Colabora

Los poderosos ya no quieren tu dinero, sino tus datos

Las grandes fortunas tecnológicas ya superan a las monarquías absolutas.

Durante buena parte de la historia, el poder se ha medido en oro, tierras, fábricas o pozos de petróleo. Hoy las grandes fortunas tienen cifras de riqueza más altas que nunca, aunque nos enseñaran que las grandes desigualdades terminaron con la implantación de las democracias, los derechos humanos y todas esas premisas que defendieron nuestros antepasados a sangre y fuego.

Fortunas modernas frente a monarquías absolutas

Si se observan las grandes fortunas actuales, se aprecia una concentración de riqueza sin precedentes. Elon Musk tiene casi 400.000 millones de dólares en patrimonio neto y ha sido el primer individuo en la historia reciente en superar los 500.000 millones, según estimaciones de Bloomberg y Forbes. Jeff Bezos, CEO de Amazon, ha alcanzado picos superiores a los 220.000 millones de dólares.

Analicemos la historia para hacernos una idea de estas magnitudes: las estimaciones para el último zar de Rusia, Nicolás II, sitúan su riqueza en torno a 300.000 millones de dólares actuales, considerando que poseía palacios, tierras, trenes, buques y reservas de recursos naturales en todo el imperio. Es decir, Nicolás II hoy le robaría el tercer puesto a Mark Zuckerberg en la lista Forbes.

Reyes decapitados y CEOs intocables

Si miramos a otro de los "grandes" de la historia, el rey Luis XVI de Francia, antes de que la Revolución Francesa le arrebatara todo —incluida su cabeza, en la guillotina— su fortuna se estima en 163.000 millones de dólares actuales. Un mero "aficionado" hoy, que quedaría en séptima posición, quitándole el puesto a Jensen Huang, CEO de NVIDIA, y justo por debajo de los fundadores de Google, Larry Page y Sergei Brin, a quienes el rey debería reverenciar, aunque no estuviera dispuesto a ello, si viviera hoy.

La gran diferencia: el tipo de poder

Es decir, las grandes fortunas privadas actuales operan en el mismo orden de magnitud que las monarquías absolutas más ricas de la historia, pero con una diferencia fundamental: el tipo de activo que les confiere poder.

Las fortunas actuales no se basan ni en oro, ni en tierras, ni en fábricas, ni en petróleo; el foco se ha desplazado hacia algo menos visible. La riqueza de los grandes magnates no descansa en sus cuentas bancarias, sino en los océanos de información que controlan. La métrica ya no es cuánto dinero tienen, sino cuántos datos gestionan y qué capacidad poseen para explotarlos, porque esa es la verdadera arma de control.

Del carbón y el petróleo a los datos

El paralelismo histórico ayuda a entender el cambio. En el siglo XIX, los imperios se extendían en busca de carbón, caucho, tabaco, opio y minerales, con grandes fortunas colonizando el planeta y expoliando despiadadamente. En el XX, las rutas del petróleo y del gas marcaron guerras y alianzas.

En el XXI, se han cambiado las reglas del juego. El nuevo orden defendido por Davos marca la premisa de la sostenibilidad: olvídense de las materias primas y de la energía. Todo eso contamina. El nuevo tablero es virtual. La nueva métrica de riqueza son los datos.

Los datos como nuevo yacimiento

Así, mientras se restringe el juego en los antiguos tableros, la disputa se ha desplazado hacia un recurso que no se extrae de un yacimiento, sino de la vida cotidiana de las personas: los datos que generan al utilizar teléfonos, plataformas y servicios conectados.

En esta premisa se centra la estrategia de grandes inversores como Peter Thiel, fundador de PayPal y Palantir, primer inversor externo de Facebook y accionista en compañías como Airbnb, Spotify, SpaceX y otras muchas firmas tecnológicas.

Muchas de estas empresas ofrecen servicios gratuitos a cambio de datos. Esta acumulación masiva genera una ventaja competitiva difícil de igualar, el efecto "bola de nieve": más usuarios generan más datos, que permiten servicios más precisos, que atraen a todavía más usuarios.

Para la ciudadanía, este intercambio se presenta como algo inocuo: servicios baratos o gratuitos a cambio de aceptar condiciones que nadie lee, con contratos de decenas de páginas y un botón muy grande que dice "aceptar".

El verdadero pago

El usuario paga con el detalle de sus hábitos, desplazamientos, preferencias e incluso información sensible. Esa información se convierte en materia prima para publicidad dirigida, sistemas de recomendación y herramientas predictivas que influyen en decisiones comerciales, financieras o incluso políticas. Pero lo más importante: esos datos se obtienen en exclusiva, impidiendo que la competencia los tenga.

En este contexto, la discusión sobre la regulación de los datos ya no es un asunto técnico. Afecta a la distribución del poder en el siglo XXI. Si antes las luchas giraban en torno a territorios o pozos de petróleo, hoy se dirimen en torno a infraestructuras de datos, cables submarinos, centros de datos y algoritmos.

Comprender esta transformación resulta esencial para cualquier debate sobre soberanía, competencia o derechos ciudadanos.

Porque el instrumento que otorga la influencia decisiva ya no es el dinero en sí mismo, sino los datos que fluyen silenciosamente en el universo digital que se está superponiendo a la realidad tangible. Ahora entenderá usted por qué el Metaverso no solo no está muerto, como ha rezado la moda titularesca y siguen defendiendo algunos rezagados, sino que nos será inyectado en vena a cada uno de nosotros.

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario