
Estas cuartillas se escriben el día de Santa Justa, virgen y mártir, a la que pido que no me niegue serenidad en la reflexión, luz en el entendimiento, ni, sobre todo, la virtud que su nombre pregona y que bien he de necesitar para no errar en mis juicios sobre el hombre que acaba de fallecer a la edad de 88 años y que se llamaba Enrique Bacigalupo Zapater. De todos modos, no aspiro a decir la última palabra sobre él, ni creo que hubiera de conseguirlo por muchas veces que lo intentare.
Si un hombre es el soporte de una biografía, alguien de quien se dice que nació un día, que murió otro y que, entre tanto, hizo cosas, los datos de la vida de Enrique Bacigalupo son, en apretada síntesis, que, además de nacer en Buenos Aires, fue enseñante de derecho penal y alumno destacado de Luis Jiménez de Asúa, aquél que presidió el Senado en la II República española, y que tras su paso por Alemania llegó a España, donde desarrolló su carrera, circunstancias conocidas por el mundo académico y parte de la carrera judicial, aunque no, por ejemplo, que en su hoja de servicios figurase que fue secretario de Estado con Héctor Cámpora, aquél que sucedió a María Estela Martínez de Perón en la presidencia del gobierno de la nación hermana, y que le permitió compatibilizar una pensión de privilegio con el sueldo que recibía en España como funcionario público. Por cierto, un detalle que siempre me hizo gracia es que a Enrique Bacigalupo le tenían por un gafe contumaz, aunque no faltaron quienes, con humor e ironía, decían que la mala sombra ya la traía de su país. En mi época de vocal del Consejo General del Poder Judicial, amigos suyos, como Tomás Vives, prohibieron pronunciar su nombre porque, según ellos, de inmediato vendría todo un cúmulo de desgracias.
En una de las necrologías que le han dedicado, se dice que Enrique Bacigalupo, en los años de servicio en el Tribunal Supremo (1987-2011), dejó una huella profunda e imborrable, supuso una innegable modernización de la dogmática penal e hizo grandes aportaciones al Estado de derecho, que tan amenazado estaba por tendencias autoritarias. Se trata de un punto de vista coincidente con otros y sobre los que nada tengo que decir, pues cada uno elige el elogio que desea dedicar al amigo muerto. Distinto es que los autores del enaltecimiento después acierten o se equivoquen, algo que ya no depende de ellos y que, en consecuencia, escapa de su control. Serán otros quienes, quizá con superior objetividad, acierten en el diagnóstico. Y aunque bien podría callármelo aquí, en esta hora, no tengo inconveniente en decir que nunca fui demasiado devoto de su labor como jurista, ni estuve demasiado interesado por sus progresos profesionales, que reconozco muy dudosos.
Lo mismo, aunque en la orilla de enfrente, ocurre con otro tipo de semblanzas y sirva de cita la que hizo en este diario Juanjo Alonso, al recordar que, según muy buenos conocedores de su trabajo, la trayectoria de Enrique Bacigalupo está indisolublemente unida a la politización de la justicia, hablan de una definida e indisimulable vocación por el PSOE e incluso sacan a colación la amplia lista de servicios prestados al partido. Verbigracia, los casos GAL o Filesa, en el que, tras manejar con habilidad la ley y sonreír con encanto a los que habrían de beneficiarse, aprovechó la sustitución del juez Barbero e intentó dejar en nada el asunto, rebajando de 39 a 7 el número de imputados, aunque al final la Sala estuvo al quite y deshizo el entuerto.
Lo que sí se me antoja más dramático es otra de las cosas que se dicen de él y que aquí, en la cuesta abajo del obituario, la copio, casi sin comentarla siquiera. Me refiero al asunto Sogecable, en el que, por el descarado interés de Enrique Bacigalupo por contentar al amo, fui condenado, por dos votos a uno, aunque años después el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sentenció que no había tenido un juicio justo por falta de imparcialidad de los magistrados. Insisto en que se trata, sin duda, del punto más delicado y vidrioso de este réquiem, pues ya se sabe que, si, como se dijo, en la faena medió precio, recompensa o promesa, entonces, aparte de ser inequívoco síntoma de podredumbre moral, también es patente señal de delito.
En todo caso, paso por alto y como de puntillas ante este hecho, que me limito a lamentar. Si el personaje supo con su actuación cubrirse las espaldas, tampoco ha de importarme lo que recibió y cómo lo administró, pues cada cual se gasta los cuartos a su aire y nadie es quien para decir si invirtió bien o mal. O sea, que no he de ser yo quien, en estos momentos, haya de hurgar en las amargas causas de aquella sinrazón. Corramos un tupido velo.
En fin, para concluir. Confieso que la noticia triste de la muerte de Enrique Bacigalupo no me ha removido demasiado el corazón. Hay muertes de personas que hemos conocido que nos conmueven y estremecen el espíritu, que es lo que sentí cuando hace poco menos de un mes murió Ignacio Gordillo. A diferencia de la suya, hay otras idas que solo me inclinan a la consideración fría, imparcial, de lo que se pierde.
Descanse en paz Enrique Bacigalupo. Su figura es ya carne de historia. Digámosle, como los romanos querían para sus muertos: sit tibi terra levis, que la tierra le sea leve. Amén.
