La epidemia del ruido
Dicen que el silencio es oro. Debe de ser por eso que cada vez queda menos.
Dicen que el silencio es oro. Debe de ser por eso que cada vez queda menos. Nos hemos gastado una fortuna en auriculares con cancelación de ruido para descubrir que el único sonido que no cancelan es el de nuestra propia cabeza. Ese sí que viene de serie. No necesita batería. Ni actualización. Ni cobertura.
Vivimos rodeados de ruido. Madrid lleva semanas hablando del calor, de las noches en las que nadie duerme, de las terrazas a rebosar, de los ventiladores agotados y de los aires acondicionados convertidos en el nuevo Banco de España. Pero sospecho que el verdadero problema no son los 39 grados. Es que hace mucho tiempo que no sabemos estar en silencio. Y no hablo de callarse. Hablo de esa incapacidad casi patológica para no hacer absolutamente nada.
Esperar un semáforo sin sacar el móvil ya parece una disciplina olímpica. Entrar en un ascensor y no mirar una pantalla resulta sospechoso. Ir al baño sin un vídeo de treinta segundos empieza a ser una extravagancia reservada a monjes tibetanos y a personas que todavía recuerdan un mundo con Nokia.
Desde la finca Los Ángeles. Lo primero que pensé fue: "Qué silencio". Lo segundo fue comprobar que no era verdad. Había toros. Terneros. Caballos. Pájaros. El viento moviendo las encinas. El agua del embalse rompiendo contra la orilla. Descubrí que la naturaleza no es silenciosa. Está llena de sonidos. Lo que no tiene es ruido. Y ahí entendí la diferencia.
Ángel Teruel, que ha pasado media vida entre el campo y los ruedos, seguramente se reiría de esta reflexión tan urbana. Pero el campo tiene una virtud que Madrid ha ido perdiendo: no te distrae constantemente de ti mismo. Allí nadie compite por captar tu atención. Un toro no necesita hacerse viral. Un caballo no te pide que actives las notificaciones. El embalse no publica stories cuando cae el sol.
Entonces comprendí que llevaba semanas sin levantar la cabeza. Madrid sigue teniendo las mismas cornisas, las mismas cúpulas y los mismos atardeceres. Los que hemos cambiado somos nosotros. Caminamos mirando al suelo, no porque busquemos cobertura, sino porque vamos demasiado ocupados cargando con nuestra propia cabeza.
Quizá el lujo del siglo XXI no sea el silencio. El silencio, bien mirado, nunca existió. El verdadero lujo es encontrar un lugar donde el único ruido no seas tú.
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