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La ciencia revela la función real de las pesadillas: un entrenamiento para la supervivencia

La mente ensaya riesgos para mejorar la supervivencia. Estos episodios en fase REM gestionan el estrés y las emociones que nos cuesta asimilar.

La mente ensaya riesgos para mejorar la supervivencia. Estos episodios en fase REM gestionan el estrés y las emociones que nos cuesta asimilar.
Dibujo que simula una mujer teniendo pesadillas. | iStock

Despertarse sobresaltado, con el corazón acelerado y una sensación de angustia muy real, es una experiencia que casi todo el mundo ha vivido. Aunque durante siglos se interpretaron como señales misteriosas o presagios, hoy la ciencia tiene una explicación mucho más clara: las pesadillas son un proceso cerebral con funciones emocionales y evolutivas muy concretas. Lejos de ser fallos del sistema, forman parte de la manera en que el cerebro gestiona el miedo, el estrés y los recuerdos intensos.

¿Qué es exactamente una pesadilla? Una pesadilla es un sueño de contenido perturbador que genera emociones intensas como miedo, ansiedad, tristeza o enfado, y que a menudo provoca el despertar. Suelen ocurrir durante la fase REM del sueño, el momento en que el cerebro está muy activo mientras el cuerpo permanece inmóvil.

A diferencia de otros fenómenos nocturnos, las pesadillas suelen recordarse con bastante detalle al despertar. Esa sensación vívida se debe a que las áreas emocionales del cerebro están especialmente activas en ese momento.

El cerebro en modo "alarma"

Durante el sueño REM se produce un fenómeno clave: la amígdala, estructura cerebral relacionada con el miedo y la detección de amenazas, se activa con intensidad. Al mismo tiempo, la corteza prefrontal —encargada de la lógica y el control racional— reduce su actividad.

¿El resultado? Emociones muy intensas sin el freno de la razón. Por eso, dentro de la pesadilla, todo parece absolutamente real y aterrador, aunque la amenaza sea simbólica o imposible.

La teoría de la simulación de amenazas

Una de las hipótesis más aceptadas sostiene que las pesadillas tienen un origen evolutivo. Según la llamada teoría de la simulación de amenazas, el cerebro utiliza los sueños angustiantes como un "entrenamiento" para la supervivencia.

En un entorno seguro como el sueño, la mente ensaya situaciones de peligro: persecuciones, caídas, pérdidas, desastres. Este entrenamiento nocturno ayudaría a afinar nuestras respuestas emocionales y conductuales ante amenazas reales en la vida despierta.

Aunque hoy no huyamos de depredadores, el cerebro sigue utilizando este mecanismo frente a peligros modernos: conflictos, fracasos, pérdidas o situaciones de gran estrés.

Procesar lo que duele

Otra función clave de las pesadillas es el procesamiento emocional. Durante el día, muchas personas reprimen o posponen emociones intensas. Por la noche, el cerebro continúa trabajando y trata de "digerir" esas experiencias.

Ansiedad laboral, discusiones, duelos, inseguridades o miedos pueden transformarse en imágenes simbólicas mientras dormimos. La pesadilla sería, en este sentido, una vía de descarga emocional: el cerebro intenta integrar lo que resultó difícil de asimilar en la vigilia.

Por eso son más frecuentes en periodos de estrés, cambios vitales o tras experiencias traumáticas.

Factores que pueden desencadenarlas

  • Falta de sueño: La privación provoca un "rebote REM", con sueños más intensos y vívidos.

  • Estrés crónico: Mantiene elevado el nivel de activación del sistema nervioso incluso al dormir.

  • Fiebre o enfermedad: Alteran la actividad cerebral nocturna.

  • Alcohol, drogas o ciertos medicamentos: Pueden modificar la arquitectura del sueño.

  • Cenar muy pesado: Aumenta la actividad fisiológica y favorece sueños agitados.

Más frecuentes en la infancia

Las pesadillas son especialmente comunes en niños porque su cerebro aún está aprendiendo a regular emociones intensas y a diferenciar completamente fantasía de realidad. Muchos miedos infantiles —a la separación, a los monstruos o a la oscuridad— forman parte del desarrollo normal.

En adultos, en cambio, las pesadillas recurrentes suelen estar más ligadas a sobrecarga emocional, ansiedad o experiencias no resueltas.

Cuándo se convierten en un problema

Tener pesadillas ocasionales es normal. Se considera un trastorno cuando son muy frecuentes, generan miedo a dormir, cansancio diurno, irritabilidad o interfieren con la vida cotidiana.

En esos casos, abordarlas no implica "eliminarlas" a la fuerza, sino entender qué puede estar intentando procesar el cerebro. Técnicas como la reescritura de sueños (imaginar un final diferente en vigilia), mejorar la higiene del sueño y reducir el estrés han demostrado ser útiles.

Porque, aunque asusten, las pesadillas suelen ser la forma en que el cerebro intenta cuidarnos… incluso en mitad de la noche.

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