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El impacto real del estrés crónico: caída del pelo, acidez y defensas bajas

Desde el bruxismo hasta afecciones gástricas, el organismo alerta sobre una tensión acumulada que debilita seriamente el sistema inmunológico.

Desde el bruxismo hasta afecciones gástricas, el organismo alerta sobre una tensión acumulada que debilita seriamente el sistema inmunológico.
Pixabay/CC/Saranya7

Vivimos diciendo "estoy cansado" como si fuera una frase sin importancia. Pero muchas veces no es solo cansancio: es el cuerpo pidiendo ayuda. El estrés no se queda en la cabeza; se instala en los músculos, en el estómago, en la piel y hasta en el sistema inmune.

Antes de que podamos explicar con palabras que estamos desbordados, el sistema nervioso ya activó el modo supervivencia. El problema es que, en una cultura que premia el rendimiento constante, aprendimos a ignorar esas señales para seguir funcionando. Normalizamos el dolor de cabeza, la contractura, el insomnio o la acidez como si fueran parte inevitable de la vida adulta. Sin embargo, el cuerpo no se queja porque sí. Cada síntoma persistente es un mensaje.

Cuando el cuerpo vive en "alerta máxima"

El estrés activa el sistema nervioso autónomo, preparando al organismo para huir o luchar. A corto plazo es útil. El problema aparece cuando esta activación se vuelve crónica: el cuerpo nunca vuelve del todo a la calma. Ahí empiezan a aparecer señales físicas que solemos minimizar.

  • Tensión que no se va: Mandíbula apretada al despertar, dolor en las sienes, cuello rígido, hombros elevados incluso en reposo. La tensión muscular es una de las formas más frecuentes en que el estrés se expresa. El bruxismo —apretar o rechinar los dientes por la noche— es una señal clara de que el cuerpo sigue "peleando" incluso mientras dormimos. Estas micro-tensiones sostenidas pueden derivar en cefaleas, dolor cervical y problemas en la articulación de la mandíbula.

  • El estómago también siente: El sistema digestivo está estrechamente conectado con el cerebro. De hecho, se lo suele llamar "el segundo cerebro". Cuando el cuerpo percibe amenaza, la digestión deja de ser prioridad. Por eso aparecen síntomas como hinchazón, náuseas, diarrea, estreñimiento o esa sensación de "nudo" en el estómago. Muchas personas cambian su alimentación buscando la causa sin notar que el origen real es la tensión sostenida.

  • Dormir, pero no descansar: El estrés altera el equilibrio hormonal. Cuando el cortisol se mantiene elevado, interfiere con la producción de melatonina, necesaria para dormir bien. El resultado puede ser insomnio, despertares nocturnos o la sensación de levantarse agotado incluso después de haber dormido varias horas. El cuerpo está acostado, pero el sistema nervioso sigue en guardia.

  • Defensas bajas y resfriados frecuentes: El estrés crónico también debilita el sistema inmunológico. De hecho, es común enfermar justo después de periodos de mucha presión, como al empezar vacaciones. Cuando la exigencia baja, el organismo muestra el desgaste acumulado. Resfriados repetidos, infecciones leves frecuentes o heridas que tardan en cicatrizar pueden ser señales de que el cuerpo lleva demasiado tiempo en sobrecarga.

  • Señales menos obvias que también cuentan: No todo se manifiesta como dolor. A veces el estrés aparece en forma de caída de cabello, brotes de piel como acné o eccema, palpitaciones, respiración corta y superficial, temblores o una inquietud física constante (mover las piernas, morderse las uñas).

Reconectar para prevenir

Escuchar estas señales no es exagerar ni ser débil. Es una forma de inteligencia emocional. Una práctica simple es el chequeo corporal consciente: detenerse dos minutos, respirar profundo y recorrer mentalmente el cuerpo para notar dónde hay tensión.

No se trata de forzar la relajación, sino de registrar. A partir de ahí, pequeñas acciones ayudan a bajar la alerta: pausas breves durante el día, movimiento suave, límites con el trabajo, menos pantallas por la noche y respiraciones lentas y profundas.

El cuerpo siempre avisa. Aprender a escucharlo antes de que grite es una de las formas más efectivas de cuidar la salud física y emocional.

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