Hay más peces
Occidente parece haber descubierto algo revolucionario: lo natural no era aburrido y la sofisticación no consistía necesariamente en parecer otra.
Hay una corriente fascinante de mujeres disolviendo sus propios excesos. Labios desinflándose. Pómulos regresando a casa. Caras que, después de años de ácido hialurónico, empiezan a pedir hialuronidasa como quien pide perdón o una segunda oportunidad. Para quienes no estén familiarizados con el término, la hialuronidasa es la sustancia que permite revertir parte de ese exceso estético que un día nos pareció una idea extraordinaria. Esto no me lo invento yo. Hay cientos de perfiles en TikTok, Instagram y ese reality global en el que hemos convertido nuestra intimidad, mostrando el proceso completo de volver a parecerse a una misma. De pronto Occidente parece haber descubierto algo revolucionario: lo natural no era aburrido y la sofisticación no consistía necesariamente en parecer otra. Y con los afectos empieza a ocurrir algo parecido.
Escribo esto mientras me como uno de los mejores rodaballos que guarda mi memoria reciente, en Cape Nao, en el corazón del Meliá Cala Galdana de Menorca. El rodaballo llega en plata, con una solemnidad casi litúrgica, y el camarero te pregunta si quieres la cabeza. A cierta edad una entiende que esa no es una pregunta gastronómica. Es existencial. Porque llega un momento en el que el mercado sentimental se parece sospechosamente a una pescadería.
Está la lubina. Correcta. Educada. Presentable. Ese hombre que jamás te avergonzará en una cena ni provocará una conversación memorable al día siguiente. Camisa azul. Vocabulario razonable. Una carpeta de facturas perfectamente ordenada en el ordenador. No da disgustos. Tampoco literatura.
Después el salmonete. Bonito. Vibrante. Intenso. Muchísimo sabor y demasiadas espinas. Ese hombre que entra bien, divierte mucho y en pocas semanas consigue que una acabe emocionalmente lesionada intentando descifrar si lo que había era química o simplemente caos con encanto.
Luego aparece el bacalao. ¡Ah, el bacalao! Seco. Conservado. Salado. El ex que siempre encuentra una forma de volver con un mensaje de apariencia inocua, como si una fuera Patrimonio Nacional y él tuviera derecho de visita. El bacalao necesita agua para rehidratarse. Algunos hombres, nostalgia.
Y por último está el tiburón. El tiburón es una categoría contemporánea muy reconocible. Hombre funcional. Disciplinado. Magnéticamente ocupado. Tiene siempre un plan, o varios. Escalada, deporte, una comida con un amigo, un compromiso familiar, una inmersión, una misa, una escapada, una rutina de autocuidado tan férrea que sospechas que relajarse le produce urticaria. Es admirable hasta que entiendes que, en realidad, su agenda no está llena de vida sino estratégicamente blindada contra cualquier forma de intimidad espontánea y responsabilidad afectiva.
El tiburón no desaparece. Eso sería vulgar. El tiburón circula. Te responde. A veces incluso con afecto. Hace pequeñas incursiones emocionales perfectamente medidas. Te hace pensar que hay conexión, pero jamás suficiente como para alterar su ecosistema. No es crueldad necesariamente. A veces es simplemente una sofisticada forma de egoísmo con smartwatch.
Y es que el tiburón tiene ese talento peligrosísimo de hacerte creer que has visto alma cuando, en realidad, probablemente solo has asistido a una cortesía extraordinariamente bien entrenada con 333 flexiones matutinas. No es un hombre frío. Ese sería un diagnóstico demasiado simple. Es algo más sofisticado; es alguien que administra el calor con una precisión casi farmacéutica. Hay hombres que huyen. El tiburón hace algo más refinado: permanece lo justo para que seas tú quien complete el relato.
Pero conviene recordar que no todos los tiburones son depredadores. Algunos son simplemente corazones que aprendieron a sobrevivir nadando sin detenerse demasiado. Algunas veces el tiburón no teme amar. Teme lo que ocurre cuando ama y pierde el control de su propio océano.
Y, como verán, ancha es Castilla, o el Mediterráneo. Hay tantas subespecies como ganas de amar. Y es que el problema nunca fue la escasez, sino nuestra extraña tendencia a confundir acuarios emocionalmente dudosos con alta mar. Y llega una edad en la que una descubre que el verdadero lujo no era pescar más. Era distinguir, por fin, el mar del desastre.
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