En busca del señorío
Vivimos una era fascinada por la superficie y agotada por el fondo. Nos escandaliza más un mal look que una mala estructura.
Llueve en Madrid. Y ya saben ustedes lo que pasa en este país cuando llueve. De pronto todo el mundo se convierte en ingeniero hidráulico, agricultor de secano y filósofo de barra. Que si qué bien viene para los pantanos. Que si las encinas. Que si el campo lo necesitaba. España tiene esa capacidad entrañable de convertir cualquier gota en tertulia nacional.
Yo, mientras tanto, pensaba en virus. En el hantavirus, concretamente, que estos días copa titulares para recordarnos que la naturaleza siempre encuentra maneras elegantes de decirnos "no os creáis tan importantes", mientras que la incompetencia política lo remata.
Y de ahí al antivirus. Porque si algo parece necesitar esta época con urgencia no es otra vacuna física, sino una moral. Un antivirus contra el ego.
La Met Gala, por ejemplo. Ese desfile anual donde fingimos hablar de cultura mientras en realidad comentamos si Georgina Rodríguez llevaba un rosario valorado en una cantidad que podría ser el PIB de una pequeña república; y quién acertó con el dress code o quién parecía haber perdido una apuesta. Y no seré yo quien critique el espectáculo. Me encanta el artificio bien ejecutado. Soy profundamente partidaria del exceso cuando tiene conciencia de ser exceso. Pero conviene recordar que la Met Gala nació para recaudar fondos para el Costume Institute. Recaudar. Palabra poco sexy en tiempos de selfie. El problema nunca es el vestido. El problema es que hemos olvidado el motivo y nos hemos quedado con el envoltorio.
Nos pasa con todo. También con el fútbol. El Real Madrid no era solo un club de fútbol. Era (debería ser) una doctrina estética y ética. Una forma de ejercer el poder con cierta contención castellana. Ganar con autoridad, perder con dignidad y, sobre todo, no hacer demasiado ruido mientras el resto se descomponía emocionalmente. Eso era, o eso nos contaron, el famoso señorío. Ahora parece que asistimos a otra cosa.
Rumores de vestuarios con más tensión que una cena de Nochebuena con herencias pendientes. Decisiones tomadas desde el berrinche. Gestos impropios de una institución que siempre entendió que el músculo verdadero era parecer imperturbable. Y entonces aparece el gran debate nacional: ¿hace falta Mourinho? Es fascinante.
Como si hubiéramos llegado a la conclusión de que la única forma de combatir un ego descontrolado fuera introducir otro ego aún más musculado. Un antivirus agresivo. Un cortafuegos con cejas.
Y, ¿saben qué? Sí quiero. Quiero que vuelva Mou, porque cuando una institución empieza a confundirse, lo peor que puede hacer es rodearse de caricias al ego. El Madrid siempre fue algo más que fútbol: era una mentalidad. Una forma de competir, incluso una estética del carácter. Mourinho, con todas sus aristas, entendía esa dramaturgia del poder como pocos. Sabía que hay vestuarios que no necesitan complacencia, sino autoridad. No halagos, sino dirección. Porque a veces el señorío mal entendido se parece peligrosamente a la resignación educada.
Y es que lo que estamos viviendo no es una crisis deportiva. Ni cultural. Ni institucional. Es una epidemia de ego. Y el ego tiene síntomas reconocibles. Y la única forma de vencer al ego es sometiéndolo a un ego superior.
Vivimos una era fascinada por la superficie y agotada por el fondo. Nos escandaliza más un mal look que una mala estructura. Comentamos un vestido durante tres días y una explotación laboral durante tres minutos. Señalamos lo incorrecto con una pasión conmovedora mientras ignoramos olímpicamente lo importante. Pensamos que llevar un rosario millonario equivale a espiritualidad. Que tener poder equivale a poseer la razón. Que una marca que patrocina grandes causas queda automáticamente absuelta de toda contradicción moral aunque haya trabajadores manifestándose contra sus condiciones (Jeff Bezos va por ti).
Eso sí que es una pandemia. Así que sí. Llueve en Madrid. Bendita lluvia. A ver si entre encinas, pajas y barro nos germina de una vez un antivirus decente contra esta inflación del ego. Porque el virus no estaba en los ratones. Estaba en nosotros.
Lo más popular
-
El plan de contingencia del Gobierno ante la condena de Ábalos -
Un crucero con más de 3.000 pasajeros registra un brote de norovirus frente a Bahamas -
Montero sola ante los abucheos tras el plantón de Sánchez y Marlaska en el funeral de los guardias civiles -
De directiva en Tesla a la viña: el viaje de Alba Abiega para crear el 'mejor tinto de España' -
Mourinho, fichaje inminente por el Real Madrid
Ver los comentarios Ocultar los comentarios