
Defender a Rosalía hoy se ha convertido casi en un acto de fe (nunca mejor dicho). Resulta curioso que en una época donde todo se sobreactúa, lo único que incomoda de verdad sea alguien que cree, que dice Dios sin pedir permiso, que se posiciona sin ironía. Nos molesta más lo auténtico que lo impostado. Quizá porque creer exige algo que ya no está de moda (permanecer). Y permanecer también es una forma de cocinar.
Esta semana Martín Berasategui, en unas declaraciones que concede para otro medio, hablaba de su sándwich favorito (el que se hace en casa en quince minutos cuando uno llega sin ganas de cocinar). Me interesa el debate sobre si la felicidad tiene minutos y si acaso se puede traducir lo esencial de la vida en semanas. Hasta qué punto el tiempo es realmente el recipiente de lo que vivimos o si, en realidad, lo es el espacio que habitamos y la intensidad con la que lo atravesamos. Porque hay experiencias que caben en un instante y otras que no logran ocupar años enteros. Y ahí es donde todo empieza a desordenarse de una forma bastante reveladora.
Y hablando de Martín, hay platos que no se fuerzan, que no se adelantan, que encuentran su punto cuando toca. La cocción lenta tiene algo de respeto (de estructura invisible, de aprendizaje sin espectáculo).
Durante un año y medio he habitado ese fuego lento. No como quien espera un resultado, sino como quien aprende a mirar. Ahí se instalan la paciencia, la comprensión, la amistad incluso (esa forma alta de afecto que no necesita exhibirse). Son procesos que no siempre desembocan en un plato terminado, pero que dejan algo más importante (criterio, poso, una manera distinta de estar).
El tiempo es una herramienta útil (nos ordena, nos coordina, nos permite coincidir), pero fuera de ese acuerdo es otra cosa. Mi amigo Pedro del Castillo lo formula mejor: "el tiempo no se mide en días, se mide en aprendizajes".
En pocos días puede pasar mucho. En contraposición a la artesanía gastronómica con dosis de lentitud y presunto lujo, hay encuentros que funcionan como una especie de Thermomix emocional (aceleran, mezclan, tensan, elevan). No compiten con lo lento, lo revelan desde otro ángulo. No sustituyen, no invalidan; más bien iluminan.
Y en ese punto aparecieron esos bóxers técnicos de los que les hablé la semana pasada. No como anécdota, sino como metáfora precisa de forma y contención, libertad con estructura, intensidad que no desborda porque entiende su propio límite. Un límite aún no definido.
Mi amigo Jacob Bendahan (uno de los PR más influyentes de Madrid), al hilo de la continuidad de mi columna reciente, lo imaginó con una lucidez inesperada: diseñar unos bóxers con estética de camisa elegante pero con la estructura suficiente para que todo permanezca en su sitio. Orden sin rigidez. Libertad con forma. Y pensé que, en realidad, estaba hablando de cómo habitamos lo que sentimos.
Madrid, mientras tanto, sigue su coreografía imposible (desfiles, inauguraciones, cócteles, gente que aparece en todos los sitios como si la ciudad fuera un pasillo corto). Y yo miro todo eso con una mezcla de fascinación y sospecha, preguntándome en qué momento trabajan, cuándo piensan, cuándo se aburren lo suficiente como para que pase algo de verdad. Porque hay días en los que levantarse ya es suficiente (y eso también cuenta).
Al final todo vuelve a lo mismo (al tiempo, a cómo lo habitamos, a cómo lo dejamos pasar o lo sostenemos y cómo lo digerimos). Cincuenta años no es nada (dicen), pero hay tiempos que cocinan más que una vida entera. No es cuánto tiempo pasa, sino cuánto pasa en ese tiempo. Y hay historias que no necesitan terminarse para justificar lo que han sido. Porque a veces el sentido no está en el resultado, sino en la cocción.
