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El impacto real del estrés crónico: caída del pelo, acidez y defensas bajas

Desde el bruxismo hasta afecciones gástricas, el organismo alerta sobre una tensión acumulada que debilita seriamente el sistema inmunológico.

Pixabay/CC/Saranya7

Vivimos diciendo "estoy cansado" como si fuera una frase sin importancia. Pero muchas veces no es solo cansancio: es el cuerpo pidiendo ayuda. El estrés no se queda en la cabeza; se instala en los músculos, en el estómago, en la piel y hasta en el sistema inmune.

Antes de que podamos explicar con palabras que estamos desbordados, el sistema nervioso ya activó el modo supervivencia. El problema es que, en una cultura que premia el rendimiento constante, aprendimos a ignorar esas señales para seguir funcionando. Normalizamos el dolor de cabeza, la contractura, el insomnio o la acidez como si fueran parte inevitable de la vida adulta. Sin embargo, el cuerpo no se queja porque sí. Cada síntoma persistente es un mensaje.

Cuando el cuerpo vive en "alerta máxima"

El estrés activa el sistema nervioso autónomo, preparando al organismo para huir o luchar. A corto plazo es útil. El problema aparece cuando esta activación se vuelve crónica: el cuerpo nunca vuelve del todo a la calma. Ahí empiezan a aparecer señales físicas que solemos minimizar.

Reconectar para prevenir

Escuchar estas señales no es exagerar ni ser débil. Es una forma de inteligencia emocional. Una práctica simple es el chequeo corporal consciente: detenerse dos minutos, respirar profundo y recorrer mentalmente el cuerpo para notar dónde hay tensión.

No se trata de forzar la relajación, sino de registrar. A partir de ahí, pequeñas acciones ayudan a bajar la alerta: pausas breves durante el día, movimiento suave, límites con el trabajo, menos pantallas por la noche y respiraciones lentas y profundas.

El cuerpo siempre avisa. Aprender a escucharlo antes de que grite es una de las formas más efectivas de cuidar la salud física y emocional.

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