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Katy Mikhailova

El síndrome de las Bermudas

La elegancia nunca ha consistido en sufrir. Consiste en entender el contexto. Porque el verano no justifica cualquier cosa.

El síndrome de las Bermudas | Pixabay/CC/kaboompics

Hay epidemias silenciosas. No hacen ruido, no ocupan titulares y, sin embargo, se propagan con una eficacia asombrosa. Una de ellas empieza cada mes de junio y termina cuando aparecen los primeros paraguas de septiembre. La he bautizado como el síndrome de las Bermudas.

No me refiero al triángulo. O sí. Porque, igual que en aquel desaparecían barcos y aviones, en este desaparece el sentido de la elegancia.

Basta con que el termómetro supere los treinta grados para que miles de hombres entren en un extraño estado de trance. Abren el armario, ignoran pantalones de lino, chinos ligeros y cualquier tejido transpirable conocido por la humanidad y, como obedeciendo a una llamada ancestral, aparecen las bermudas.

No unas bermudas cualesquiera. Bermudas con bolsillos infinitos, con estampados tropicales, con zapatillas de correr, con calcetines blancos hasta media pantorrilla. La democracia del mal gusto.

Lo curioso es que nadie hace lo mismo en otros ámbitos de la vida. Cuando hace frío no vamos envueltos en una manta por la Gran Vía. Cuando llueve no salimos con un chubasquero de pescador a una boda. Y, sin embargo, el calor parece haberse convertido en la única excusa universal para renunciar al decoro.

Sí, hace calor. Muchísimo. También hace calor en Roma, en Atenas o en Sevilla. Y, sorprendentemente, existe un invento revolucionario llamado lino. Fresco, ligero, elegante y con una virtud extraordinaria: permite sobrevivir al verano sin parecer que uno acaba de salir del área de descanso de una autopista.

No estoy diciendo que las bermudas deban prohibirse. Igual que tampoco prohibiría las chanclas. Cada prenda tiene su hábitat natural. La playa. La piscina. Un barco. Un paseo marítimo. Incluso un jardín. Lo desconcertante es esa necesidad contemporánea de convertirlas en uniforme oficial para restaurantes, terrazas, hoteles, aeropuertos o reuniones donde, hasta hace no tanto, uno entendía que vestirse también era una forma de respeto.

Quizá el problema no sean las bermudas. Quizá el problema sea esa idea moderna de que cualquier esfuerzo por vestir bien es impostado, mientras que ir vestido como si acabaras de sacar la basura se considera autenticidad.

La elegancia nunca ha consistido en sufrir. Consiste en entender el contexto. Porque el verano no justifica cualquier cosa. Igual que nadie entra en una catedral en bikini porque haga cuarenta grados, tampoco todo vale por el simple hecho de que estemos en julio.

No sé si conseguiremos erradicar el síndrome de las Bermudas. Pero al menos intentémoslo. Por higiene estética. Porque el lino existe. Porque los pantalones largos no son patrimonio exclusivo del invierno. Y porque bastante sufrimos ya con el calor como para convertir las ciudades en un campamento permanente.

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