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Jorge Gómez Arismendi

Capitalismo y Democracia: ¿por qué sí?

Jason Brennan logra demostrar que las habituales alusiones al egoísmo y la codicia como elementos constitutivos del libre mercado son erradas.

Adam Smith | Wikipedia

¿Es el socialismo algo más deseable, utópicamente hablando?

El filósofo Gerald H. Cohen, en su libro Why not Socialism? creía que sí, pero que nuestra imperfección moral lo hace imposible. Consideraba que el socialismo se asemejaría a un día de campo en que un grupo de amigos comparten alimentos y bebestibles alegremente.

Jason Brennan, profesor de la Universidad de Georgetown e investigador del Freedom Center and Department of Political Economy and Moral Science de la Universidad de Arizona, en su libro Why Not Capitalism? (Routledge Press, 2014), demuestra que Cohen recurre a dos falacias para hacer su planteamiento: (1) compara el capitalismo en su realidad, con gente imperfecta, con su sueño socialista ejemplificado en un camping donde todos son moralmente perfectos. (2) Asocia ciertos principios morales valiosos con el socialismo. Pero colectivizar medios de producción no es sinónimo ni de virtud ni de comunidad.

Hágase la pregunta ¿qué virtudes motivaban a los jerarcas soviéticos? No necesariamente eran el amor al prójimo y la amistad, sino más bien las ansías de dominio y poder.

Mediante un ejercicio intelectual desde el cual compara el socialismo y el capitalismo ideales, Jason Brennan logra demostrar que las habituales alusiones al egoísmo y la codicia como elementos constitutivos del libre mercado son erradas. Brennan muestra que "el capitalismo no está analíticamente vinculado a la codicia y el miedo", sino que estaría fundado en profundos fundamentos morales como la honestidad, la reciprocidad, la voluntariedad y la beneficencia. Por el contrario, serían "los sentimientos de codicia y temor los que en sociedades socialistas cobran relevancia". Algo que se hizo muy evidente luego del desplome del comunismo en Europa del Este donde lo que primaba era la vigilancia y la delación. No la alegría amistosa de un asado de fin de semana.

Con Against Democracy (Princeton University Press, 2016), Brennan vuelve a la carga con sus reflexiones, está vez poniendo en duda ciertos supuestos del mainstream democrático, no tanto para ir contra la democracia en sí, sino para plantear una eventual alternativa, la epistocracia. En un análisis detallado, el filósofo aborda los supuestos desde los cuales se conforma la idea de la democracia como único régimen viable, analizando sus supuestos ideales, sus problemas y contradicciones.

Frente a las apelaciones emotivas y semánticas con respecto a la democracia, Brennan no duda en diseccionar la democracia con relación a su funcionamiento, en analizarla como un instrumento y, por tanto, contrariando las visiones románticas, plantea de forma tajante que: "la democracia no es un poema ni un cuadro. La democracia es una sistema político".

A partir de aquello, Brennan considera pertinente y trascendental evaluar el modo en que funciona el sistema democrático y si cumple con lo que se espera de ella. Esto, sobre todo porque, tal como el mismo Brennan dice: "El poder político supone ejercer control sobre los cuerpos de otras personas. La política moderna adopta un gran número de decisiones que afectan a lo que la gente puede comer, a las drogas que puede consumir, a dónde se le permite o está obligada a ir, e incluso a si puede tener sexo consentido con otros adultos".

Así, Brennan aborda la idealización de la deliberación democrática y demuestra que esta no necesariamente nos hace más virtuosos, debido al costo de obtener información a la hora de ejercer un voto realmente informado y los diversos sesgos desde los cuales los ciudadanos juzgan los asuntos políticos y expresan sus preferencias a través del sufragio. Por otro lado, cuestiona el fundamento de ciertos criterios a la hora de permitir el derecho a voto, como el rango de edad, desde los cuales se presume una competencia política automática a partir de los 18 años.

A partir de sus reflexiones, Brennan plantea que la democracia no necesariamente lleva a los ciudadanos hacia un debate razonable y virtuoso, sino que tiende a transformarlos en sujetos desinteresados y por tanto incompetentes a la hora de tomar decisiones políticas que, no obstante, por su carácter colectivo se imponen a todos.

Considerando ese carácter de cualquier régimen político, incluso del democrático, que restringe nuestras libertades, Brennan considera que los individuos tenemos, a lo menos, el derecho a tener gobiernos mínimamente competentes, y a no estar sometidos a los efectos de decisiones cortoplacistas producto de la acción de votantes irresponsables y políticos ineptos. Antes que todo, Jason Brennan es un libertario y es desde esa perspectiva que enarbola sus análisis con respecto a la democracia, no como algo que tiene un valor intrínseco —como se presume desde el mainstream predominante— sino que lo considera algo instrumental y que, por tanto, puede ser sometido a evaluación permanente.

