Libertad Digital.-
No podría ser de otra manera. No sería Galicia en invierno. El cielo sobre Iria Flavia, la pequeña parroquia del término municipal de Padrón donde nació Camilo José Cela, estaba cubierto, gris y tristón cuando Marina Castaño besó por última vez el féretro del premio Nobel. Acto seguido, los empleados bajaron los restos de Cela, que ya descansan bajo un olivo plantado, seguramente, por algún antiguo párroco para exprimir sus frutos y obtener los óleos consagrados para la unción de enfermos y los bautismos.
Durante toda la jornada de este viernes, por Iria Flavia pasaron ministros, políticos regionales y locales, vecinos, campesinos, paisanos, amigos y desconocidos admiradores de don Camilo. Una corona de flores enviada por Sus Majestades los Reyes y otra de su viuda, Marina Castaño, flanqueaban el féretro del escritor en una amplia sala de la Fundación que lleva su nombre en la aldea para la que tuvo sus últimas palabras en el momento de morir, cuando le dijo a su mujer: "Marina, te quiero. ¡Viva Iria Flavia!".
Si el jueves, día de su fallecimiento, la capilla ardiente de Madrid fue visitada por todos quienes le conocieron en vida, este viernes no pudo ser menos y Galicia, pero sobre todo la villa coruñesa de Padrón y las parroquias cercanas a su término, se volcaron para despedir al premio Nobel. Así, por allí pasaron desconocidos idénticos a personajes novelados por el propio Cela. Algunos muy emocionados porque, en realidad, habían trabado contacto con el escritor. Entre ellos, el limpiabotas de Lavacolla, el aeropuerto de Santiago de Compostela, quien aparece en el último libro de Cela: Madera de Boj .
Al término de los actos fúnebres, que se celebraron por la tarde, Marina Castaño habló brevemente con la prensa. Muy tranquila aunque cansada, recordó que durante los años que permaneció junto a Cela nunca pasó un día sin aprender algo de su marido. Cuando Cela abría la boca, dijo horas antes una paisana de Padrón, quienes estaban a su alrededor se quedaban con la boca abierta de lo bien que hablaba y las cosas que contaba. Aunque en algunas ocasiones, quizá por su carácter o quizá por su ánimo transgresor, sus buenas palabras se transformaban en improperios. Pero eso, quienes le querían de buen grado, se lo toleraron siempre.
Desde ahora, todas esas historias pasarán al recuerdo y la impronta de Cela quedará en su Fundación. Su mejor herencia, sus libros.

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Durante toda la jornada de este viernes, por Iria Flavia pasaron ministros, políticos regionales y locales, vecinos, campesinos, paisanos, amigos y desconocidos admiradores de don Camilo. Una corona de flores enviada por Sus Majestades los Reyes y otra de su viuda, Marina Castaño, flanqueaban el féretro del escritor en una amplia sala de la Fundación que lleva su nombre en la aldea para la que tuvo sus últimas palabras en el momento de morir, cuando le dijo a su mujer: "Marina, te quiero. ¡Viva Iria Flavia!".
Si el jueves, día de su fallecimiento, la capilla ardiente de Madrid fue visitada por todos quienes le conocieron en vida, este viernes no pudo ser menos y Galicia, pero sobre todo la villa coruñesa de Padrón y las parroquias cercanas a su término, se volcaron para despedir al premio Nobel. Así, por allí pasaron desconocidos idénticos a personajes novelados por el propio Cela. Algunos muy emocionados porque, en realidad, habían trabado contacto con el escritor. Entre ellos, el limpiabotas de Lavacolla, el aeropuerto de Santiago de Compostela, quien aparece en el último libro de Cela: Madera de Boj .
Al término de los actos fúnebres, que se celebraron por la tarde, Marina Castaño habló brevemente con la prensa. Muy tranquila aunque cansada, recordó que durante los años que permaneció junto a Cela nunca pasó un día sin aprender algo de su marido. Cuando Cela abría la boca, dijo horas antes una paisana de Padrón, quienes estaban a su alrededor se quedaban con la boca abierta de lo bien que hablaba y las cosas que contaba. Aunque en algunas ocasiones, quizá por su carácter o quizá por su ánimo transgresor, sus buenas palabras se transformaban en improperios. Pero eso, quienes le querían de buen grado, se lo toleraron siempre.
Desde ahora, todas esas historias pasarán al recuerdo y la impronta de Cela quedará en su Fundación. Su mejor herencia, sus libros.

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