
El lunes, 12 de enero, comenzó la temporada taurina en España. Se abrieron en Madrid las taquillas de Las Ventas, el coso taurino más importante del mundo, para renovar los abonos de la plaza. La cola a las nueve de la mañana ya llegaba hasta la boca del metro. El día era oscuro, frío y lluvioso. Cientos de personas esperaban estoicamente su turno. Las taquillas no se cerraron ni para almorzar. Todo transcurrió sin incidencias. Todo era normalidad. Todo fluía como en una corrida de toros. Los aficionados a los toros son únicos, extraordinarios, modelos de excelencia ciudadana. Son maltratados por las empresas, los políticos, los ganaderos y, por supuesto, por los toreros, pero aguantan todo lo que les echen. Son genuinos estoicos. Son el sostén de un espectáculo extraordinario, sin duda alguna, cruel y, como dijera el gran Antonio Díaz-Cañabate, fuera de las apetencias que dominan a la gente deseosa tan solo de alegrías, aunque solo sean superficiales y fugaces. Los aficionados son la frontera cariñosa para que la plebe ansiosa de "montones de felicidad diseñada" no suprima, cito de nuevo al gran continuador de la grandiosa obra de Cossío, Los toros, la "esencia taurina asentada en la seriedad que se deriva de la emoción."