Pero además, Brennan considera que la democracia puede convertir a las personas en fanáticos, al modo de los miembros de las barras bravas del fútbol, que no consideran razones sino simple sus pasiones a la hora de decidir políticamente. Por tanto, y ante la evidencia empírica que así parece demostrarlo, Jason Brennan plantea que, en cuanto a los ciudadanos, "el sistema democrático incentiva que sean ignorantes" exacerbando sus impulsos más primitivos y gregarios. Ese tribalismo político invadiría otras esferas del comportamiento social como las relaciones amorosas, laborales, vecinales y deportivas. Algo que se aprecia cuando las sociedades se polarizan y politizan de manera extrema.

¿Protege la democracia nuestras libertades o a veces las deja a merced de votantes imprudentes e ineptos? ¿Tenemos derecho a tener gobiernos competentes y por tanto a exigir su conformación de forma responsable?

Eso intenta responder Jason Brennan en Against Democracy. Las preguntas que plantea se tornan relevantes cuando observamos el auge de fenómenos nacionalistas, populistas, integristas y los estragos que generan ciertos gobernantes electos democráticamente pero claramente ineptos, que toman medidas desastrosas con enormes efectos sobre sus gobernados, tal como ocurre en algunos países del orbe.

Brennan advierte entonces, que "cuando las elecciones se deciden de acuerdo con procedimientos epistémicos no fiables o actitudes morales irrazonables, esto expone a los gobernados a un indebido riesgo de daño grave".

Contradiciendo la mayoría de las posturas e intuiciones predominantes con respecto a la democracia, Brennan dice que esta "no empodera a los individuos. Quita poder a los individuos y en cambio se lo da a la mayoría del momento".

El problema tendría diversas causas. Una sería la irracionalidad política de parte de los votantes a la hora de ejercer el voto. Esto se explicaría en el hecho de que para la mayoría de las personas es menos costoso ejercer un voto desinformado e irresponsable, que invertir tiempo para votar de manera informada y concienzudamente.

Así, según Brennan, los ciudadanos tenderían a comportarse como lo que él llama hobbits, que serían los ciudadanos apáticos que carecen de una opinión informada acerca de los asuntos públicos y que se abstienen de votar. No obstante, lo que preocupa realmente a Brennan son los que él denomina hooligans que, al igual que los fanáticos extremos de cualquier equipo de fútbol, tienen posturas sesgadas con respecto a la política, tienden a adherir a los sesgos colectivos de los grupos que definen sus preferencias y por ende evitan o rechazan cualquier información que contradiga sus convicciones, adoptando posturas polarizadas y violentas donde unos son vistos como buenos y otros como malos. La mayoría de los votantes habituales conforman este segmento, según Brennan.

Así, la democracia tendría un problema de base a nivel epistémico. Brennan se pregunta entonces: "¿Están los votantes reales influidos por el carisma y el espectáculo político, o son buscadores de la verdad desapasionados y racionales a los que no es fácil engañar?".

¿Qué hacer frente a estos fenómenos que hoy parecen afectar con mayor notoriedad a las democracias y sociedades libres?

Jason Brennan propone lo que denomina como epistocracia, que podríamos definir como el gobierno del conocimiento o el gobierno de los que saben. En muchas áreas de nuestras vidas, ese criterio es el que prima. No cualquiera puede operar una apendicitis, ni cualquiera puede diseñar un edificio o un puente, ni tampoco cualquiera puede establecer una condena judicial. Incluso intentamos colocar exigencias para obtener una licencia de conducir.

Jason Brennan plantea que "un sistema político es epistocrático en la medida en que distribuye el poder político en proporción al conocimiento o la competencia, por una cuestión de justicia o como medida política".

Brennan analiza diversos mecanismos epistocráticos posibles de aplicar, tanto dentro de la misma democracia, como en su reemplazo. A simple vista lo planteado por Brennan podría sonar a una defensa del voto censitario o quizás podría presumirse como una perspectiva arrogante. No obstante, Brennan es claro en decir que la desigual distribución del conocimiento político se debe a que existen injusticias subyacentes que deberían ser resueltas, en vez de simplemente defender el voto universal.

En ese sentido, su honesta evaluación del sistema democrático, que ha primado por más de doscientos años en muchos países, no solo podría convencernos de optar por la epistocracia, sino que podría instarnos a dejar de comportarnos como miembros de una barra brava a nivel político. Como fanáticos que se presumen como bondadosos y altruistas dueños de la verdad con el derecho de imponer sus criterios al resto, ya sea por la fuerza de la mayoría o la simple coerción del Estado. Es decir, nos podría instar a intentar ser ciudadanos más informados, más competentes y cooperativos. En otras palabras, más prudentes y menos arrogantes. Liberales en definitiva.

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