
El Congreso de los Diputados ha sido testigo este miércoles de un nuevo e intenso cara a cara entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, aunque en esta ocasión la habitual crispación política ha compartido protagonismo con un calculado giro en la indumentaria presidencial. El jefe del Ejecutivo ha irrumpido en la sesión de control luciendo su habitual traje y camisa azul, pero prescindiendo de la corbata. Un sutil toque de informalidad al que se han sumado diligentemente, en un coordinado ejercicio de solidaridad estética, el vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, y el titular de Justicia, Félix Bolaños, configurando una bancada azul unificada en su ligereza de cuello.
Este detalle en el vestuario se produce en un contexto de altas temperaturas, reabriendo un debate tan 'necesario' como es el uso de la corbata como medida de comodidad o eficiencia energética frente al protocolo tradicional en la Cámara.
Todo ello en un momento en que la atención parlamentaria y judicial se encuentra centrada en asuntos de extrema gravedad, como los casos de presunta corrupción que afectan al entorno del presidente —entre ellos las investigaciones a su esposa y a su hermano— o los escándalos vinculados a figuras como José Luis Ábalos y Leire Díez.
Socialistas, si hay crisis, fuera corbatas
El debate sobre la indumentaria en el Congreso de los Diputados no es nuevo, ya que el Reglamento de la Cámara no impone un código rígido, sino que apela de forma laxa a la "debida corrección", dejando su interpretación en manos de la Presidencia. El antecedente más directo del actual gesto gubernamental se remonta a julio de 2011, cuando el entonces ministro de Industria, Miguel Sebastián, acudió al Pleno sin corbata para promover el ahorro energético; una osadía que le valió una reprimenda pública del propio presidente del Congreso, el también socialista José Bono, quien llegó a ofrecerle una prenda de su propio despacho.
Años más tarde, en 2016, la irrupción de Podemos con un estilo marcadamente informal y la posterior petición del propio Pedro Sánchez en 2022 para que ministros y empresarios se desabrocharan el cuello en verano terminaron por normalizar una estética que antes era motivo de sanción institucional.
De este modo, lo que comenzó como una transgresión protocolaria se ha reconvertido en una calculada herramienta de comunicación política. Mientras formaciones como Vox insisten en el uso del traje y la corbata como un símbolo de respeto a la soberanía nacional, el Ejecutivo actual recurre al cuello abierto de manera estratégica. Sin embargo, al elevar el nudo de la corbata a la categoría de asunto de Estado en sesiones donde se dirimen graves escándalos judiciales y tramas de corrupción, el gesto corre el riesgo de percibirse no tanto como una muestra de modernidad o eficiencia, sino como una distracción superflua ante los problemas reales que asedian a la legislatura.

