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Taxi driver. 50 años de un Quijote sin redención

Cincuenta años después, Taxi Driver sigue siendo incómoda porque no ofrece consuelo. No es un panfleto anticapitalista al uso ni una exaltación del vigilante solitario.

Cincuenta años después, Taxi Driver sigue siendo incómoda porque no ofrece consuelo. No es un panfleto anticapitalista al uso ni una exaltación del vigilante solitario.
Taxi Driver | Sony

En las arterias nocturnas de una Nueva York que se adivina como una Sodoma y Gomorra contemporánea —no ya castigada por el fuego divino, sino por el neón, la cocaína y el tedio moral—, un taxi amarillo avanza como un escarabajo mecánico, transportando no solo pasajeros sino un puñado de pecados inconfesables bajo la atenta mirada, –algunas veces sorprendida, otras, asqueada– de un taxista que ha de limpiar todas las noches el asiento de atrás de semen y sangre. En Taxi Driver (1976), Martin Scorsese no filmó una simple historia de venganza urbana, sino que construyó un fresco filosófico donde el resentimiento se transforma en acción pura, donde el obrero frustrado deja de ser el pasivo Gregor Samsa de Kafka y pasa a empuñar la pistola y declara, ante el espejo, "¿Me hablas a mí?". Que alguien se atreva a hablar a ese insecto que no es una especie de inofensivo escarabajo como Gregor, sino como un escorpión que no va a dudar ni un segundo en dejar que explote su naturaleza.

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