corren a mostrar dónde están, ella recuerda algo antiguo y bastante más elegante: que no todo lo valioso necesita ser compartido para existir. He aquí la prueba.
