L.D. / EFE.-
Bonnano Pisano inició en 1174 la construcción de esta torre, en una época en la que Pisa era una potencia marítima, pero diez años después se suspendieron los trabajos a causa de un movimiento del terreno y no se reanudaron hasta noventa años después.
Cuando Tommaso di Andrea la concluyó, en 1370, los 55,86 metros de la torre -en realidad un bello "campanile" (campanario) para la contigua Catedral y Baptisterio de la Plaza de Santa María de los Milagros-, ya tenía una visible inclinación, agravada por un suelo con presencia de arena y arcilla.
Ni los terremotos ni las guerras acabaron con esta torre de estilo románico, pero sí la perjudicaron el subsuelo inestable, el descuido y el continuo fluir de visitantes de todo el mundo.
Tras múltiples estudios, hace dos años se impuso una solución sencilla, la extracción de tierra de la parte opuesta a la inclinación, de manera que la torre cede sobre ese lado y cuando lo hace se equilibra ligeramente, un sistema que había sido rechazado en Pisa en los años sesenta y que fue empleado con éxito en la Catedral de la Ciudad de México.
El domingo se ha organizado una fiesta para celebrar la recuperada buena salud de esta vieja dama. A lo largo del río Arno lucirán miles de velas, para hacer un imaginario pasillo hasta la torre, mientras el tenor invidente Andrea Bocelli cantará el "Requiem" de Giuseppe Verdi en presencia de autoridades del Estado italiano.
El domingo es la festividad de San Ranieri, patrón de la ciudad, por lo que se ha elegido esa fecha para la celebración, pero la torre no se abrirá definitivamente al público hasta octubre próximo y entonces habrá limitaciones para los que desean subir los 293 escalones hasta la cúspide.
Las visitas serán guiadas, con grupos no superiores a las treinta personas, cada una de las cuales pagará unas 25.000 liras (unos doce dólares), cuatro veces más que en 1990. Eso para intentar recuperar lo antes posible los 55.000 millones de liras (unos 23 millones de dólares) invertidos en la restauración, que se unen a lo que los comerciantes y hoteleros de la ciudad han dejado de ingresar en estos años, ya que muchas excursiones a Pisa tienen como único objetivo subir a la torre y hacerse la clásica foto en la que los turistas parecen "sujetar" el edificio con sus manos.
Cuando Tommaso di Andrea la concluyó, en 1370, los 55,86 metros de la torre -en realidad un bello "campanile" (campanario) para la contigua Catedral y Baptisterio de la Plaza de Santa María de los Milagros-, ya tenía una visible inclinación, agravada por un suelo con presencia de arena y arcilla.
Ni los terremotos ni las guerras acabaron con esta torre de estilo románico, pero sí la perjudicaron el subsuelo inestable, el descuido y el continuo fluir de visitantes de todo el mundo.
Tras múltiples estudios, hace dos años se impuso una solución sencilla, la extracción de tierra de la parte opuesta a la inclinación, de manera que la torre cede sobre ese lado y cuando lo hace se equilibra ligeramente, un sistema que había sido rechazado en Pisa en los años sesenta y que fue empleado con éxito en la Catedral de la Ciudad de México.
El domingo se ha organizado una fiesta para celebrar la recuperada buena salud de esta vieja dama. A lo largo del río Arno lucirán miles de velas, para hacer un imaginario pasillo hasta la torre, mientras el tenor invidente Andrea Bocelli cantará el "Requiem" de Giuseppe Verdi en presencia de autoridades del Estado italiano.
El domingo es la festividad de San Ranieri, patrón de la ciudad, por lo que se ha elegido esa fecha para la celebración, pero la torre no se abrirá definitivamente al público hasta octubre próximo y entonces habrá limitaciones para los que desean subir los 293 escalones hasta la cúspide.
Las visitas serán guiadas, con grupos no superiores a las treinta personas, cada una de las cuales pagará unas 25.000 liras (unos doce dólares), cuatro veces más que en 1990. Eso para intentar recuperar lo antes posible los 55.000 millones de liras (unos 23 millones de dólares) invertidos en la restauración, que se unen a lo que los comerciantes y hoteleros de la ciudad han dejado de ingresar en estos años, ya que muchas excursiones a Pisa tienen como único objetivo subir a la torre y hacerse la clásica foto en la que los turistas parecen "sujetar" el edificio con sus manos.
