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Ayer fue San Valentín

Un ramo de San Valentín que empieza a marchitarse es más verdadero que uno de plástico eterno. La destrucción también es una forma de armonía.

Un ramo de San Valentín que empieza a marchitarse es más verdadero que uno de plástico eterno. La destrucción también es una forma de armonía.
San Valentín | Alamy

Un ramo de San Valentín que empieza a marchitarse es más verdadero que uno de plástico eterno. La destrucción también es una forma de armonía.

Nadie dice que Bad Bunny tenga una voz "bonita". Y ahí está el punto. Su encanto es la entonación quebrada, esa manera de vocalizar que parece errónea y, sin embargo, funciona. Entonar no es sonar perfecto; es sostener una intención. En una era en la que el autotune y la inteligencia artificial vomitan perfección quirúrgica, lo verdaderamente radical es la imperfección. Bad Bunny es para nuestra época lo que esas camisetas agujereadas que se venden como lujo: la reivindicación de lo imperfecto como estética. Amar mal también tiene su belleza.

La música, por ejemplo, es otra manera de entender el tiempo. Es tiempo domesticado. Compases que ordenan el caos. Duraciones que nos obligan a esperar. Una sinfonía no es más que el tiempo convertido en arquitectura invisible. Escribo esto mientras suena el primer movimiento de la Sinfonía española para violín y orquesta de Edouard Lalo. Solo el primer movimiento ya es una declaración. Me sigue fascinando cómo un francés pudo traducir España en sonido, como también lo hizo Bizet con Carmen. La música demuestra que el tiempo no se posee: se atraviesa.

Ayer fue 14 de febrero.
San Valentín. El día oficial en el que el capitalismo se disfraza de Cupido.

No me interesa el debate de si es una cursilada o una conspiración florista. Tampoco el de los fieles, los infieles, los solteros dignos o los emparejados resignados. Todos desfilaron, cada uno en su categoría emocional, bajo el mismo calendario rojo. Me interesa otra cosa. ¡Por qué necesitamos celebrar!

Celebramos la Nochevieja, los cumpleaños, los ascensos, los divorcios civilizados y hasta los "primeros meses" como si el amor fuera una suscripción a Netflix con permanencia mínima. Necesitamos marcar algo en el calendario para sentir que seguimos aquí. Que no somos simplemente materia orgánica con WiFi. Que algo late.

La vida, en el fondo, es lo que ocurre entre celebración y celebración. ¿Y qué celebramos exactamente? El tiempo.

Ese invento impecable que nos permite decir "mañana", "para siempre" o "hemos perdido tres años". El espacio lo entendemos: se pisa, se mide, se ocupa. Sabes si estás en tu casa o en la de otro. El espacio es físico. El tiempo no.

El tiempo es un acuerdo. 24 horas. Siete días. Doce meses. ¿Por qué doce y no diez? Porque decidimos que el movimiento del sol era argumento suficiente para organizar hipotecas, bodas y crisis existenciales. Sin esa ficción compartida no habría sistema económico ni "quedamos a las nueve". Habría puro azar mal coordinado.

Einstein habló de relatividad. Mi amigo Pedro del Castillo lo dijo mejor en una conversación cualquiera: el tiempo no existe; existen los aprendizajes.

Y ahí está lo incómodo. Medimos lo intangible para convencernos de que avanzamos. Pero lo que realmente cambia no son las fechas: somos nosotros, a golpes de experiencia.

San Valentín no celebra el amor. Celebra el calendario. Nos da la ilusión de que el amor puede intensificarse por decreto, como si a las 00:00 se activara una notificación: hoy toca querer más.

Me inquieta también la inflación del lenguaje. Ese hombre que te llama "amor" sin haber entendido siquiera tu silencio. Esa facilidad para llamar amistad a cualquier vínculo ambiguo. Amor para todo. Amistad para todo. Palabras gigantes usadas como etiquetas de emergencia.

Quizá no celebramos el amor. Celebramos la necesidad de nombrar algo que nos supera.

Y con la amistad pasa algo parecido. A veces la convertimos en territorio neutral, en palabra elegante cuando no sabemos muy bien qué somos. "Somos amigos" suena limpio, razonable, adulto. Pero no siempre explica lo que late debajo.

Creamos el lenguaje para entendernos. Creamos el tiempo para coordinarnos. Creamos celebraciones para no sentir el vértigo de que nada tiene bordes.

Ayer muchos regalaron rosas. Otros hicieron como que no existía. Algunos prometieron eternidad. Otros archivaron conversaciones. Todo dentro de un día perfectamente numerado.

Todos tenemos reloj. Pero el reloj no demuestra que haya tiempo. Solo demuestra que necesitamos medir algo para no perdernos. Celebrar no es una idiotez. Es una estrategia de supervivencia. Una forma sofisticada de decir "sigo aquí".

Lo peligroso no es San Valentín. Es no saber qué significa exactamente cuando pronunciamos la palabra amor. O amistad. Y aun así brindamos. Porque, al final, necesitamos fechas para recordarnos que estamos vivos.

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