La universidad moderna descansa sobre una idea incómoda pero elemental: el profesorado universitario no es simplemente un transmisor de contenidos, sino un productor de conocimiento. Su función no es equivalente a la de otros niveles del sistema educativo porque su materia prima —lo que enseña— está, por definición, incompleta, abierta, en revisión constante. Enseñar en la universidad sin investigar supone dar una imagen estática del saber, cuando en realidad este es dinámico y provisional.
En términos económicos, el profesor universitario es una función de producción con tres outputs: docencia, investigación y gestión. Sin embargo, estos outputs no son independientes ni simétricos. La investigación no es un complemento ornamental de la docencia, sino una condición imperativa cuando hablamos de enseñanza universitaria en sentido estricto. La gestión, por su parte, es un input necesario para el funcionamiento institucional, pero no constituye el núcleo identitario de la profesión académica en los sistemas universitarios de referencia.

