
Los grandes incendios que arrasaron el noroeste de la Península Ibérica en agosto de 2025 no se explican solo por las altas temperaturas de la ola de calor. Un nuevo estudio científico señala que la estructura de la vegetación, marcada por décadas de abandono rural y falta de gestión del monte, fue un factor determinante en la magnitud del desastre.
Según el trabajo publicado en la revista Global Change Biology, más de la mitad del área quemada en toda la Unión Europea durante ese mes se concentró en una zona que apenas representa un 2% del territorio. Los investigadores analizan no solo el clima, sino también qué tipo de vegetación ardió, y concluyen que los matorrales —resultado frecuente del abandono de tierras agrícolas y forestales— se quemaron de forma desproporcionada.
Demasiado combustible
Los autores explican que el matorral tiene tres características clave para la propagación de incendios: alta densidad de combustible, combustibles finos que se encienden con facilidad y continuidad en el paisaje, lo que permite que el fuego avance sin barreras.
Esto favorece los incendios grandes, rápidos y difíciles de controlar, especialmente cuando coinciden con condiciones meteorológicas extremas, como ocurrió en agosto de 2025.
El estudio subraya que "no todas las formaciones vegetales ardieron por igual". De hecho, algunas zonas con plantaciones forestales se vieron menos afectadas, en parte porque se concentran en áreas costeras, mientras que los grandes incendios se produjeron sobre todo en el interior, donde domina el matorral continuo.
El clima influye, pero no lo explica todo
El trabajo reconoce que el índice meteorológico de incendios alcanzó niveles récord ese verano, y que "el cambio climático aumenta la probabilidad de olas de calor extremas". Sin embargo, los científicos advierten de que el clima por sí solo no basta para explicar por qué se quemó tanto.
De hecho, aunque el riesgo meteorológico de incendios ha aumentado en las últimas décadas, el área quemada no muestra una tendencia clara al alza, lo que indica que factores humanos y de gestión del territorio siguen siendo decisivos.
Entre ellos destacan: la reducción de la actividad agrícola y ganadera; la pérdida de mosaicos de cultivos que actuaban como cortafuegos naturales; y una política centrada principalmente en la extinción, más que en la prevención y el mantenimiento del monte.
No fueron las áreas protegidas el principal foco
El estudio también analiza si los incendios afectaron de forma especial a espacios naturales protegidos. La conclusión es que no hay evidencia estadística de que ardieran más de lo que correspondería por su superficie, lo que refuerza la idea de que el problema no es la protección ambiental en sí, sino el tipo de vegetación dominante y su falta de gestión activa.
Por ese motivo, los autores reclaman un giro en las políticas públicas: más prevención, más gestión del combustible vegetal y una planificación del territorio que reduzca la continuidad de masas inflamables.
Aunque insisten en que la reducción de emisiones es clave para frenar el aumento del calor extremo, advierten de que sin una gestión adecuada del monte, incluso un solo verano de temperaturas muy altas puede desencadenar incendios de dimensiones catastróficas.
El estudio es obra de un equipo internacional liderado por el Grupo de Modelización Atmosférica Regional de la Universidad de Murcia (UMU), y en el que participan el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universitat de València y la Generalitat Valenciana, la Misión Biológica de Galicia (MBG-CSIC) y el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB, CSIC-Universidad de Oviedo-Principado de Asturias).



