
Una bolsa de basura amarilla como objeto de lujo podría ser, quizá, un síntoma de decadencia. Una decadencia que parte de la estética a la ética y viceversa; un fenómeno que se retroalimenta sin que sepamos muy bien qué fue antes, si la bolsa de basura o la estupidez humana.
Y es que esta semana, en la alfombra roja del Festival Internacional de Cine de Pekín, la actriz Zhang Jingyi apareció con un vestido negro impecable, limpio, perfectamente construido; y sin embargo lo que terminaba de fijar la mirada no era el vestido sino un bolso de Balenciaga de 1.400 euros que imitaba una bolsa de basura. No elevaba el conjunto ni lo destruía, simplemente lo desplazaba. Y en ese desplazamiento había algo más, algo difícil de nombrar pero fácil de reconocer cuando ocurre, como si hubiéramos empezado a aceptar que lo accesorio puede ocupar el lugar de lo esencial sin que pase nada.
Y si uno se mueve un poco de la moda, la lógica (o su ausencia) es exactamente la misma en casi todo lo demás. "No está de moda practicar sexo, hay razón para el corazón", así cantaban Papá Levante, y dicho hoy suena menos a estribillo que a una especie de ironía.
Porque si uno mira alrededor parecería que el sexo lo ocupa todo: que hay más libertad, más discurso, más posibilidad que nunca, y sin embargo algo no termina de suceder del todo. Nunca habíamos tenido tantas opciones de encontrarnos y cada vez nos encontramos menos, o peor. Nos encontramos mal. No mal en un sentido evidente sino en ese punto más sutil donde todo empieza pero muy poco se sostiene, donde el otro aparece con intensidad pero rara vez permanece el tiempo suficiente como para que algo de verdad ocurra.
El otro día, en una conversación que no iba de esto pero iba exactamente de esto (que tuve con JJ), intenté ordenar el amor, que ya es de por sí un gesto sospechoso; y le dije que si hubiera que resumirlo sería algo así como AMOR = (A + D) x R (admiración + deseo x respeto). No como una fórmula cerrada sino como una forma de no perderse, porque sin admiración el deseo se agota, sin deseo la admiración se enfría y sin respeto todo lo demás pierde sentido.
Su respuesta fue Lope de Vega, claro, porque hay cosas que no admiten reducción sin romperse, "sin desmayarse". Y en esa imposibilidad de encajarlo todo es donde el amor se parece más a lo que es.
Después me recitó a Santa Teresa, "Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza". De pronto ya no estábamos hablando de amor sino de la capacidad de habitar lo que no controlamos.
Todo esto en verdad viene a colación de que muchos me han escrito esta semana preocupados por los datos de la vida sexual de los españoles. Unas estadísticas que han corrido como la pólvora por todos los medios y cientos de reels en Instagram. Por si aún no se han enterado, uno de cada cuatro adultos en España no ha mantenido relaciones sexuales en el último año. El dato, en sí, parece casi anecdótico, pero leído en contexto resulta bastante más incómodo.
Y ahí es donde algo se vuelve difícil de ignorar, porque igual el problema no es el sexo sino la incapacidad de retener lo que viene después. Queremos el impulso sin la consecuencia, la conexión sin el peso, la cercanía sin el riesgo. Y así es difícil que algo permanezca.
Hay, además, una especie de cansancio que no se nombra, una saturación de estímulo que no se traduce en experiencia, una acumulación de encuentros que no construyen relato. Todo ocurre, pero casi nada deja huella, y en esa falta de continuidad es donde algo empieza a deshacerse.
Anteayer fue Viernes de Dolores y estamos a 7 días de la Resurrección. Y no sé si hay metáfora más precisa para este momento que esa forma de atravesarlo todo sin quedarse en nada, de caer sin profundidad y volver sin haber entendido demasiado qué fue lo anterior. Nos pasa con la moda, nos pasa con el amor, nos pasa con casi todo.
Confundimos el gesto con el fondo, el deseo con el vínculo, el impacto con el sentido; y, entonces sí, uno de cada cuatro no tiene sexo, pero el problema no es ese, el problema es que muchos de los otros tres tampoco tienen muy claro qué es lo que tienen cuando creen tenerlo.
Y en este desplazamiento constante, entre lo que parece y lo que es, quizá sí había razón para el corazón, otra cosa es que sepamos reconocerla antes de convertirla en una bolsa de basura.
